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Mosaico 89: Terapia familiar y prevención en salud mental

Desde tiempos de la pandemia hemos presenciado un incremento de los problemas de salud mental a nivel mundial y especialmente en la población infanto-juvenil (UNICEF, 2021 y OMS, 2022). Mayor prevalencia de malestar emocional, trastornos de ansiedad y depresión, con mayor incidencia de autolesiones e ideaciones y tentativas suicidas. Una de las causas podría ser haber sido desdeñar la prevención frente al tratamiento. La investigación en salud mental se ha centrado frecuentemente en la psicopatología y en su tratamiento como método para reducir los trastornos mentales, en lugar de disminuir su incidencia mediante la prevención. Es decir, hemos dedicado la mayor parte de nuestros recursos a conseguir dar el alta a los pacientes en lugar de reducir los ingresos de unos nuevos.

La familia es uno de los espacios donde se tiene que fundamentar un programa de prevención que se precie y, por ejemplo, las estrategias parentales protectoras deberían ser objetivo de intervenciones de promoción de la salud. Y así pensó el comité organizador del 43 CNTF que, brillantemente estuvo dedicado a la Terapia Familiar y a la prevención en salud mental y que, en palabras de su presidente José Soriano: “nuestra disciplina puede y debe jugar un papel importante en esta prevención y, yendo un poco más lejos, en la promoción de la salud mental en nuestra población”.

Durante los tres días de octubre que estuvimos en Barcelona, las reflexiones, conversaciones y reuniones giraron en torno a dicha prevención y al papel que los terapeutas familiares podemos y debemos tener al respecto. Javier Ortega dirige el monográfico dedicado al 43 CNTF y la selección de articulistas nos traslada de nuevo a ese espacio que nos enriqueció por sus ponentes y conferencias, al igual que al encuentro con antiguos y nuevos compañeros de viaje. Para el que no pudo estar presencialmente, esta revista le puede servir para tener un extracto del diálogo establecido y poder comprobar el éxito que fue este congreso, con más de 400 congresistas. Desde aquí, dar las gracias a la organización por su recibimiento y acompañamiento durante todo momento y a su esfuerzo para garantizar la calidad de todos los espacios.

Un Congreso que también fue la sede de la Asamblea anual de la FEATF que anunció que por mayoría en 13 de las 15 asociaciones y también por mayoría de las Escuelas: “Podrán acreditarse como psicoterapeuta familiar tod@s l@s profesionales con titulación psico-socio-sanitaria que hayan completado una formación acreditada en FEATF”. Una gran noticia para toda la familia sistémica que busca una regulación de la psicoterapia no excluyente y de calidad.

Dejo para el final unas líneas dedicadas a Emma Tomás. Después de varios años de dedicación y profesionalidad en el equipo de redacción de Mosaico, nos deja para dedicarse a otras labores profesionales. Quedó constancia en el acta de la Asamblea de octubre, pero también queremos que en la editorial del último número en el que participa, quede patente el agradecimiento de la FEATF y de Mosaico por su trabajo, su mirada crítica y su sensibilidad para que cada número de Mosaico tuviera la calidad que merece. Mosaico es y siempre será tu casa.

Y dar la bienvenida a Yaiza Delgado, nuevo miembro del equipo de redacción de Mosaico, perteneciente a la Asociación Canaria, que ya ha comenzado a participar en este nuevo número. Mucha suerte en tu nueva andadura.

Sergio Siurana

Director de Mosaico

Mosaico 86: Monográfico: 42 Congreso Nacional de Terapia Familiar. Familias y organizaciones en canal: una vuelta a la sistémica

Este número 86 es un número especial. En primer lugar, es en papel, como lo son los Mosaicos dedicados a los CNTF. El papel sigue teniendo un valor simbólico y una sensación implícita que todavía no ha conseguido lo digital.

En segundo lugar, porque el de Valencia fue un congreso excepcional en todos los sentidos. En estas páginas encontraréis un pequeño testimonio de lo que allí vivimos y que puede llevar, al lector que no lo presenció, a intuir parte de aquella experiencia.

Y, en tercer lugar, por los cambios acontecidos en nuestra familia sistémica. Cambió la junta directiva presidida por Ana Caparrós y comenzó su andadura la presidencia de Jorge Gil -con su nuevo equipo- que os saluda en la página vecina. Gracias Ana y resto de junta por vuestro esfuerzo y dedicación, en unos años tan difíciles como fueron los de la pandemia. Cuando no podíamos estar juntos hicisteis lo inimaginable para que siguiéramos unidos.

También, ha cambiado la dirección de Mosaico. Es la primera vez que tengo la oportunidad de comunicarme a través de esta vía con todos vosotros y es un honor hacerlo en este número tan especial. Coordinadores de monográfico, equipo de redacción y articulistas, esperamos que lo disfrutéis tanto como nosotros lo hemos hecho mientras se gestaba el 86 de Mosaico. Consideramos que existen motivos más que suficientes para sumergirse en su lectura.

El monográfico, coordinado magníficamente por Emma Tomás, consigue que el lector de Mosaico pueda introducirse en ese canal inaugurado en el lema del 42CNTF para unir a familias, a organizaciones y a sistémicos.

En la sección de investigación encontramos el Repositorio de la FEATF, donde Alberto Zamanillo, nos presenta este proyecto que tanto promete. Y la sección Y más, nos sugiere con la idea macroscópica de “miserias” que, como dice Layo Abreu, es un concepto potente, relevante y que aquí lo podemos encontrar con su tono desenfadado e, incluso, con el humor que caracteriza a la comunidad de Macroscopio.

Y cerramos este número con la memoria de la FEATF. Roberto Pereira llega fiel

a su cita con el papel para recordarnos qué ocurría en nuestra querida Federación (y en Mosaico) hace 25 años. Podemos comprobar cómo hemos cambiado en algunas cosas y, en otras, tan poco como, por ejemplo, la cuestión de la psicoterapia que ya era un debate recurrente en 1998.

Como decía al inicio, todos los que hemos trabajado en este número nos hemos esforzado lo máximo para homenajear a Javier Ortega. Porque no podía acabar mi primera editorial para Mosaico sin referirme a Javier que, durante 15 años, ha sido el faro que ha guiado esta revista y la ha convertido en la casa acogedora que es para toda la familia sistémica.

Tuvo su merecido homenaje en la Asamblea de Valencia, pero es de justicia que también se lo realicemos en estas líneas, en su querida Mosaico. Javier Ortega, no solo ha sido un magnífico director y una excelente pluma, sino que ha conseguido que esta revista se haya convertido en un referente en el ámbito de la Terapia Familiar Sistémica. Su compromiso y dedicación han sido su sello de identidad y un maestro para todos los que hemos sido miembros en su equipo de dirección. Por ello, me siento honrado de continuar el legado dejado por Javier Ortega, sabiendo que sigue presente para que, en cualquier momento, nos aporte con su experiencia y buen hacer. Gracias, Javier.

Sergio Siurana.

Director de Mosaico.

Mosaico 78 (DIGITAL): Psicooncología y Terapia Familiar

Que nos acostumbramos a la desgracia mucho más que a la dicha, es algo que admite pocas dudas. Lo bueno es tan escaso como breve, pero esas pequeñas islas de felicidad ayudan a sobrellevar mejor los malos momentos y las ocasiones desperdiciadas. El ser humano avanza lentamente en su camino de supervivencia, y tanta atención a los peligros y tanta capacidad adaptativa no debe ser tomada en vano, sino como signo preclaro de cierta inteligencia evolutiva por parte de nuestra especie. Miramos el mundo desde la esperanza, pero ello no quita un ápice al peso que tienen en nuestras vidas la desgracia y la desesperanza. Por decirlo de un modo metafórico, nosotros, los terapeutas, nos hemos entrenado en mirar con el ojo derecho lo bueno de lo malo y todos aquellos elementos apreciativos que solemos poner en valor cuando trabajamos acompañando a las familias en su viaje por el sufrimiento. Pero no nos hemos quedado tuertos del ojo izquierdo, que es el que usa con más frecuencia la especie para estar sobre aviso y atender a los peligros. Así pues, los terapeutas aspiramos a disponer de una mirada bifocal sobre los acontecimientos y las vidas que, sin dejar de lado los aspectos más oscuros, nos permite vislumbrar la profundidad de la existencia y colocarnos en una disposición específica para mantener esa esperanza.

Hablar de esperanza en este Mosaico no es una contradicción. No lo es cuando tratamos de algo tan terrible y ubicuo como el cáncer, pero haciendo hincapié en los recursos y capacidades que las familias ponen en juego ante situaciones de tanta adversidad. Que aún estemos en el aparente final del túnel de la pandemia no nos debe hacer olvidar que muchas familias padecen, además, el impacto demoledor de las enfermedades avanzadas y de las etapas finales en la vida de los seres queridos.

Dichas situaciones reflejan la complejidad con que las personas abordamos, tras la pérdida o la enfermedad avanzada, la ayuda, la reconstrucción y la continuidad de nuestras vidas tras tales eventos. Tarde o temprano todos pasamos por circunstancias parecidas, que reflejan el carácter relacional del ser humano: nuestra dependencia de los demás y la constatación de nuestra propia fragilidad, sostenida por aquellos que conforman la red que nos protege, envuelve y sostiene. Nadie, al final, muere para sí solo; ni los sobrevivientes lo hacen sin el apoyo de algún vínculo significativo que les ayude a retomar las expectativas y objetivos de sus vidas a corto y medio plazo. Si algo podemos extraer de este abigarrado número de nuestro Mosaico es la conclusión de la gran creatividad con que los profesionales, hombres y mujeres de gran sensibilidad relacional, abordan estas situaciones tan complicadas y dolorosas, la muerte anunciada de uno de nuestros hijos, la rápida desaparición inesperada de cualquiera de nuestros padres y la supervivencia tras estos naufragios. Creatividad, cercanía, calor, ternura que reflejan entre líneas los artículos de este monográfico como pocas veces hemos leído.

Porque es casi un deber ético seguir hablando de lo que no se habla y poniendo voz a quienes la muerte quiso dejar en silencio.

Javier Ortega

Mosaico 74 (DIGITAL): “Esto es pa los niños” Terapia Familiar Sistémica en la infancia y la adolescencia

Se avecinan, quizás como siempre, tiempos de cambio. Convulsos, quizás, o críticos; pero también repletos de ricas oportunidades que los psicoterapeutas no podemos dejar escapar. Nos conviene estar atentos, porque ya por toda Europa va tomando forma el desarrollo legal que nuestra actividad tendrá en los próximos años. También hay atisbos de que esto vaya a suceder en España. Desde hace años, nuestra federación, la Federación Española de Asociaciones de Terapia Familiar (FEATF), junto con la Federación Española de Asociaciones de Psicoterapeutas (FEAP) y la Asociación Española de Neuropsiquiatría (AEN) colaboran estrechamente para el reconocimiento de la profesión de psicoterapeutas, y para que sus asociados reciban una formación adecuada que permita el desarrollo competente de esta profesión donde con tanta frecuencia somos testigos de un intrusismo feroz, que va en deterioro de la necesaria calidad del rigor de las intervenciones, del ejercicio de la psicoterapia y de la imagen social que nuestro trabajo tiene en la sociedad. Otros actores pugnan por intervenir en la definición de nuestra actividad; algunos, todo hay que decirlo, para cerrar el paso de quienes durante todo este tiempo han sido la punta de lanza de una psicoterapia de calidad, al nivel de los más altos estándares europeos, apareciendo ahora como defensores repentinos de nuestra profesionalidad, tan arduamente ganada. Algo está en juego. Debemos estar atentos y pendientes de estos movimientos, para no tener que lamentar después no haber hecho lo suficiente. Invito desde aquí a nuestros numerosos socios a darse de alta, si no lo han hecho ya, en el Registro Nacional de Psicoterapeutas. Huelga decir que aún no estamos todos los que deberíamos estar. Y que la unión hace la fuerza es ya cosa sabida. Vienen años o acaso meses que se adivinan movidos.

Entre estos procesos de cambio y crecimiento, hemos asistido a la renovación de la Junta de nuestra Federación, en las XXXIX Jornadas Nacionales de Santiago de Compostela. Y esto es, sin duda, motivo de alegría y agradecimiento. Agradecimiento a la anterior Junta, que ha estado al pie de cañón durante los cuatro años de su mandato y ha realizado un trabajo ímprobo de adaptación a los nuevos tiempos. No lo digo sólo por la puesta en marcha del formato digital de nuestra revista, que es posiblemente la punta del iceberg y la parte más visible de este proceso, sino por otras muchas acciones más subterráneas que han ido preparándonos para lo que vendrá en un futuro ya cercano. Trabajo de Secretaría, trabajo de Tesorería, trabajo desde la Presidencia y desde las numerosas comisiones. Un trabajo callado, pero eficaz, que hay que agradecer –y se agradece- en cada ocasión que se pueda. Hacerlo desde esta tribuna es un privilegio. Así que: gracias, Juan Antonio Abeijón, Jorge Gil, Fina Navarro y a todos los presidentes de las comisiones y de las asociaciones que han hecho posible que el barco navegase en este tiempo. Yo me quedo, también, con la amistad entrañable, el vínculo personal y el aprecio que siento por estos, mis amigos.

Motivo de alegría es, además, que haya personas que se comprometan en que nuestra organización continúe su marcha y presenten proyectos nuevos para afrontar los tiempos que se avecinan. Ana Caparrós como Presidenta, Jose Soriano como Tesorero y Francisco Serrano como Secretario conforman la cabeza visible de esta Junta. No sé quién lo dijo, pero me parece oportuno repetirlo aquí: que la Fuerza os acompañe.

Para terminar, quisiera señalar que los cambios han llegado ya a la propia revista que tienen ustedes ante los ojos. Mosaico también se adapta a los nuevos retos y, en función de ellos, se reestructura y toma nuevas direcciones. Por de pronto, hay ahora un comité de redacción que nunca antes existió, y que va a tratar de que la revista alcance aún más altos estándares de calidad que nos igualen a otras publicaciones extranjeras que están en la mente de muchos. Aunque hace varios años que estamos indexados, pretendemos mejorar nuestra posición en los índices de impacto y citación. Un reto que hay que afrontar cuanto antes y que supondrá un plus para la publicación de artículos de calado.

Esto ha supuesto la desaparición de una comisión entrañable, la de corresponsales, con cuyo trabajo se tuvieron en pie algunas secciones de la revista y se apañaron muy bien otras. No puedo citar a todos los que ocuparon este puesto durante los años que he sido coordinador y responsable de la revista, pero espero que al menos sepan que les agradezco el tiempo empleado y la facilidad que siempre me dieron para que la revista funcionara de forma fluida y efectiva. Pero, sobre todo, les quiero agradecer la calidez de nuestra relación y el apoyo y complicidad con que se fue haciendo, también, las páginas que quedan ya atrás. Ese es un legado que se queda conmigo. Muchas gracias, pues.

No quiero terminar sin un recuerdo al que fuera un pionero de la terapia familiar en nuestro país y también el primer presidente de la FEATF, José Antonio Ríos, quien nos dejó cuando el año casi doblaba su última vuelta. Se fue un claro referente e inspirador, de quien nos quedará siempre la indeleble impronta que su vocación dejó en el desarrollo de la terapia familiar en España. Vaya desde aquí el abrazo entrañable a su familia y la memoria de esta persona insustituible.

Javier Ortega Allué Director de Mosaico

Mosaico 73(DIGITAL): Paradojas confusionales y paradojas liberadoras

Hemos vivido, justo es confesarlo aquí, una pequeña o gran crisis en el alumbramiento de este número tenéis (¿entre las manos?) a la vista, si entendemos como crisis el estado de un sistema en que un cambio es inminente, como señaló con fortuna Frank Pittman. Quienes tenemos una edad hemos visto crecer y cambiar a esta nuestra revista, de la mano de los directores cuyo recuerdo señalamos en nuestras contraportadillas y de cuantos con ellos colaboraron. Con aciertos y desaciertos, en Mosaico hemos asistido a su proceso de crecimiento, manteniendo a lo largo del tiempo una identidad que se transformaba, enriqueciéndose, con las numerosas aportaciones de tantos terapeutas como nos han acompañado a lo largo de los años. No tardaremos mucho en celebrar la publicación de los setenta y cinco números de la revista y de ahí el camino hacia los cien quedara expedito. Señal de la buena salud de la FEATF y del largo recorrido, ya, de su buque insignia.

No es sencillo acostumbrarse a los cambios porque somos animales de inercias y hábitos, que nos constituyen. El mundo en continuo devenir obtiene un cierto orden de nuestra capacidad para hacerlo previsible, como nos volvemos nosotros a fuerza de restringir nuestras posibilidades de actuación y aparecer de un modo parecido casi siempre ante los demás. Pero a esta estabilidad a duras penas conseguida le acompaña como pareja de baile el cambio inevitable, el crecimiento, la actualización de las infinitas potencias en que también nosotros consistimos. Aprendemos y, al hacerlo, cambiamos y crecemos. Ocurre lo mismo con los objetos que nos rodean y a los cuales nuestra mirada y nuestro uso llenan de vida. Conservamos lo mejor, pero nos desprendemos de la ganga, de lo que sobra, de lo que, al dejar atrás, nos permite permanecer siendo.

Hemos sido testigos de numerosos cambios. Las organizaciones son sistemas abiertos que se auto-organizan, crecen y se transforman. También FEATF lo hace. Cada nueva hornada de terapeutas que obtienen su acreditación trae consigo, como empujando, nuevas ideas y nuevas formas y nuevos caminos. Lo viejo y lo nuevo se encuentran en un punto y se intercambian información, conocimientos, usos y maneras. A veces, lo nuevo parece querer arrumbar lo viejo, como si todo ello estuviera obsoleto y ya nada de lo que se dijo entonces tu viera el menor valor. A veces, lo nuevo necesita una cierta perspectiva o profundidad, que, por fortuna, abunda en lo viejo. Nadie es imprescindible, pero todos somos necesarios. Porque traemos nuevas inquietudes que enriquecen y fecundan las viejas. Así ocurre con la renovación de los equipos directivos, como ocurrirá también en las próximas Jornadas Nacionales en Santiago.

Y como ha sucedido en nuestra emigración digital. Este es un cambio, también, con el que pretendemos mantener, sin embargo, los logros conseguidos y, por qué no, superarlos. Los que estemos o los que vayan a estar. No hay una razón tan sólo económica en esta migración, aunque no deja de ser una de las razones: nuestro esfuerzo por ahorrar gastos redundará en otros proyectos que FEATF podrá emprender gracias a este ahorro. La economía, pues, está detrás; pero, con todo y ser importante, no es la única razón. En estos momentos, Mosaico alcanza la cifra potencial de unos 2100 lectores, si sumamos alos socios de FEATF que la reciben el grupo hermano de la Sociedad Portuguesa de Terapia Familiar, y los suscriptores que, sin esas pertenencias tan vinculantes, están interesados en los contenidos de nuestra revista. Pero sabemos que el potencial de crecimiento de Mosaico podría ser mayor si nos lanzásemos a navegar en el proceloso mar de las redes sociales. Numerosos terapeutas en Latinoamérica y en algunos países de Europa nos piden que les abramos nuestras páginas o sienten curiosidad intelectual por sus contenidos. Nos une el mismo interés y la misma vocación. Por eso Mosaico se hace también ella digital, para seguir creciendo y cambiando, pero manteniéndose en lo que fue, ha sido y será. Iter facere.

Javier Ortega Allué. Director de Mosaico.

Mosaico 71: La nueva violencia filioparental

La nueva violencia filio-parental, o al menos su denuncia –los números cantan- parece ir en aumento en España. Conviene tener en cuenta los datos, pero aún más las teorías que los explican; y huir, en la medida de lo posible, del amarillismo que los nudos datos podrían sugerir. Porque si no lo hacemos, sería fácil o acaso inevitable caer en uno de los dos errores más frecuentes o tópicos con que solemos hablar de los adolescentes de nuestro tiempo, nosotros los adultos: pensar en ellos como personas inacabadas, fuente diaria de conflicto y malestar, tanto para sí mismos como para sus progenitores, profesores y sociedad en general. El otro error ocurre cuando hablamos de ellos como si todavía tuviéramos delante a los adolescentes que fuimos nosotros, décadas atrás seguramente, o aún peor, al adolescente modélico que nos retrataba con tanto acierto Erick Erickson cuando, de su mano, se empezó a tomar en serio esta etapa trascendental del ciclo vital de los individuos.

Sugiero que se paseen ustedes por cualquier librería especializada en nuestros asuntos de la psicología y las ciencias de la salud y echen un somero vistazo a los anaqueles que se dedican a la adolescencia. Parece insoslayable que nuestra sociedad envejece a buen ritmo, y que pronto será el nuestro un país para viejos, lo cual casa mal con tan alarmista preocupación por la adolescencia que reflejan la mayoría de los títulos que están al alcance de los padres superados por la tarea educativa o de los profesionales llamados a intervenir en el tema. Ya sé que los libros son una mercadería que debe venderse y que esa es su principal razón de ser, más allá de que se lean luego o se abandonen. Pero si esos títulos no dijeran nada al lector que se ve tentado por ellos a comprarlos, nadie lo haría. Lo cual refleja un estado de opinión más o menos extendido y que viene a afirmar que la mayoría de adolescentes transitan por ese espacio amplio de su vida con dificultades y descalabros, a los que se añaden las dificultades e incompetencias de unos progenitores cada vez más cuestionados e inseguros en su tarea nutricional y socializadora. Unos padres que, como nos enseña la experiencia, fían cada vez más del criterio externo del profesional psi y, en congruencia, no paran de demandar a otros esas pautas con las que ellos, los verdaderos expertos, deberían educar a sus hijos adolescentes.

Seamos sensatos. La mayoría de los adolescentes son como su grupo de pares y pocos son los que transitan por esta etapa de forma problemática y difícil. Los hay, pero estadísticamente no son la mayoría. Cierto que los adolescentes necesitan de la figura sostenedora de los adultos, porque su fragilidad les atenaza; necesitan de algunas personas que los escuchen y que sepan entender sus inquietudes desde una adultez madura y responsable. No necesitan que sus padres se hagan sus amigos, porque a estos han de buscarlos entre sus iguales, pero sí que estén ahí cuando ellos necesiten recurrir a su ayuda. Padres que, con su competencia, muestren al hijo caminos de competencia y capacidad, y que no se dejen llevar por la fácil tentación de sustituirlos y hacer las cosas por ellos. La sobreprotección por un lado, y la negligencia por el otro son oportunidades perdidas de ofrecer una imagen del mundo y de los demás en la cual los más jóvenes puedan confiar. El daño psicológico de la una o de la otra no es el mismo, pero es dañino en cualquier caso. Una adecuada nutrición relacional y una claridad en los límites colocan estos procesos de transición y crecimiento en sus justos límites. Ni los hijos están en la vida para compensar las carencias o vacíos de los adultos, ni conviene que piensen, engañados, que su tarea es la de educar a sus progenitores. Ambos fenómenos aparecen quintaesenciados en la violencia filio-parental.

Javier Ortega Allué
Director de Mosaico

Mosaico 68: Crisis y Terapia Familiar

Es poco probable que a día de hoy cualquier sistémico que escuche la palabra “crisis” no tenga presente al tiempo la idea de oportunidad, como un cliché al que nos hemos habituado o un manierismo más de nuestra profesión, recordando el doble significado de peligro y oportunidad que cuentan que significa el ideograma con que los chinos dibujan en tinta su crisis sobre el pergamino. No quisiera parecer iconoclasta, pero a mí, personalmente, la palabra crisis siempre me trae a la memoria la muy conocida reflexión final con que Borges concluye su Nueva refutación del tiempo: le tocaron, como a todos los hombres, malos tiempos en que vivir. Oportuno recuerdo para quien sospecha que la crisis ha sido siempre la regla y la bonanza, la excepción.

Hemos vivido años así, con el viento de cara, aquí, en este Occidente vilipendiado, que olvida que ha sido precisamente una excepción histórica y que su fortuna se levanta sobre tantas vidas desgraciadas y tantos destinos truncados. Han sido unos pocos años, pero los suficientes para que creyéramos en el espejismo de que el progreso seguiría su marcha imparable y ascendente a lo largo del tiempo, por generaciones. Suficientes para crear una cultura hedónica e inmediatista, que creía tenerlo todo al alcance de su manos, o de sus deseos.

Donde deberíamos haber visto la rareza de la excepción, hemos creído adivinar el destino, sonriendo. Han bastado luego unos años para que la fragilidad de nuestras ideologías y creencias sucumbiera a la tempestad de los hechos sin alma. Y nos hemos visto abatidos, superados y sumergidos de pronto en una espiral que, como siempre, se ha llevado primero las esperanzas de los más débiles y, más tarde, las de todos los demás. O de casi todos. Como se suele decir, también hay quien gana en río revuelto. Y mucho.

Soy de los que creen en las palabras pequeñas y en los actos concretos, y me pregunto qué me cabe a hacer a mí mismo en este tempestuoso río que amenaza con ahogarnos en los vórtices de sus remolinos. Por de pronto, reconocer el estrecho alcance de mis posibilidades. Un reconocimiento que no niega, sino que, por esa misma razón, se vuelve afirmativo y se activa. Los terapeutas nos encontramos a menudo enfrentados a situaciones que superan el estrecho ámbito de nuestras capacidades y ante las cuales hemos de comenzar a actuar con nuevas estrategias y nuevas intervenciones. Un poco a ciegas, sin saber a ciencia cierta el alcance que estas intervenciones tendrán en el futuro de las familias. Hay que esperar estudios que avalen estas transformaciones creativas.

De nada sirve que reflexionemos sobre la crisis si al final la respuesta resultante es maniqueamente simple, esto es, optimista o pesimista a ultranza. Los sociólogos señalan que ya ahora se puede predecir que un 30% de la población española no tendrá en su vida un trabajo seguro ni continuado; o que la pobreza se cebará sobre el 80% de los hijos de las actuales familias empobrecidas. Poco se dice sobre el destino de esa otra mano de obra barata, hija de la reforma educativa y de una cultura equitativa que ha anulado cualquier esfuerzo y excepcionalidad, que se enfrenta desde la fragilidad a los nuevos retos de las economías complejas. Antes era posible levantar una vida sobre tan escasos basamentos; ahora se adivina de todo punto imposible.

Los terapeutas no tenemos ni las respuestas ni las soluciones a esta situación social que vivimos. Estamos demasiado cerca y sumergidos demasiado en la misma circunstancia que el resto de los seres humanos que la vivimos y padecemos. No disponemos de la perspectiva suficiente para saber hacia dónde hemos de dirigir nuestros pasos en el futuro. Vamos haciendo y reflexionando sobre la marcha, en una práctica crítica y activa que sostiene el sufrimiento de otros y también el nuestro. Por eso se hacía tan necesario un monográfico como el de este número, para empezar a dialogar, a reflexionar y a intercambiar prácticas e intervenciones que nos ayuden a ayudar y que nos sostengan también a nosotros en estos tiempos difíciles que, como a todos los seres humanos, nos han tocado vivir.

Javier Ortega Allué Director de Mosaico

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