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Mosaico 75 (DIGITAL) Suicidio: Miradas sistémicas

Este era un número casi redondo de esos que una revista acostumbra a celebrar, pero hemos preferido   celebrarlo con nuestros lectores como sabemos aquí hacer las cosas: trabajando.

  

En pocas ocasiones ha estado la incertidumbre tan presente en nuestras vidas como en estos tiempos que nos están tocado padecer. Incertidumbre por el incierto futuro que se empieza a vislumbrar en el horizonte, por los cambios en nuestras relaciones y en los modos de vida que ya se están difusamente vislumbrando en el futuro cercano, por los efectos deletéreos que sobre aquellas seguridades sobre las que asentábamos nuestra existencia ha acabado teniendo la pandemia. En épocas inciertas como esta es cuando se ponen en marcha el ingenio, la capacidad del ser humano para adaptarse y seguir caminando, su instinto de supervivencia, también sus miedos y ansiedades, el recuerdo mismo de nuestra fragilidad, pero también de nuestras fuerzas y capacidades.

Lo que parecía imposible, distópico, ha ocurrido. Nos ha pillado con el paso cambiado, y nos hemos enfrentado a ello con una mezcla de sorpresa y de incredulidad. ¿Quién, hace tan sólo unos pocos meses, pensó que nos confinaríamos en nuestras casas por un tiempo indefinido, dejando en suspenso el cotidiano discurrir de nuestros días? ¿Quién sospechó siquiera que acabaríamos añorando las pequeñas oportunidades de felicidad que regaban nuestra vida? Muchas cosas han cambiado ya, y otras muchas están por cambiar en el próximo porvenir, sin que aún tengamos una perspectiva adecuada para vislumbrar la mayoría de tales cambios. No habrá nueva normalidad, sino otra cosa, a la que seguramente acabaremos acostumbrándonos, porque los seres humanos nos hacemos a casi todo.

Por el camino han ido quedado muchas personas, que nunca serán fríos números o cifras de una insensible estadística, sino personas que amaron, vivieron, consolaron, protegieron y lloraron con alguien; vidas truncadas cuya pérdida numerosas familias han tenido que afrontar o están afrontando como pueden, en una soledad física devastadora, que los profesionales de la salud han tratado de compensar con inventiva, generosidad y compasión. Ejemplos de su tarea y sacrificio no nos han faltado en estos dos meses.  Ahí también hemos estado los profesionales de la salud, cada uno desde su trinchera, pero dispuestos a ayudar y a ser solidarios con quienes necesitaban ser acompañados en su sufrimiento.

Hemos visto a muchos sacar lo mejor de sí mismos en este tiempo crítico, y a unos cuantos, menos por fortuna, mostrarnos también la inconsciencia de los desentendidos y la estupidez de los estultos.

La muerte de un ser querido, como señalaba Bowen, produce en los supervivientes una onda emocional de choque que, como esos círculos que provoca una piedra cuando se arroja a un lago de aguas tranquilas, tiende a provocar unos efectos que solo se pueden valorar en períodos de tiempo más amplios. La mal llamada vuelta a la normalidad o a la nueva normalidad (que si es nueva no es normal, y si es normal no es nueva) será un proceso adaptativo y, como tal, exigirá el paso del tiempo. Un tiempo diferente, subjetivo y personal. Pero en la vida no tenemos todo el tiempo del mundo, sino solo el tiempo que vamos viviendo. De pronto nos ha golpeado con fuerza el puñetazo de nuestra finitud, de su valor y de su incertidumbre. Nuestro gran tesoro, el tiempo, del que decía Séneca que no sabemos cuánto nos queda aún en la bolsa… De pronto se ha quebrado también la idea misma de la normalidad, porque ahora sabemos que ya no volveremos a algún espacio llamado normal, que era el que habitábamos hasta que todo esto sucedió. Iremos a alguna parte, pero nunca atrás. Aquel mundo que dejamos a nuestras espaldas ya no será el que empezaremos a construir a partir de mañana.

 En el caso de esta pandemia, la onda emocional de choque va a tener serias repercusiones sociales, entre las cuales no será la menor la necesidad de reorganizar muchas actividades de nuestra vida cotidiana, los desplazamientos, la asistencia a eventos masivos, la compra de las vituallas, el turismo, la simple visita al médico y a los hospitales. Ya hemos perdido la confianza en nuestra invulnerabilidad y se ha hecho trizas la leyenda de que estas cosas no podían ocurrir en países con alto nivel de vida. El enemigo invisible, una pequeña partícula, es capaz de vencer al forzudo Goliat y matarnos impunemente, o dejar malparada la economía y tronchar las oportunidades profesionales de toda una generación.

Como sucede en otros casos de pérdidas, necesitamos integrar cuanto venimos padeciendo en un relato que otorgue sentido, que dé razón y coherencia a la lucha y a la continuidad de los sobrevivientes. Siempre que hay pérdidas, suele haber inesperadas ganancias y aprendizajes, pero veremos cuáles son. Desde los más píos deseos, esperamos que el mundo se conciencie, que los valores ligados a la solidaridad se impongan sobre el egoísmo más zaíno. En cierta medida, esperamos que todo esto no esté siendo en vano, siquiera nos sirva para aprender a valorar aquellas pequeñas cosas con las que contábamos como dadas, como seguras y a la mano. De la pérdida surge, pues, la confianza en una realidad mejor: el porvenir, lugar de esperanza.

Hacia él caminamos, estableciendo nudos y alianzas que desvelen con mayor claridad nuestra naturaleza relacional. También nosotros, desde aquí, queremos poner nuestro granito de arena, porque no hay esfuerzo que sea pequeño ni compañía que no nos acompañe.

Javier Ortega Director de Mosaico

Mosaico 74 (DIGITAL): “Esto es pa los niños” Terapia Familiar Sistémica en la infancia y la adolescencia

Se avecinan, quizás como siempre, tiempos de cambio. Convulsos, quizás, o críticos; pero también repletos de ricas oportunidades que los psicoterapeutas no podemos dejar escapar. Nos conviene estar atentos, porque ya por toda Europa va tomando forma el desarrollo legal que nuestra actividad tendrá en los próximos años. También hay atisbos de que esto vaya a suceder en España. Desde hace años, nuestra federación, la Federación Española de Asociaciones de Terapia Familiar (FEATF), junto con la Federación Española de Asociaciones de Psicoterapeutas (FEAP) y la Asociación Española de Neuropsiquiatría (AEN) colaboran estrechamente para el reconocimiento de la profesión de psicoterapeutas, y para que sus asociados reciban una formación adecuada que permita el desarrollo competente de esta profesión donde con tanta frecuencia somos testigos de un intrusismo feroz, que va en deterioro de la necesaria calidad del rigor de las intervenciones, del ejercicio de la psicoterapia y de la imagen social que nuestro trabajo tiene en la sociedad. Otros actores pugnan por intervenir en la definición de nuestra actividad; algunos, todo hay que decirlo, para cerrar el paso de quienes durante todo este tiempo han sido la punta de lanza de una psicoterapia de calidad, al nivel de los más altos estándares europeos, apareciendo ahora como defensores repentinos de nuestra profesionalidad, tan arduamente ganada. Algo está en juego. Debemos estar atentos y pendientes de estos movimientos, para no tener que lamentar después no haber hecho lo suficiente. Invito desde aquí a nuestros numerosos socios a darse de alta, si no lo han hecho ya, en el Registro Nacional de Psicoterapeutas. Huelga decir que aún no estamos todos los que deberíamos estar. Y que la unión hace la fuerza es ya cosa sabida. Vienen años o acaso meses que se adivinan movidos.

Entre estos procesos de cambio y crecimiento, hemos asistido a la renovación de la Junta de nuestra Federación, en las XXXIX Jornadas Nacionales de Santiago de Compostela. Y esto es, sin duda, motivo de alegría y agradecimiento. Agradecimiento a la anterior Junta, que ha estado al pie de cañón durante los cuatro años de su mandato y ha realizado un trabajo ímprobo de adaptación a los nuevos tiempos. No lo digo sólo por la puesta en marcha del formato digital de nuestra revista, que es posiblemente la punta del iceberg y la parte más visible de este proceso, sino por otras muchas acciones más subterráneas que han ido preparándonos para lo que vendrá en un futuro ya cercano. Trabajo de Secretaría, trabajo de Tesorería, trabajo desde la Presidencia y desde las numerosas comisiones. Un trabajo callado, pero eficaz, que hay que agradecer –y se agradece- en cada ocasión que se pueda. Hacerlo desde esta tribuna es un privilegio. Así que: gracias, Juan Antonio Abeijón, Jorge Gil, Fina Navarro y a todos los presidentes de las comisiones y de las asociaciones que han hecho posible que el barco navegase en este tiempo. Yo me quedo, también, con la amistad entrañable, el vínculo personal y el aprecio que siento por estos, mis amigos.

Motivo de alegría es, además, que haya personas que se comprometan en que nuestra organización continúe su marcha y presenten proyectos nuevos para afrontar los tiempos que se avecinan. Ana Caparrós como Presidenta, Jose Soriano como Tesorero y Francisco Serrano como Secretario conforman la cabeza visible de esta Junta. No sé quién lo dijo, pero me parece oportuno repetirlo aquí: que la Fuerza os acompañe.

Para terminar, quisiera señalar que los cambios han llegado ya a la propia revista que tienen ustedes ante los ojos. Mosaico también se adapta a los nuevos retos y, en función de ellos, se reestructura y toma nuevas direcciones. Por de pronto, hay ahora un comité de redacción que nunca antes existió, y que va a tratar de que la revista alcance aún más altos estándares de calidad que nos igualen a otras publicaciones extranjeras que están en la mente de muchos. Aunque hace varios años que estamos indexados, pretendemos mejorar nuestra posición en los índices de impacto y citación. Un reto que hay que afrontar cuanto antes y que supondrá un plus para la publicación de artículos de calado.

Esto ha supuesto la desaparición de una comisión entrañable, la de corresponsales, con cuyo trabajo se tuvieron en pie algunas secciones de la revista y se apañaron muy bien otras. No puedo citar a todos los que ocuparon este puesto durante los años que he sido coordinador y responsable de la revista, pero espero que al menos sepan que les agradezco el tiempo empleado y la facilidad que siempre me dieron para que la revista funcionara de forma fluida y efectiva. Pero, sobre todo, les quiero agradecer la calidez de nuestra relación y el apoyo y complicidad con que se fue haciendo, también, las páginas que quedan ya atrás. Ese es un legado que se queda conmigo. Muchas gracias, pues.

No quiero terminar sin un recuerdo al que fuera un pionero de la terapia familiar en nuestro país y también el primer presidente de la FEATF, José Antonio Ríos, quien nos dejó cuando el año casi doblaba su última vuelta. Se fue un claro referente e inspirador, de quien nos quedará siempre la indeleble impronta que su vocación dejó en el desarrollo de la terapia familiar en España. Vaya desde aquí el abrazo entrañable a su familia y la memoria de esta persona insustituible.

Javier Ortega Allué Director de Mosaico

Mosaico 73(DIGITAL): Paradojas confusionales y paradojas liberadoras

Hemos vivido, justo es confesarlo aquí, una pequeña o gran crisis en el alumbramiento de este número tenéis (¿entre las manos?) a la vista, si entendemos como crisis el estado de un sistema en que un cambio es inminente, como señaló con fortuna Frank Pittman. Quienes tenemos una edad hemos visto crecer y cambiar a esta nuestra revista, de la mano de los directores cuyo recuerdo señalamos en nuestras contraportadillas y de cuantos con ellos colaboraron. Con aciertos y desaciertos, en Mosaico hemos asistido a su proceso de crecimiento, manteniendo a lo largo del tiempo una identidad que se transformaba, enriqueciéndose, con las numerosas aportaciones de tantos terapeutas como nos han acompañado a lo largo de los años. No tardaremos mucho en celebrar la publicación de los setenta y cinco números de la revista y de ahí el camino hacia los cien quedara expedito. Señal de la buena salud de la FEATF y del largo recorrido, ya, de su buque insignia.

No es sencillo acostumbrarse a los cambios porque somos animales de inercias y hábitos, que nos constituyen. El mundo en continuo devenir obtiene un cierto orden de nuestra capacidad para hacerlo previsible, como nos volvemos nosotros a fuerza de restringir nuestras posibilidades de actuación y aparecer de un modo parecido casi siempre ante los demás. Pero a esta estabilidad a duras penas conseguida le acompaña como pareja de baile el cambio inevitable, el crecimiento, la actualización de las infinitas potencias en que también nosotros consistimos. Aprendemos y, al hacerlo, cambiamos y crecemos. Ocurre lo mismo con los objetos que nos rodean y a los cuales nuestra mirada y nuestro uso llenan de vida. Conservamos lo mejor, pero nos desprendemos de la ganga, de lo que sobra, de lo que, al dejar atrás, nos permite permanecer siendo.

Hemos sido testigos de numerosos cambios. Las organizaciones son sistemas abiertos que se auto-organizan, crecen y se transforman. También FEATF lo hace. Cada nueva hornada de terapeutas que obtienen su acreditación trae consigo, como empujando, nuevas ideas y nuevas formas y nuevos caminos. Lo viejo y lo nuevo se encuentran en un punto y se intercambian información, conocimientos, usos y maneras. A veces, lo nuevo parece querer arrumbar lo viejo, como si todo ello estuviera obsoleto y ya nada de lo que se dijo entonces tu viera el menor valor. A veces, lo nuevo necesita una cierta perspectiva o profundidad, que, por fortuna, abunda en lo viejo. Nadie es imprescindible, pero todos somos necesarios. Porque traemos nuevas inquietudes que enriquecen y fecundan las viejas. Así ocurre con la renovación de los equipos directivos, como ocurrirá también en las próximas Jornadas Nacionales en Santiago.

Y como ha sucedido en nuestra emigración digital. Este es un cambio, también, con el que pretendemos mantener, sin embargo, los logros conseguidos y, por qué no, superarlos. Los que estemos o los que vayan a estar. No hay una razón tan sólo económica en esta migración, aunque no deja de ser una de las razones: nuestro esfuerzo por ahorrar gastos redundará en otros proyectos que FEATF podrá emprender gracias a este ahorro. La economía, pues, está detrás; pero, con todo y ser importante, no es la única razón. En estos momentos, Mosaico alcanza la cifra potencial de unos 2100 lectores, si sumamos alos socios de FEATF que la reciben el grupo hermano de la Sociedad Portuguesa de Terapia Familiar, y los suscriptores que, sin esas pertenencias tan vinculantes, están interesados en los contenidos de nuestra revista. Pero sabemos que el potencial de crecimiento de Mosaico podría ser mayor si nos lanzásemos a navegar en el proceloso mar de las redes sociales. Numerosos terapeutas en Latinoamérica y en algunos países de Europa nos piden que les abramos nuestras páginas o sienten curiosidad intelectual por sus contenidos. Nos une el mismo interés y la misma vocación. Por eso Mosaico se hace también ella digital, para seguir creciendo y cambiando, pero manteniéndose en lo que fue, ha sido y será. Iter facere.

Javier Ortega Allué. Director de Mosaico.

Mosaico 72: Congreso Ibérico de Coimbra

Dos percepciones temporales acompañan siempre nuestro humano trasegar, el cambio y la permanencia, como las dos caras, opuestas pero complementarias, del ying y el yang, del día y la noche, en una armonía de opuestos que se necesitan y complementan, y que luchando se equilibran. Permanencia sin la cual la solidez de la vida perdería ese estado, transformándose en un flujo continuo y caótico, desmadejado, informe; cambio sin el cual no habría crecimiento, creatividad o transformación posible, sino anquilosamiento y muerte, consunción. Queremos ser y queremos seguir siendo, impelidos por los que los antiguos llamaban conatus, que es la fuerza de la permanencia existiendo. Pero, para ello, no nos cabe sino aceptar la inexorabilidad del cambio y del movimiento continuo. Vivir es eso, no otra cosa. Una fuerza transformadora, un impulso que toma pujanza de lo que ya hay para hacer real lo que aún se adivina sólo potencialmente.

Y como nuestra organización está viva, andamos viviendo en carne propia lo que significa permanecer y cambiar. Por todas partes se anuncian señales que nos indican la proximidad de los cambios. MOSAICO, la revista que se hace eco de cuantas voces significativas nos hablan de la terapia familiar en España, Portugal y Latinoamérica, está más viva que nunca, y por ello la hemos de situar en la punta de lanza de estos cambios que se aproximan. En breve, nuestros socios podrán disponer de al menos dos números digitales de la revista al año, reservando todavía el ejemplar sólido de papel para la edición de congresos y jornadas. Permanencia, pues, y cambio.

Estamos trabajando para que este tránsito sea lo menos doloso posible para nuestros socios, porque se impone esa transformación si queremos sobrevivir y, sobre todo, si pretendemos seguir siendo punteros en la edición de artículos en español y portugués en nuestro ámbito cultural. Sin alharacas, dando voz a nuestros investigadores y terapeutas familiares, ha llegado MOSAICO a ser la revista con mayor número de lectores en nuestra lengua. Se dice pronto, pero ha sido el trabajo en comandita de muchos, su generosa colaboración. Pretendemos, así, seguir por ese camino, alcanzado a través de las redes a cuantos lectores potenciales que, allende nuestras fronteras, solicitan acceso a los artículos de la revista tan pronto como tienen conocimiento de nuestra existencia. Es un reto, pero también una oportunidad que queremos encarar y aprovechar con la ayuda de todos.

Tienes entre las manos, pues, lector y amigo, el ejemplar en papel que, por contendidos, toca este año. En breve y a través de las asociaciones y de nuestra página web (www.featf.org) informaremos acerca del procedimiento para acceder a las siguientes publicaciones. No queremos perder a nadie por el camino, sí ganar otros lectores.

Con todas las virtualidades que lo digital ofrece, pondremos también a disposición de nuestros socios los números anteriores, por si alguien se perdiera alguno en su momento. Esperamos que este cambio en ciernes sea del agrado de la mayoría y permita un mayor y más rico intercambio entre nosotros, con foros de debate y otros instrumentos como la digitalización e indexación de los artículos, lo cual favorecerá su consulta temática y la posibilidad de acceso a cuanto se ha publicado durante estos años. Nos hacemos más grandes y mejores. Y, como os necesitamos, os invitamos a acompañarnos en esta nueva aventura vital.

Javier Ortega Allué Director de Mosaico

Mosaico 70: Intervenciones familiares y sistémicas en contextos sanitarios

Toda nuestra felicidad y toda nuestra miseria residen en un único punto: ¿a qué tipo de objeto estamos vinculados por el amor?

Baruch de Spinoza.

Cuando este número de Mosaico llegue a manos de nuestros lectores, estaremos a las puertas de celebrar el IV Congreso Ibérico de Terapia Familiar, evento científico y social que convocará a algunas de las voces más representativas de nuestro contexto cultural, para tratar algo que a todos nos concierne, siquiera que en alguna medida aproximada: Amor en tiempos de crisis. Desafíos a la pareja, a la familia y a la sociedad. ¿Cabría, pues, un título que prometiera más y permitiera observarnos desde un más idóneo punto de vista relacional? Pues el amor es, junto a la comunicación, la situación relacional por excelencia, el punto de fuga donde confluye nuestro entero ser humano, otorgándonos perspectiva y profundidad. Al final, decía san Agustín, se nos vendrá a examinar en el amor. Podríamos decir: se nos examinará en el modo como hemos aportado bienestar, felicidad, dicha o plenitud al mundo, a quienes nos rodean y envuelven, a los más próximos y cercanos. Cómo los hemos sostenido y acompañado mientras estuvimos a su lado. Echemos cuentas.

Amor y tiempo de crisis. Como si fuera posible existir sin el uno -el amor-, o extrañados y fuera del otro: ese tiempo de crisis que siempre se vislumbra acechándonos en la línea baja de nuestro horizonte vital. Como si pudiéramos vivir sin gozar de cierta plenitud o sin padecer alguna pérdida inexorable. Es el nuestro un tiempo de crisis, incierto y singular. Nada nuevo bajo el sol, pues así fueron todos los tiempos que vivió la humanidad, con breves excepciones. Un tiempo que, como otros anteriores, anhela certezas o seguridades, pero que sobre todo anhela a alguien que esté dispuesto a dárnoslas sin que hayamos de esforzarnos demasiado en buscarlas. Recetas, aunque sean de vuelo corto y nazcan aliquebradas. Certezas y dogmas para sobrevivir en un mundo imprevisible, ¡qué gran dislate! En esta época nuestra donde priva lo natural y genuino, andamos paradójicamente expectantes ante la posibilidad de que se descubra al fin esa pastilla o de ese algoritmo que nos hará felices por siempre con solo tomar la medicación o aplicar la fórmula matemática. De ahí la pertinencia del subtítulo de Congreso de Coimbra, una palabra que resume cientos: desafíos.

Pues, in nuce, la vida misma es un desafío, y vivir consiste en tener que ir afrontando sin seguridades últimas los retos que las circunstancias nos ponen al paso. Sabemos que no hay placer sin duelo ni fracaso, ni enamoramiento que no vaya acompañado de decepción cuando no es correspondido; sabemos, pues trabajamos con el sufrimiento, que no hay una dicha plena, ascendente y sin baches. Pensar lo contrario sería como si estuviéramos empeñados en obtener de golpe la cuadratura del círculo y creyésemos, además, que sería posible lograrla.

Conviene que nos recuerden, pues, que no hay vida sin su parte alícuota de desafío, de empeño o de reto, y que tales quebrantos tienen en la pareja, la familia o la misma sociedad el campo de batalla donde mediremos nuestras capacidades y competencias relacionales, nuestras estrategias y habilidades interpersonales. En suma, nuestra inteligencia relacional. Del Congreso de Coimbra tendremos noticias en breve porvenir. De la vida las tenemos constantes y actualizadas.

La vida es incertidumbre, dichosa y feliz incertidumbre. Y como dice el refrán, hasta el rabo todo es toro. Que nos embistan, pues, el amor y las crisis. Mejor una vida atenta y en peligro que una amodorrada y narcótica. ¡Que nadie, pues, se duerma!

Javier Ortega Allué. Director de Mosaico.

Mosaico 69: Congreso de Cartagena

Que los años pasan nos lo dicen los logros, pero también nos lo susurran las pérdidas. Con éstas añadimos a la vida el peso de las ausencias y la presencia tan real de los huecos que nos dejan. Este final de año ha sido pródigo en pérdidas. Desde las cercanas y, por tanto, más sentidas, como la de nuestro compañero y amigo Antonio León, corresponsal de esta revista en la Asociación Andaluza; hasta las lejanas pero no menos importantes, como la del maestro Minuchin y la pionera y activa promotora de la terapia familiar Lynn Hoffman. Vidas idas cuya principal característica fue la de haber vivido intensamente una pasión. En su caso, la pasión por el trabajo terapéutico con las familias, esperanzado y profundo. Como sucede siempre que esta profesión surge del sentir más hondo de la persona y es, por tanto, más que una profesión.

Hay muchas formas de ser felices. Tantas, al menos, como seres humanos coexisten en un momento concreto de la historia. Pero todas esas disposiciones felicitantes y activas, dinámicas y productivas de estar en el mundo se parecen al menos en un aspecto, a saber, la intensidad apasionada con que cada cual las aborda en su existencia. Vivir, como dijo en cierta ocasión el propio Minuchin, consiste en crecer, mezclarse, cooperar, compartir y competir con los demás. Vivir es una tarea, un quehacer. No simplemente un deslizarse sin pausa ni sosiego hacia el final. Y lo que hagamos hasta el fin, eso es lo que hará nuestra felicidad. El problema fundamental de la existencia.

Pero los terapeutas familiares tenemos otro conocimiento, que surge de nuestro diario bregar con el sufrimiento familiar en la consulta o en el hospital. Un conocimiento que, cuando se revela, ya no puede ser ocultado, y mucho menos olvidado. Los individuos somos más que ese sujeto individual en que consistimos. Todos nosotros, toda la gente a la que queremos o con la que nos relacionamos, formamos un invisible tejido vincular de afectos y reconocimientos, de heridas y de daños, que traspasa nuestra tenue frontera individual y se remonta hacia arriba, hacia otras generaciones, de las que somos continuación, testimonio y deudores. Nada hay en nosotros que esté por completo cerrado, ninguna trama, ninguna historia tiene su fin en sí misma. La vida prosigue y nuestra existencia se vuelve menos lineal, al enriquecerse con los silenciosos legados de los muertos. Gana hondura y complejidad.

Hay ya algo en nosotros de Antonio –el humor- , de Lynn –la pasión-, de Salvador –la inteligencia relacional-. Nos quedamos con su luz, que no percibiríamos si no conociéramos sus sombras. Y, sobre todas las cosas, la intensidad con que ejercieron su oficio, el de terapeuta, un oficio tan singular como lo es siempre, de suyo, cualquier profesión vocacional. Algo más que un mero acopio de técnicas: una forma especial de estar con los otros, empatizar con su dolor y sostenerlos en el sufrimiento, desde la propia experiencia existencial de quien se sintió llamado –pues no otra cosa distinta es la vocación- a hacer terapia.

Javier Ortega Allué Director de Mosaico

Mosaico 68: Crisis y Terapia Familiar

Es poco probable que a día de hoy cualquier sistémico que escuche la palabra “crisis” no tenga presente al tiempo la idea de oportunidad, como un cliché al que nos hemos habituado o un manierismo más de nuestra profesión, recordando el doble significado de peligro y oportunidad que cuentan que significa el ideograma con que los chinos dibujan en tinta su crisis sobre el pergamino. No quisiera parecer iconoclasta, pero a mí, personalmente, la palabra crisis siempre me trae a la memoria la muy conocida reflexión final con que Borges concluye su Nueva refutación del tiempo: le tocaron, como a todos los hombres, malos tiempos en que vivir. Oportuno recuerdo para quien sospecha que la crisis ha sido siempre la regla y la bonanza, la excepción.

Hemos vivido años así, con el viento de cara, aquí, en este Occidente vilipendiado, que olvida que ha sido precisamente una excepción histórica y que su fortuna se levanta sobre tantas vidas desgraciadas y tantos destinos truncados. Han sido unos pocos años, pero los suficientes para que creyéramos en el espejismo de que el progreso seguiría su marcha imparable y ascendente a lo largo del tiempo, por generaciones. Suficientes para crear una cultura hedónica e inmediatista, que creía tenerlo todo al alcance de su manos, o de sus deseos.

Donde deberíamos haber visto la rareza de la excepción, hemos creído adivinar el destino, sonriendo. Han bastado luego unos años para que la fragilidad de nuestras ideologías y creencias sucumbiera a la tempestad de los hechos sin alma. Y nos hemos visto abatidos, superados y sumergidos de pronto en una espiral que, como siempre, se ha llevado primero las esperanzas de los más débiles y, más tarde, las de todos los demás. O de casi todos. Como se suele decir, también hay quien gana en río revuelto. Y mucho.

Soy de los que creen en las palabras pequeñas y en los actos concretos, y me pregunto qué me cabe a hacer a mí mismo en este tempestuoso río que amenaza con ahogarnos en los vórtices de sus remolinos. Por de pronto, reconocer el estrecho alcance de mis posibilidades. Un reconocimiento que no niega, sino que, por esa misma razón, se vuelve afirmativo y se activa. Los terapeutas nos encontramos a menudo enfrentados a situaciones que superan el estrecho ámbito de nuestras capacidades y ante las cuales hemos de comenzar a actuar con nuevas estrategias y nuevas intervenciones. Un poco a ciegas, sin saber a ciencia cierta el alcance que estas intervenciones tendrán en el futuro de las familias. Hay que esperar estudios que avalen estas transformaciones creativas.

De nada sirve que reflexionemos sobre la crisis si al final la respuesta resultante es maniqueamente simple, esto es, optimista o pesimista a ultranza. Los sociólogos señalan que ya ahora se puede predecir que un 30% de la población española no tendrá en su vida un trabajo seguro ni continuado; o que la pobreza se cebará sobre el 80% de los hijos de las actuales familias empobrecidas. Poco se dice sobre el destino de esa otra mano de obra barata, hija de la reforma educativa y de una cultura equitativa que ha anulado cualquier esfuerzo y excepcionalidad, que se enfrenta desde la fragilidad a los nuevos retos de las economías complejas. Antes era posible levantar una vida sobre tan escasos basamentos; ahora se adivina de todo punto imposible.

Los terapeutas no tenemos ni las respuestas ni las soluciones a esta situación social que vivimos. Estamos demasiado cerca y sumergidos demasiado en la misma circunstancia que el resto de los seres humanos que la vivimos y padecemos. No disponemos de la perspectiva suficiente para saber hacia dónde hemos de dirigir nuestros pasos en el futuro. Vamos haciendo y reflexionando sobre la marcha, en una práctica crítica y activa que sostiene el sufrimiento de otros y también el nuestro. Por eso se hacía tan necesario un monográfico como el de este número, para empezar a dialogar, a reflexionar y a intercambiar prácticas e intervenciones que nos ayuden a ayudar y que nos sostengan también a nosotros en estos tiempos difíciles que, como a todos los seres humanos, nos han tocado vivir.

Javier Ortega Allué Director de Mosaico

Mosaico 67: La acción terapéutica en lo invisible: La trastienda en Terapia Familiar

Como todos sabéis, la FEATF es una organización fuerte y prestigiada, que lleva veinticinco años defendiendo los intereses de los profesionales de la terapia familiar en España, que se ha organizado en forma federal con asociaciones y que agrupa bajo su paraguas a más de mil seiscientos terapeutas relacionales que se han formado en escuelas acreditadas por la propia Federación según los más exigentes estándares europeos de alta calidad y desempeño. Buena prueba de este trabajo es el respeto merecidamente ganado durante estos años en las instancias oficiales del país y nuestra presencia cada vez mayor en aquellos espacios donde se toman decisiones de trascendencia para nuestra profesión, sobre todo en estos momentos, en los cuales se plantea la necesaria regulación legal de la terapia como profesión específica.

Tantos desvelos no han sido gratuitos. Durante estos años algunas asociaciones de FEATF han formado parte de la FEAP (Federación Española de Asociaciones de Psicoterapeutas, una organización que es fundamental en el diálogo con las instituciones) con quienes, en comandita y unión, hemos trabajado para dar cuerpo a las necesidades de la psicoterapia y la terapia familiar. En estos momentos, en los que los Colegios de Psicólogos están planteando al Ministerio la homologación profesional y dando los necesarios pasos para que el Gobierno se pronuncie al respecto, es importante nuestra presencia en FEAP, pues como tal organización ésta defiende tan sólo los intereses de los colectivos que representa. Si abandonáramos nuestra presencia en FEAP sería mucho más difícil que en estas negociaciones tuviéramos la voz y la consistencia que ahora tenemos.

Los socios de todas las asociaciones deben saber, pues, que nuestra pertenencia a la FEAP no es el capricho costoso de unos cuantos iluminados, sino una estrategia diseñada a medio y largo plazo, que puede ir en beneficio de todos nosotros. En estos momentos, FEATF acredita a sus socios como terapeutas familiares, pero por nuestra presencia en FEAP también se puede solicitar la acreditación como psicoterapeutas. El Registro Nacional de Psicoterapeutas es otra prueba tangible de la importancia social de esta colaboración.

Urge, pues, que los socios de todas las asociaciones que conforman FEATF sean conscientes de la trascendencia de agruparse también bajo el paraguas de FEAP y que reconozcan que, de no hacerlo así, nuestra capacidad de influencia en esta organización quedará notablemente mermada, lo que conllevará con el tiempo a una más que probable pérdida de presencia en aquellas instituciones donde se dirime el futuro legal de nuestra profesión. Si somos pocos, nuestros criterios quedarán en minoría y abriremos con nuestra desidia la puerta a que sean los demás quienes impongan sus propios –y por qué no decirlo- restrictivos criterios de acreditación y formación. Muchas escuelas y asociaciones verán así perder alumnos y asociados, que sin duda preferirán acudir a aquellas instancias más potentes que garanticen su futuro profesional en nuestro país.

La presencia en FEAP es, más que un capricho, una necesidad. No puede quedar al arbitrio de los presidentes de las asociaciones o sus cambiantes juntas directivas, sino que tiene que ser una exigencia desde las bases, por la que los socios nos demanden las mejores condiciones para el desarrollo de su vida profesional. Conviene que las juntas de las diversas asociaciones que conforman FEATF sean capaces de dar una respuesta consistente a esta necesidad. No podemos quedarnos solos. No debemos aislarnos. Ni ahora ni en el futuro.

Javier Ortega Allué Director de Mosaico

Mosaico 66: Discapacidad y Terapia Familiar. Diversidad funcional y contextos generadores de oportunidades

Hay un mandato de visibilidad en muchas de las tareas que emprende la Federación y las Asociaciones de Terapia Familiar, como señala nuestro Presidente en la carta que abre este nuevo número de Mosaico.

Visibilidad significa hacerse presente y ubicarse ante la mirada de los otros, que está conformada, en este caso, por el entero conjunto de la sociedad, a cuyo servicio nos ponemos; pero también ante las instituciones que regulan la profesión de salud en nuestro país, las facultades que imparten la docencia que forma los futuros titulados, las escuelas cuyos programas persiguen que los profesionales se especialicen y ganen competencia terapéutica específica de alto nivel y calidad –como los diversos programas que reciben el aval y la acreditación de las asociaciones de terapia familiar-; y, finalmente, ante organismos como colegios profesionales quienes protegen a médicos, psiquiatras, psicólogos, trabajadores sociales y otros diversos del intrusismo y de la mala praxis profesional, velando por la validez  de nuestras intervenciones no menos que por la actualización de nuestros conocimientos. Estamos obligados a responder, pues, de nuestras capacidades ante el conjunto de los ciudadanos, quienes son, a la postre, nuestros usuarios potenciales y beneficiarios principales de todo nuestro esfuerzo. A todo este buen hacer hemos de darle la necesaria visibilidad.

Mosaico, en esta línea de hacer que la terapia familiar tenga una importante presencia social, dedica de forma habitual y reiterada un número al año a dejar constancia escrita de las Jornadas y Congresos que las Asociaciones, con el aval federativo, organizan, a fin de poner en común los conocimientos y prácticas más actualizados sobre un tema de especial interés para los profesionales. Este año la Jornada fue en Zaragoza y el monográfico de este número 66 de la revista da cumplida cuenta de alguna de las intervenciones más importantes de los ponentes.

Algunos acontecimientos existenciales caen como mazazos sobre la vida de los individuos o de sus familias: enfermedades repentinas, accidentes con graves consecuencias, sufrimientos que aparecen en el presente con un horizonte de cronicidad, pérdidas anunciadas. Uno se imagina en tales casos, se pone por unos instantes en la piel de los otros  y siente de pronto que le invade el desaliento, pues la vida, que se prometía de otra manera, se ha torcido. Hay que vivir con ello, o hay que seguir viviendo contando con ello. Como señala R. Ramos en uno de los artículos que mejoran estas páginas, el profesional tiene que hablar de todo esto en terapia, con las familias, con los afectados, de forma clara o sutil. La función de la terapia no es otra que la de movilizar los recursos y las capacidades que la familia posee, aunque también ayudar a aceptar el dilema existencial en que ese evento les coloca por el mero hecho de vivir. Hay dificultades irresolubles en la vida con las que hay que seguir viviendo. Los estoicos hablaban del aprendizaje de la resignación y señalaban que la aceptación de la necesidad generaba libertad. No es fácil ayudar a que las familias conlleven estas situaciones, aunque no quede otra. Conllevar: que es vivir con ello de la mejor manera posible, acompañados, acogidos, sostenidos por los profesionales, que les han de ayudar a tomar una nueva posición que les permita seguir viviendo con un sufrimiento soportable. Unaconllevancia que solicita ser hablada y dicha, para que el sufrimiento de lo no dicho y de lo obviado tenga cada vez menos espacio entre las personas que lo temen y lo evitan.

La evitación del dolor no debe entenderse como una anestesia permanente contra el sufrimiento. El sufrimiento es parte de una vida integral, no una excrecencia que podamos desalojar de nuestro horizonte existencial. Eso no sucede nunca, aunque posiblemente el modelo médico de salud, que es el que tienen en mente nuestros usuarios, haya hecho creer que este paso es posible.

Es porque algo nos incomoda, daña o duele que nos ponemos a menudo en marcha hacia su superación o su aceptación. El objetivo de la terapia no debe ser que no ya exista el sufrimiento, sino que aprendamos a vivir un sufrimiento soportable, sostenible, hablado y compartido. Si definimos todo sufrimiento como insoportable, no podríamos vivir sin ayuda de las pastillas de la felicidad ni sin una ayuda terapéutica continuada, cuando en realidad nuestra función terapéutica es la de ayudar a las personas a que sean capaces de ser sus propios curadores de sí mismos y de quienes les rodean. De hecho, si el sufrimiento fuera siempre intolerable no podríamos simplemente vivir.

Javier Ortega Allué Director de Mosaico

Mosaico 65: La cuestión de la identidad en Terapia Familiar

De Zaragoza hemos regresado a nuestros habituales lugares de trabajo y residencia alanceados por la alegría y la nostalgia que dejan en poso los encuentros con amigos y colegas, y con las certidumbres que ponen de manifiesto que, un año más, la Federación y las asociaciones prosiguen en primera línea de batalla para conseguir que nuestra profesión tenga el eco social y público que el trabajo que realizamos merece.

Nunca son fáciles los cambios, aunque año tras año asistimos a una lenta pero inexorable apertura y resonancia de nuestra labor en numerosos ámbitos sociales y clínicos; también políticos. Somos ya muchos, pero en términos globales, aún somos pocos. Y somos pocos los que hemos hecho mucho. Hace cuarenta años no existía más que la necesidad, entre algunos profesionales especialmente sensibles a ello, de enfocar los problemas de otra manera, teniendo en cuenta las determinaciones de los contextos más amplios donde el individuo vive y se relaciona. Esta necesidad, lentamente organizada, hizo presente a la terapia sistémica o relacional en el horizonte de la salud mental en España, ampliándose luego con notorio éxito a otros ámbitos de intervención. De esta necesidad nació, por voluntad férrea e ilusión de unos cuantos, la Federación Española de Asociaciones de Terapia Familiar, que, desde aquellas fechas, vela por el prestigio de los profesionales y escuelas que ella, a través de las distintas asociaciones, acredita. No es trabajo baladí, éste; ni digo estas palabras a humo de pajas.

Cada vez más se hace necesaria esta unión de sinergias en beneficio de nuestra profesión. No se trata de velar por los intereses de individualidades aisladas, sino por los de un colectivo que tiene encomendada una importante labor social. No puede ser que las autoridades nos reclamen el cumplimiento de esta tarea a la vez que nos privan aún del reconocimiento legal que la profesión se ha ganado a lo largo de todos estos años con empeño, ahínco y sin desfallecimientos. Pero los cambios son difíciles.

El Registro Nacional de Psicoterapeutas (www.registronacionaldepsicoterapeutas.es) es buena prueba de la necesidad de aunar fuerzas y tener presencia social. Numerosas administraciones ya reclaman que sus profesionales sean acreditados por las asociaciones que componen el mosaico de FEATF. Es una excelente noticia, una prometedora señal, aunque aún insuficiente.

En esta misma línea, no nos conviene en absoluto abrir debates inútiles sobre quién posee la titulación idónea para ejercer como terapeuta. Hay unos requisitos que cumplen los criterios europeos de rigor y calidad, y convendría no olvidar que es hacia esa dirección hacia la que llevamos años tendiendo y hacia la que, desde siempre, hemos estado apuntando. En este sentido, encerrarnos en pequeñas capillitas para proteger intangibles derechos adquiridos o sospechosos territorios de intervención es algo que obra en nuestra propia contra, y divide y debilita.

Hay sobre estos asuntos un debate abierto entre otras organizaciones profesionales de terapeutas, que nosotros tenemos claro y defendemos con argumentos suficientemente contrastados. De estas labores que se realizan entre bambalinas también FEATF se ocupa, en muchas ocasiones de forma discreta pero continuada. Hasta ahora, además, de forma exitosa, pero al parecer no se puede bajar la guardia. Algunos pretenden preservar sus territorios de caza, cerrar vías y accesos, encastillarse en suma. Pero enclaustrarse no es el camino. Hay que seguir trabajando para que nuestra profesión se regule por la vía legislativa y, mientras tanto, asegurarse de que los profesionales cumplen con los criterios de calidad y rigor que los acrediten como idóneos para el ejercicio competente de nuestra profesión.

Javier Ortega Director de Mosaico

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Trauma y Terapia Famiilar

El trauma, en sus diversas formas de mostrarse, deja huella en los cuerpos, en las mentes, en las historias y, por supuesto, en los vínculos.