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Mosaico 69: Congreso de Cartagena

Que los años pasan nos lo dicen los logros, pero también nos lo susurran las pérdidas. Con éstas añadimos a la vida el peso de las ausencias y la presencia tan real de los huecos que nos dejan. Este final de año ha sido pródigo en pérdidas. Desde las cercanas y, por tanto, más sentidas, como la de nuestro compañero y amigo Antonio León, corresponsal de esta revista en la Asociación Andaluza; hasta las lejanas pero no menos importantes, como la del maestro Minuchin y la pionera y activa promotora de la terapia familiar Lynn Hoffman. Vidas idas cuya principal característica fue la de haber vivido intensamente una pasión. En su caso, la pasión por el trabajo terapéutico con las familias, esperanzado y profundo. Como sucede siempre que esta profesión surge del sentir más hondo de la persona y es, por tanto, más que una profesión.

Hay muchas formas de ser felices. Tantas, al menos, como seres humanos coexisten en un momento concreto de la historia. Pero todas esas disposiciones felicitantes y activas, dinámicas y productivas de estar en el mundo se parecen al menos en un aspecto, a saber, la intensidad apasionada con que cada cual las aborda en su existencia. Vivir, como dijo en cierta ocasión el propio Minuchin, consiste en crecer, mezclarse, cooperar, compartir y competir con los demás. Vivir es una tarea, un quehacer. No simplemente un deslizarse sin pausa ni sosiego hacia el final. Y lo que hagamos hasta el fin, eso es lo que hará nuestra felicidad. El problema fundamental de la existencia.

Pero los terapeutas familiares tenemos otro conocimiento, que surge de nuestro diario bregar con el sufrimiento familiar en la consulta o en el hospital. Un conocimiento que, cuando se revela, ya no puede ser ocultado, y mucho menos olvidado. Los individuos somos más que ese sujeto individual en que consistimos. Todos nosotros, toda la gente a la que queremos o con la que nos relacionamos, formamos un invisible tejido vincular de afectos y reconocimientos, de heridas y de daños, que traspasa nuestra tenue frontera individual y se remonta hacia arriba, hacia otras generaciones, de las que somos continuación, testimonio y deudores. Nada hay en nosotros que esté por completo cerrado, ninguna trama, ninguna historia tiene su fin en sí misma. La vida prosigue y nuestra existencia se vuelve menos lineal, al enriquecerse con los silenciosos legados de los muertos. Gana hondura y complejidad.

Hay ya algo en nosotros de Antonio –el humor- , de Lynn –la pasión-, de Salvador –la inteligencia relacional-. Nos quedamos con su luz, que no percibiríamos si no conociéramos sus sombras. Y, sobre todas las cosas, la intensidad con que ejercieron su oficio, el de terapeuta, un oficio tan singular como lo es siempre, de suyo, cualquier profesión vocacional. Algo más que un mero acopio de técnicas: una forma especial de estar con los otros, empatizar con su dolor y sostenerlos en el sufrimiento, desde la propia experiencia existencial de quien se sintió llamado –pues no otra cosa distinta es la vocación- a hacer terapia.

Javier Ortega Allué Director de Mosaico

Mosaico 60: Técnicas activas en terapia familiar

Mantengo sin saber por qué una personal querencia por los números redondos, y el que preside la portada de este ejemplar lo es. Los números redondos reflejan el logro del trabajo continuado de muchos, y la persistencia voluntariosa en el tiempo de intercambios fructíferos y de una creatividad que no afloja en su exigencia.

Sevilla ha sido la última ciudad que puede dar testimonio de todo ello, tras la celebración del XXXV Congreso Nacional de Terapia Familiar. En Sevilla hemos visto hacerse real aquel  cuentecillo que narraba Minuchin del aprendiz de samurái, al que su maestro le enseñaba las artes de la espada para condenarlo luego durante varios años a entrenarse en las más delicadas sutilezas del uso del pincel. Y no otra cosa me parece a mí que sea eso del pincel y la espada que teoría y técnica o reflexión y acción, y de lo cual se ha hablado por extenso en la capital andaluza, con rigor y aprovechamiento.

Decía Nietzsche que los hechos sin teoría son estúpidos. Aunque deberíamos tal vez añadir que no puede haber hecho sin teoría, siquiera sea ésta implícita y soterrada. Lo mismo sucede con las técnicas, activas todas ellas, pues tiene como fi n movilizar; y así evitamos la redundancia de unir a la palabra el calificativo que denota actividad, cuando cualquier técnica lo es o aspira, al menos, a serlo.

Quede pues dicho de una vez: toda técnica está al servicio de una teoría, o al amparo de una hipótesis. Toda técnica es hija de un análisis –o de una interpretación–, y consecuencia del mismo.

Saquemos, pues, a los aprendices de samurái del error que les lleva a pensar que adquirir técnicas les prepara para afrontar con éxito las complejidades de los sistemas relacionales, y aboguemos, como desde estas mismas páginas nos invita a hacer Linares, por una terapia inteligente, donde el movimiento de la espada sea tan elegante como el trazo aéreo del pincel. Los profesionales disponemos de un enorme arsenal de técnicas, algunas ya talladitas y, sin embargo, eficaces como si fueran recién estrenadas; otras de ingeniosa novedad, unas más emocionales, estas otras más pragmáticas y aquellas, finalmente, más cognitivas.

Técnicas hay muchas, pero lo realmente trascendental es la mirada y los recursos que posee y ha ido adquiriendo en su praxis vital la persona que el terapeuta es, y que pondrá en marcha en esa acción compartida que llamamos terapia.

Javier Ortega Allué Director de Mosaico

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Trauma y Terapia Famiilar

El trauma, en sus diversas formas de mostrarse, deja huella en los cuerpos, en las mentes, en las historias y, por supuesto, en los vínculos.