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Mosaico 82: Familia, pareja y procesos migratorios: entre los desafíos y el crecimiento.

La migración es un proceso de largo alcance histórico, ante el cual no parece lo más oportuno cerrar los ojos y mirar despreocupadamente hacia otro lado. Millones de personas se mueven de manera creciente buscando lugares donde poder establecerse, vivir y prosperar en el mejor de los casos; sobrevivir en el resto, huyendo a menudo de guerras, hambrunas, catástrofes naturales y otras provocadas por la codicia de otros seres humanos. En cierta medida, podemos asegurar sin temor a errar que hoy se cuenta como minoritario y hasta excepcional el grupo humano que no haya vivido alguna forma de migración en su seno y, por tanto, no haya padecido todos los procesos que acompañan a esta circunstancia vital: duelo, pérdida, añoranza, estrés postraumático, situaciones que, a menudo, ponen en peligro la vida y someten a los individuos a condiciones inhumanas y hondamente dramáticas… Como toda circunstancia humana, la migración tiene un haz y un envés, unas ganancias en la cuenta del haber y unas pérdidas en la del debe. Y no siempre, por desgracia, la cuenta se equilibra.

De este asunto tratamos en nuestro monográfico, muy bien coordinado por Aliety Fernández, que cuenta con la firma de profesionales de gran prestigio y pericia en el tema, lo que hace aún más valiosa, si cabe, su generosa aportación. Y no sólo por su contribución teórica, sino a menudo vivencial también. Un número no pequeño de colegas con los que hablamos habitualmente o los mismos autores escriben en estas páginas de MOSAICO fueron o mantienen aún su condición trashumante, de homo viator, que forma parte de la cultura de la Humanidad desde, al menos, los tiempos míticos de Adán y Eva. Por lo que sabemos, migrar es, en el fondo, un condicionante cultural en la vida de las personas, más frecuente de lo que a primera vista pudiera parecernos.

Basta que ampliemos el foco desde el individuo a su historia transgeneracional para poder captarlo en su efectiva plenitud.

No quisimos dejar pasar, pues, la ocasión que se nos brindaba para compartir de qué forma se está trabajando en diversos continentes un tema tan actual y tan permanente. Y de qué modo la mirada relacional sistémica aporta el elemento contextual, ético e incluso político que nos ayuda a comprender mejor la complejidad de estos procesos en que se aúnan a un tiempo el sufrimiento con las fortalezas, las carencias con las competencias, el bienestar psicofísico con el malestar social y económico que concitan estos procesos. No cabe que estas situaciones pasen desapercibidas a los psicoterapeutas y otros agentes sociales que trabajan para fomentar el bienestar humano, la equidad y la dignidad de los individuos y fortalecer sus sistemas de pertenencia. Y menos aun cuando la migración va a conformar la línea de horizonte de un futuro que se aproxima a grandes zancadas, requiriendo de nosotros, los profesionales, la aceptación de los nuevos retos que ello habrá de suponer.

No quiero terminar sin hacer llegar una invitación a los miembros de las sociedades que componen nuestra Federación para que se animen a participar en el próximo V Congreso Ibérico y XLI Congreso de FEATF, que se celebrará en Madrid entre los días 10 y 12 de noviembre, y tratará sobre las familias en el siglo XXI y los desafíos que ello supone para la terapia familiar sistémica. Ocasión de vernos de nuevo y de intercambiar conocimientos y experiencias y también, por qué no, ocasión para contribuir con vuestras aportaciones a que Mosaico siga creciendo y haciéndose eco de las intervenciones más punteras en nuestro ámbito de trabajo. Conviene que no olvidemos lo que dejó dicho Kant: Sapere aude. Pues eso: Scribere aude.

Javier Ortega Allué.

Director de MOSAICO

Mosaico 78 (DIGITAL): Psicooncología y Terapia Familiar

Que nos acostumbramos a la desgracia mucho más que a la dicha, es algo que admite pocas dudas. Lo bueno es tan escaso como breve, pero esas pequeñas islas de felicidad ayudan a sobrellevar mejor los malos momentos y las ocasiones desperdiciadas. El ser humano avanza lentamente en su camino de supervivencia, y tanta atención a los peligros y tanta capacidad adaptativa no debe ser tomada en vano, sino como signo preclaro de cierta inteligencia evolutiva por parte de nuestra especie. Miramos el mundo desde la esperanza, pero ello no quita un ápice al peso que tienen en nuestras vidas la desgracia y la desesperanza. Por decirlo de un modo metafórico, nosotros, los terapeutas, nos hemos entrenado en mirar con el ojo derecho lo bueno de lo malo y todos aquellos elementos apreciativos que solemos poner en valor cuando trabajamos acompañando a las familias en su viaje por el sufrimiento. Pero no nos hemos quedado tuertos del ojo izquierdo, que es el que usa con más frecuencia la especie para estar sobre aviso y atender a los peligros. Así pues, los terapeutas aspiramos a disponer de una mirada bifocal sobre los acontecimientos y las vidas que, sin dejar de lado los aspectos más oscuros, nos permite vislumbrar la profundidad de la existencia y colocarnos en una disposición específica para mantener esa esperanza.

Hablar de esperanza en este Mosaico no es una contradicción. No lo es cuando tratamos de algo tan terrible y ubicuo como el cáncer, pero haciendo hincapié en los recursos y capacidades que las familias ponen en juego ante situaciones de tanta adversidad. Que aún estemos en el aparente final del túnel de la pandemia no nos debe hacer olvidar que muchas familias padecen, además, el impacto demoledor de las enfermedades avanzadas y de las etapas finales en la vida de los seres queridos.

Dichas situaciones reflejan la complejidad con que las personas abordamos, tras la pérdida o la enfermedad avanzada, la ayuda, la reconstrucción y la continuidad de nuestras vidas tras tales eventos. Tarde o temprano todos pasamos por circunstancias parecidas, que reflejan el carácter relacional del ser humano: nuestra dependencia de los demás y la constatación de nuestra propia fragilidad, sostenida por aquellos que conforman la red que nos protege, envuelve y sostiene. Nadie, al final, muere para sí solo; ni los sobrevivientes lo hacen sin el apoyo de algún vínculo significativo que les ayude a retomar las expectativas y objetivos de sus vidas a corto y medio plazo. Si algo podemos extraer de este abigarrado número de nuestro Mosaico es la conclusión de la gran creatividad con que los profesionales, hombres y mujeres de gran sensibilidad relacional, abordan estas situaciones tan complicadas y dolorosas, la muerte anunciada de uno de nuestros hijos, la rápida desaparición inesperada de cualquiera de nuestros padres y la supervivencia tras estos naufragios. Creatividad, cercanía, calor, ternura que reflejan entre líneas los artículos de este monográfico como pocas veces hemos leído.

Porque es casi un deber ético seguir hablando de lo que no se habla y poniendo voz a quienes la muerte quiso dejar en silencio.

Javier Ortega

Mosaico 77: Retos terapéuticos ante el confinamiento

La actualidad amenaza con convertirse en un género propio, y lo malo que tiene la actualidad como género es que, por un lado, nos impide captar la perspectiva que el tiempo siempre otorga a las acciones y a sus consecuencias; por otro, la actualidad sufre de una rapidísima tendencia a volverse inactual, mal que nos pese. Viene esto a cuento porque hace aproximadamente un año que vivimos sumergidos en una pandemia que ha cambiado nuestros hábitos, costumbres y relaciones. Por desgracia, también se ha llevado por delante a casi dos millones de personas de todo el planeta y para muchos millones más estas pérdidas no quedan en meras frías cifras de una estadística, sino que trocean un mosaico de vidas truncadas prematuramente y duelos de complicada resolución.

Un año más tarde, tras la emergencia sanitaria, estamos en condiciones de prever y actuar de una forma más operativa, frente a lo que ha sido un acontecimiento inesperado de alcance mundial e incierta duración. Hemos aprendido en carne propia lo que significa trabajar en un contexto de incertidumbre y hemos tenido que ajustar sobre la marcha nuestras previsiones a lo que iba sucediendo.

La pandemia ha puesto sobre la mesa el carácter relacional de los acontecimientos humanos: lo que sucede en un extremo del mundo nos afecta a todos y todos estamos por ello concernidos. Nadie habita en un sistema clausurado y a salvo de amenazas y peligros. Si la nave se hunde, nos hundimos todos con ella.

Contra lo que pudiera parecer, frente a este acontecimiento inesperado los profesionales no hemos quedado inermes y sin saber qué hacer, sino que nos hemos enfrentado a ella con el bagaje de una extensa experiencia de reflexión y análisis de lo complejo, que ha ido elaborándose a partir del trabajo realizado con familias que han sufrido pérdidas inesperadas y traumáticas, accidentes o suicidios, víctimas de catástrofes humanitarias o atentados terroristas. Como el mundo sigue transformándose con inusitada rapidez, el modelo sistémico ha continuado trabajando para integrar ideas fecundas de un buen número de ciencias y conocimientos, venero de nuevas intuiciones, que nos han facilitado poder realizar intervenciones creativas, elegantes, pero, sobre todo, útiles.

Aunque la especie humana haya sufrido a lo largo del tiempo situaciones epidémicas tanto o más graves, es posible que ésta que vivimos hoy posea un carácter novedoso, puesto que nunca como ahora había estado tan alcance de la mano la información de lo que acontece en cualquier rincón del planeta y, junto con ello, la posibilidad de generar noticias falsas, esperanzas precipitadas o toda clase de propaganda y manipulación emocional, con el miedo como ariete contra nuestras defensas sociales y psicológicas.

Saber a qué atenerse es sin duda algo positivo, pero tiene como envés generar una angustia y ansiedad que, para muchas personas, no resulta de fácil manejo. El aumento en consulta de pacientes sobrepasados por ataques de pánico, la ansiedad generalizada, la depresión o la tristeza y la culpa son el precipitado de esta combinación de circunstancias, de las que cualquier terapeuta en ejercicio puede dar consabida fe. Estamos empezando a atender y a recibir en nuestras consultas los efectos psicológicos de la pandemia. Por ello, ya hay quien señala que la tercera ola que vamos a tener que afrontar será la ola psicológica, lo que Bowen bautizó como la onda de choque emocional, que nos perturbará seguramente aún durante unos cuantos años.

La pandemia también ha roto un cierto relato social y la idea de desarrollo continuo y permanente, socavando la confianza que teníamos en un progreso ilimitado o una invulnerabilidad que ya resulta inalcanzable. Cuando la situación social que la epidemia ha generado se vuelva permanente, se hará también necesaria y urgente la emergencia de un relato que trate de explicarla o justificarla. No nos bastará con pensar que este ha sido el resultado nefasto de nuestra actividad predatoria sobre los recursos que esquilmamos a la tierra. O el desafuero de una Gaia empeñada en combatir los desequilibrios que nosotros hemos ido generando en un sistema que se autorregula, aunque sea de forma brutal.

El alcance de este episodio pandémico, pues, no se va a limitar al ámbito de la salud, sino que ha llegado para cuestionar algunas de nuestras certidumbres más queridas y nuestros más piadosos sentimientos. Si la palabra no estuviera tan desprestigiada, me atrevería a decir que la pandemia tendrá un alcance político difícil aún de predecir, puesto que va a afectar a partes del cuerpo social que carecerán de posibilidad de acceso a aquello que será el privilegio de otros: vacunación, psicoterapia, recursos sanitarios, ayudas sociales y económicas, etc. Aunque la muerte o su amenaza nos iguale a todos, la pandemia es evidente que no.

Javier Ortega Allué

Mosaico 74 (DIGITAL): “Esto es pa los niños” Terapia Familiar Sistémica en la infancia y la adolescencia

Se avecinan, quizás como siempre, tiempos de cambio. Convulsos, quizás, o críticos; pero también repletos de ricas oportunidades que los psicoterapeutas no podemos dejar escapar. Nos conviene estar atentos, porque ya por toda Europa va tomando forma el desarrollo legal que nuestra actividad tendrá en los próximos años. También hay atisbos de que esto vaya a suceder en España. Desde hace años, nuestra federación, la Federación Española de Asociaciones de Terapia Familiar (FEATF), junto con la Federación Española de Asociaciones de Psicoterapeutas (FEAP) y la Asociación Española de Neuropsiquiatría (AEN) colaboran estrechamente para el reconocimiento de la profesión de psicoterapeutas, y para que sus asociados reciban una formación adecuada que permita el desarrollo competente de esta profesión donde con tanta frecuencia somos testigos de un intrusismo feroz, que va en deterioro de la necesaria calidad del rigor de las intervenciones, del ejercicio de la psicoterapia y de la imagen social que nuestro trabajo tiene en la sociedad. Otros actores pugnan por intervenir en la definición de nuestra actividad; algunos, todo hay que decirlo, para cerrar el paso de quienes durante todo este tiempo han sido la punta de lanza de una psicoterapia de calidad, al nivel de los más altos estándares europeos, apareciendo ahora como defensores repentinos de nuestra profesionalidad, tan arduamente ganada. Algo está en juego. Debemos estar atentos y pendientes de estos movimientos, para no tener que lamentar después no haber hecho lo suficiente. Invito desde aquí a nuestros numerosos socios a darse de alta, si no lo han hecho ya, en el Registro Nacional de Psicoterapeutas. Huelga decir que aún no estamos todos los que deberíamos estar. Y que la unión hace la fuerza es ya cosa sabida. Vienen años o acaso meses que se adivinan movidos.

Entre estos procesos de cambio y crecimiento, hemos asistido a la renovación de la Junta de nuestra Federación, en las XXXIX Jornadas Nacionales de Santiago de Compostela. Y esto es, sin duda, motivo de alegría y agradecimiento. Agradecimiento a la anterior Junta, que ha estado al pie de cañón durante los cuatro años de su mandato y ha realizado un trabajo ímprobo de adaptación a los nuevos tiempos. No lo digo sólo por la puesta en marcha del formato digital de nuestra revista, que es posiblemente la punta del iceberg y la parte más visible de este proceso, sino por otras muchas acciones más subterráneas que han ido preparándonos para lo que vendrá en un futuro ya cercano. Trabajo de Secretaría, trabajo de Tesorería, trabajo desde la Presidencia y desde las numerosas comisiones. Un trabajo callado, pero eficaz, que hay que agradecer –y se agradece- en cada ocasión que se pueda. Hacerlo desde esta tribuna es un privilegio. Así que: gracias, Juan Antonio Abeijón, Jorge Gil, Fina Navarro y a todos los presidentes de las comisiones y de las asociaciones que han hecho posible que el barco navegase en este tiempo. Yo me quedo, también, con la amistad entrañable, el vínculo personal y el aprecio que siento por estos, mis amigos.

Motivo de alegría es, además, que haya personas que se comprometan en que nuestra organización continúe su marcha y presenten proyectos nuevos para afrontar los tiempos que se avecinan. Ana Caparrós como Presidenta, Jose Soriano como Tesorero y Francisco Serrano como Secretario conforman la cabeza visible de esta Junta. No sé quién lo dijo, pero me parece oportuno repetirlo aquí: que la Fuerza os acompañe.

Para terminar, quisiera señalar que los cambios han llegado ya a la propia revista que tienen ustedes ante los ojos. Mosaico también se adapta a los nuevos retos y, en función de ellos, se reestructura y toma nuevas direcciones. Por de pronto, hay ahora un comité de redacción que nunca antes existió, y que va a tratar de que la revista alcance aún más altos estándares de calidad que nos igualen a otras publicaciones extranjeras que están en la mente de muchos. Aunque hace varios años que estamos indexados, pretendemos mejorar nuestra posición en los índices de impacto y citación. Un reto que hay que afrontar cuanto antes y que supondrá un plus para la publicación de artículos de calado.

Esto ha supuesto la desaparición de una comisión entrañable, la de corresponsales, con cuyo trabajo se tuvieron en pie algunas secciones de la revista y se apañaron muy bien otras. No puedo citar a todos los que ocuparon este puesto durante los años que he sido coordinador y responsable de la revista, pero espero que al menos sepan que les agradezco el tiempo empleado y la facilidad que siempre me dieron para que la revista funcionara de forma fluida y efectiva. Pero, sobre todo, les quiero agradecer la calidez de nuestra relación y el apoyo y complicidad con que se fue haciendo, también, las páginas que quedan ya atrás. Ese es un legado que se queda conmigo. Muchas gracias, pues.

No quiero terminar sin un recuerdo al que fuera un pionero de la terapia familiar en nuestro país y también el primer presidente de la FEATF, José Antonio Ríos, quien nos dejó cuando el año casi doblaba su última vuelta. Se fue un claro referente e inspirador, de quien nos quedará siempre la indeleble impronta que su vocación dejó en el desarrollo de la terapia familiar en España. Vaya desde aquí el abrazo entrañable a su familia y la memoria de esta persona insustituible.

Javier Ortega Allué Director de Mosaico

Mosaico 68: Crisis y Terapia Familiar

Es poco probable que a día de hoy cualquier sistémico que escuche la palabra “crisis” no tenga presente al tiempo la idea de oportunidad, como un cliché al que nos hemos habituado o un manierismo más de nuestra profesión, recordando el doble significado de peligro y oportunidad que cuentan que significa el ideograma con que los chinos dibujan en tinta su crisis sobre el pergamino. No quisiera parecer iconoclasta, pero a mí, personalmente, la palabra crisis siempre me trae a la memoria la muy conocida reflexión final con que Borges concluye su Nueva refutación del tiempo: le tocaron, como a todos los hombres, malos tiempos en que vivir. Oportuno recuerdo para quien sospecha que la crisis ha sido siempre la regla y la bonanza, la excepción.

Hemos vivido años así, con el viento de cara, aquí, en este Occidente vilipendiado, que olvida que ha sido precisamente una excepción histórica y que su fortuna se levanta sobre tantas vidas desgraciadas y tantos destinos truncados. Han sido unos pocos años, pero los suficientes para que creyéramos en el espejismo de que el progreso seguiría su marcha imparable y ascendente a lo largo del tiempo, por generaciones. Suficientes para crear una cultura hedónica e inmediatista, que creía tenerlo todo al alcance de su manos, o de sus deseos.

Donde deberíamos haber visto la rareza de la excepción, hemos creído adivinar el destino, sonriendo. Han bastado luego unos años para que la fragilidad de nuestras ideologías y creencias sucumbiera a la tempestad de los hechos sin alma. Y nos hemos visto abatidos, superados y sumergidos de pronto en una espiral que, como siempre, se ha llevado primero las esperanzas de los más débiles y, más tarde, las de todos los demás. O de casi todos. Como se suele decir, también hay quien gana en río revuelto. Y mucho.

Soy de los que creen en las palabras pequeñas y en los actos concretos, y me pregunto qué me cabe a hacer a mí mismo en este tempestuoso río que amenaza con ahogarnos en los vórtices de sus remolinos. Por de pronto, reconocer el estrecho alcance de mis posibilidades. Un reconocimiento que no niega, sino que, por esa misma razón, se vuelve afirmativo y se activa. Los terapeutas nos encontramos a menudo enfrentados a situaciones que superan el estrecho ámbito de nuestras capacidades y ante las cuales hemos de comenzar a actuar con nuevas estrategias y nuevas intervenciones. Un poco a ciegas, sin saber a ciencia cierta el alcance que estas intervenciones tendrán en el futuro de las familias. Hay que esperar estudios que avalen estas transformaciones creativas.

De nada sirve que reflexionemos sobre la crisis si al final la respuesta resultante es maniqueamente simple, esto es, optimista o pesimista a ultranza. Los sociólogos señalan que ya ahora se puede predecir que un 30% de la población española no tendrá en su vida un trabajo seguro ni continuado; o que la pobreza se cebará sobre el 80% de los hijos de las actuales familias empobrecidas. Poco se dice sobre el destino de esa otra mano de obra barata, hija de la reforma educativa y de una cultura equitativa que ha anulado cualquier esfuerzo y excepcionalidad, que se enfrenta desde la fragilidad a los nuevos retos de las economías complejas. Antes era posible levantar una vida sobre tan escasos basamentos; ahora se adivina de todo punto imposible.

Los terapeutas no tenemos ni las respuestas ni las soluciones a esta situación social que vivimos. Estamos demasiado cerca y sumergidos demasiado en la misma circunstancia que el resto de los seres humanos que la vivimos y padecemos. No disponemos de la perspectiva suficiente para saber hacia dónde hemos de dirigir nuestros pasos en el futuro. Vamos haciendo y reflexionando sobre la marcha, en una práctica crítica y activa que sostiene el sufrimiento de otros y también el nuestro. Por eso se hacía tan necesario un monográfico como el de este número, para empezar a dialogar, a reflexionar y a intercambiar prácticas e intervenciones que nos ayuden a ayudar y que nos sostengan también a nosotros en estos tiempos difíciles que, como a todos los seres humanos, nos han tocado vivir.

Javier Ortega Allué Director de Mosaico

Mosaico 38: La Supervisión Sistémica

De nuevo volvemos a ocuparnos en MOSAICO de la supervisión, dedicándole el espacio monográfico que el tema nos reclama. Y lo hacemos por varias razones, a cual más fundada.

La primera aunque el orden de nuestra elección sea aleatorio más que cualitativo, por tratarse de una modalidad de formación con una enorme presencia en la vida de los profesionales. Ya sea que se trabaje en hospitales, en escuelas o en gabinetes privados, la necesidad de que otras miradas enriquezcan nuestras narraciones sistémicas es un hecho que admite poca discusión.

La formación continuada (que, lejos de ser una arbitrariedad académica o institucional, es la respuesta más coherente con el rápido cambio que se produce en los contextos en que ejercemos nuestra tarea), así como el afán por ampliar, limar o mejorar nuestras competencias relacionales, obligan a escoger esta metodología, en sus diferentes formatos, como instrumento de capacitación. La supervisión, cuando es útil, beneficia a los usuarios o clientes tanto como a los profesionales comprometidos en los casos, y a los supervisores tanto, también, como a los supervisados.

En segundo lugar, el desarrollo y la extensión del modelo sistémico, y su aplicación a otros contextos no estrictamente clínicos, menos acostumbrados quizás a dar publicidad a sus formas de operar, ha venido a generar entre los profesionales la necesidad de ser supervisados. Para ser más efectivos, pero también como una forma de cuidar a los propios operadores; muchos, si no, abandonados por la red a la soledad de las primeras líneas de trabajo, sin otro apoyo que este de la posibilidad de recibir supervisión.

Por todo ello, no hemos querido desoír el reiterado llamado y hemos vuelto a abrir estas páginas a la supervisión. Creemos que ellas van a aportar nuevas perspectivas y algunas sugerencias tal vez novedosas Que usted, amigo lector, las juzgue y las disfrute.

Mosaico 06: Algunas Reflexiones Sobre la Formación

En el nº 9 de la publicación argentina Perspectivas Sistémicas (enero, 1995), en un artículo de Francine Shapiro, se recoge la siguiente anécdota: en una conversación alguien le preguntaba a un terapeuta que decía hacer Terapia Familiar en donde se había formado. «¿Cuál es el problema?, contestó. «Soy terapeuta y nací en una familia. ¿Qué más necesito?»

Esta actitud naif que aparece ocasionalmente suele tener una rápida cura: en efecto, suelen ser suficientes unas cuantas entrevistas familiares para descubrir que son necesarios unos conocimientos y habilidades que requieren un período previo de formación.

Que la Formación es necesaria es un tema que admite poca discusión. Otra cosa es discutir qué tipo de formación, cuántas horas requiere, cómo distribuirlas, si se precisa o no una formación personal, etc. Para una completa información sobre el tema remitimos al lector a las Actas de las XV Jornadas Nacionales de Terapia Familiar (Vitoria, 1994), que versaron precisamente sobre «La Formación en Terapia Familiar».

En el desarrollo de la Terapia Familiar, clínica y formación han seguido una evolución muy estrecha, posiblemente más que en otras disciplinas similares. Quizá esto se haya debido a la particularidad de la expansión de la Terapia Familiar, efectuada rápidamente y sin que la formación se integre en otras estructuras educativas, por lo que los propios clínicos que la practicaban han debido ser siempre los que conjugaran esta práctica clínica con el entrenamiento, la formación de nuevos terapeutas.

Hoy en día, con la Terapia Familiar todavía en expansión, ocupando nuevos campos de ese amplio espacio sociosanitario, la formación sigue jugando un papel central en el desarrollo del abordaje sistémico relacional, por lo que no es de extrañar que la labor de la Federación haya estado centrado en buena parte en ese capitulo.

La Federación ha seguido en el tema de la formación un camino muy estructurado. En principio se partió de la necesidad, el interés de establecer unas bases mínimas para la práctica de la Terapia de Familia, es decir, unos Criterios Mínimos de Acreditación de Terapeutas de Familia. Una vez establecidos esos Criterios Minimos, parecía clara la necesidad de entrar en el tema de quién era capaz de formar a los interesados para acceder a esta titulación de Terapeuta de Familia. Así, el siguiente paso fueron los Criterios para Acreditación de Docentes en Terapia Familiar. Se crearon tres niveles: Colaborador Docente, Docente y Supervisor, con una escala progresiva para acceder a cada uno de ellos. Naturalmente, esos docentes tendrían que desarrollar unos programas para permitir la formación de los terapeutas, por lo que el paso siguiente fue el de acordar un Programa Mínimo de Formación de Terapeutas de Familia.

Pero no sólo nuestros programas de formación van dirigidos a formar Terapeutas de Familia, sino que se ha visto la necesidad no sólo aquí, sino también en otros países, de procurar una formación a aquellas personas que no están interesados propiamente en hacer una terapia familiar, sino que lo están más en hacer intervenciones familiares, intervenir en el contexto, en sus propias estructuras de trabajo, etc. Así, la Comisión de Formación y Docencia de la Federación trabaja actualmente en un programa intermedio que proporcionará una titulación de «Experto en Intervenciones Sistémicas», cuyo borrador, junto con Criterios Mínimos para acreditación de Terapeutas de Familia, de Docentes y Programas de Terapeuta Familiar, lo podrás encontrar en las páginas interiores del Boletín, en el Monográfico dedicado a la Formación.

Es imprescindible señalar el interés que se ha puesto, por parte de la Federación, en que todo este proceso sea lo más abierto posible. Para ello, la J.D., a través de su Comisión de Docencia, convocó desde un principio a todos aquellos Grupos/Centros/Escuelas de Formación, que estaban, en relación directa con la FEATF, y de los que se tenía noticias. De esta manera, en las tres «Asambleas Docentes» convocadas hasta la fecha, han participado más de cien representantes de los diversos G/C/E de Formación así como de las Asociaciones Miembros de la FEATF. Todos han podido dar su opinión, y los programas se han consensuado cuando ha sido posible, y cuando no, se han decidido por votación mayoritaria.

El siguiente paso lógico será, a partir de estos programas, proceder a acreditar por parte de la Federación a las escuelas, los centros y los grupos de formación que considera que están capacitados para desarrollarlos. Por lo tanto, se procederá a avalar a todos aquellos Centros/Grupos/Escuelas de Formación que cumplan los requisitos establecidos y así lo soliciten.

¿Y cuáles serán los próximos pasos, hacia dónde se dirigirá la FEATF en el tema de la Formación? Un aspecto ya comentado en algunas asambleas es el de establecer algún sistema de formación para Docentes, es decir, para todos aquellos terapeutas familiares que estén interesados en acreditarse como docentes de terapia familiar. Una posibilidad, es que desde la Federación, como algunos han sugerido, se establezca un programa de formación de docentes en terapia familiar. Un programa que sería complementario con el de los centros/grupos/escuelas de formación, y que de alguna manera tendría que salir de las necesidades de estos propios centros para la formación de un personal docente.

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