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Mosaico 73(DIGITAL): Paradojas confusionales y paradojas liberadoras

Hemos vivido, justo es confesarlo aquí, una pequeña o gran crisis en el alumbramiento de este número tenéis (¿entre las manos?) a la vista, si entendemos como crisis el estado de un sistema en que un cambio es inminente, como señaló con fortuna Frank Pittman. Quienes tenemos una edad hemos visto crecer y cambiar a esta nuestra revista, de la mano de los directores cuyo recuerdo señalamos en nuestras contraportadillas y de cuantos con ellos colaboraron. Con aciertos y desaciertos, en Mosaico hemos asistido a su proceso de crecimiento, manteniendo a lo largo del tiempo una identidad que se transformaba, enriqueciéndose, con las numerosas aportaciones de tantos terapeutas como nos han acompañado a lo largo de los años. No tardaremos mucho en celebrar la publicación de los setenta y cinco números de la revista y de ahí el camino hacia los cien quedara expedito. Señal de la buena salud de la FEATF y del largo recorrido, ya, de su buque insignia.

No es sencillo acostumbrarse a los cambios porque somos animales de inercias y hábitos, que nos constituyen. El mundo en continuo devenir obtiene un cierto orden de nuestra capacidad para hacerlo previsible, como nos volvemos nosotros a fuerza de restringir nuestras posibilidades de actuación y aparecer de un modo parecido casi siempre ante los demás. Pero a esta estabilidad a duras penas conseguida le acompaña como pareja de baile el cambio inevitable, el crecimiento, la actualización de las infinitas potencias en que también nosotros consistimos. Aprendemos y, al hacerlo, cambiamos y crecemos. Ocurre lo mismo con los objetos que nos rodean y a los cuales nuestra mirada y nuestro uso llenan de vida. Conservamos lo mejor, pero nos desprendemos de la ganga, de lo que sobra, de lo que, al dejar atrás, nos permite permanecer siendo.

Hemos sido testigos de numerosos cambios. Las organizaciones son sistemas abiertos que se auto-organizan, crecen y se transforman. También FEATF lo hace. Cada nueva hornada de terapeutas que obtienen su acreditación trae consigo, como empujando, nuevas ideas y nuevas formas y nuevos caminos. Lo viejo y lo nuevo se encuentran en un punto y se intercambian información, conocimientos, usos y maneras. A veces, lo nuevo parece querer arrumbar lo viejo, como si todo ello estuviera obsoleto y ya nada de lo que se dijo entonces tu viera el menor valor. A veces, lo nuevo necesita una cierta perspectiva o profundidad, que, por fortuna, abunda en lo viejo. Nadie es imprescindible, pero todos somos necesarios. Porque traemos nuevas inquietudes que enriquecen y fecundan las viejas. Así ocurre con la renovación de los equipos directivos, como ocurrirá también en las próximas Jornadas Nacionales en Santiago.

Y como ha sucedido en nuestra emigración digital. Este es un cambio, también, con el que pretendemos mantener, sin embargo, los logros conseguidos y, por qué no, superarlos. Los que estemos o los que vayan a estar. No hay una razón tan sólo económica en esta migración, aunque no deja de ser una de las razones: nuestro esfuerzo por ahorrar gastos redundará en otros proyectos que FEATF podrá emprender gracias a este ahorro. La economía, pues, está detrás; pero, con todo y ser importante, no es la única razón. En estos momentos, Mosaico alcanza la cifra potencial de unos 2100 lectores, si sumamos alos socios de FEATF que la reciben el grupo hermano de la Sociedad Portuguesa de Terapia Familiar, y los suscriptores que, sin esas pertenencias tan vinculantes, están interesados en los contenidos de nuestra revista. Pero sabemos que el potencial de crecimiento de Mosaico podría ser mayor si nos lanzásemos a navegar en el proceloso mar de las redes sociales. Numerosos terapeutas en Latinoamérica y en algunos países de Europa nos piden que les abramos nuestras páginas o sienten curiosidad intelectual por sus contenidos. Nos une el mismo interés y la misma vocación. Por eso Mosaico se hace también ella digital, para seguir creciendo y cambiando, pero manteniéndose en lo que fue, ha sido y será. Iter facere.

Javier Ortega Allué. Director de Mosaico.

Mosaico 68: Crisis y Terapia Familiar

Es poco probable que a día de hoy cualquier sistémico que escuche la palabra “crisis” no tenga presente al tiempo la idea de oportunidad, como un cliché al que nos hemos habituado o un manierismo más de nuestra profesión, recordando el doble significado de peligro y oportunidad que cuentan que significa el ideograma con que los chinos dibujan en tinta su crisis sobre el pergamino. No quisiera parecer iconoclasta, pero a mí, personalmente, la palabra crisis siempre me trae a la memoria la muy conocida reflexión final con que Borges concluye su Nueva refutación del tiempo: le tocaron, como a todos los hombres, malos tiempos en que vivir. Oportuno recuerdo para quien sospecha que la crisis ha sido siempre la regla y la bonanza, la excepción.

Hemos vivido años así, con el viento de cara, aquí, en este Occidente vilipendiado, que olvida que ha sido precisamente una excepción histórica y que su fortuna se levanta sobre tantas vidas desgraciadas y tantos destinos truncados. Han sido unos pocos años, pero los suficientes para que creyéramos en el espejismo de que el progreso seguiría su marcha imparable y ascendente a lo largo del tiempo, por generaciones. Suficientes para crear una cultura hedónica e inmediatista, que creía tenerlo todo al alcance de su manos, o de sus deseos.

Donde deberíamos haber visto la rareza de la excepción, hemos creído adivinar el destino, sonriendo. Han bastado luego unos años para que la fragilidad de nuestras ideologías y creencias sucumbiera a la tempestad de los hechos sin alma. Y nos hemos visto abatidos, superados y sumergidos de pronto en una espiral que, como siempre, se ha llevado primero las esperanzas de los más débiles y, más tarde, las de todos los demás. O de casi todos. Como se suele decir, también hay quien gana en río revuelto. Y mucho.

Soy de los que creen en las palabras pequeñas y en los actos concretos, y me pregunto qué me cabe a hacer a mí mismo en este tempestuoso río que amenaza con ahogarnos en los vórtices de sus remolinos. Por de pronto, reconocer el estrecho alcance de mis posibilidades. Un reconocimiento que no niega, sino que, por esa misma razón, se vuelve afirmativo y se activa. Los terapeutas nos encontramos a menudo enfrentados a situaciones que superan el estrecho ámbito de nuestras capacidades y ante las cuales hemos de comenzar a actuar con nuevas estrategias y nuevas intervenciones. Un poco a ciegas, sin saber a ciencia cierta el alcance que estas intervenciones tendrán en el futuro de las familias. Hay que esperar estudios que avalen estas transformaciones creativas.

De nada sirve que reflexionemos sobre la crisis si al final la respuesta resultante es maniqueamente simple, esto es, optimista o pesimista a ultranza. Los sociólogos señalan que ya ahora se puede predecir que un 30% de la población española no tendrá en su vida un trabajo seguro ni continuado; o que la pobreza se cebará sobre el 80% de los hijos de las actuales familias empobrecidas. Poco se dice sobre el destino de esa otra mano de obra barata, hija de la reforma educativa y de una cultura equitativa que ha anulado cualquier esfuerzo y excepcionalidad, que se enfrenta desde la fragilidad a los nuevos retos de las economías complejas. Antes era posible levantar una vida sobre tan escasos basamentos; ahora se adivina de todo punto imposible.

Los terapeutas no tenemos ni las respuestas ni las soluciones a esta situación social que vivimos. Estamos demasiado cerca y sumergidos demasiado en la misma circunstancia que el resto de los seres humanos que la vivimos y padecemos. No disponemos de la perspectiva suficiente para saber hacia dónde hemos de dirigir nuestros pasos en el futuro. Vamos haciendo y reflexionando sobre la marcha, en una práctica crítica y activa que sostiene el sufrimiento de otros y también el nuestro. Por eso se hacía tan necesario un monográfico como el de este número, para empezar a dialogar, a reflexionar y a intercambiar prácticas e intervenciones que nos ayuden a ayudar y que nos sostengan también a nosotros en estos tiempos difíciles que, como a todos los seres humanos, nos han tocado vivir.

Javier Ortega Allué Director de Mosaico

Mosaico 38: La Supervisión Sistémica

De nuevo volvemos a ocuparnos en MOSAICO de la supervisión, dedicándole el espacio monográfico que el tema nos reclama. Y lo hacemos por varias razones, a cual más fundada.

La primera aunque el orden de nuestra elección sea aleatorio más que cualitativo, por tratarse de una modalidad de formación con una enorme presencia en la vida de los profesionales. Ya sea que se trabaje en hospitales, en escuelas o en gabinetes privados, la necesidad de que otras miradas enriquezcan nuestras narraciones sistémicas es un hecho que admite poca discusión.

La formación continuada (que, lejos de ser una arbitrariedad académica o institucional, es la respuesta más coherente con el rápido cambio que se produce en los contextos en que ejercemos nuestra tarea), así como el afán por ampliar, limar o mejorar nuestras competencias relacionales, obligan a escoger esta metodología, en sus diferentes formatos, como instrumento de capacitación. La supervisión, cuando es útil, beneficia a los usuarios o clientes tanto como a los profesionales comprometidos en los casos, y a los supervisores tanto, también, como a los supervisados.

En segundo lugar, el desarrollo y la extensión del modelo sistémico, y su aplicación a otros contextos no estrictamente clínicos, menos acostumbrados quizás a dar publicidad a sus formas de operar, ha venido a generar entre los profesionales la necesidad de ser supervisados. Para ser más efectivos, pero también como una forma de cuidar a los propios operadores; muchos, si no, abandonados por la red a la soledad de las primeras líneas de trabajo, sin otro apoyo que este de la posibilidad de recibir supervisión.

Por todo ello, no hemos querido desoír el reiterado llamado y hemos vuelto a abrir estas páginas a la supervisión. Creemos que ellas van a aportar nuevas perspectivas y algunas sugerencias tal vez novedosas Que usted, amigo lector, las juzgue y las disfrute.

Mosaico 32: Otro enfoque a los Problemas Familiares: El modelo sistémico y su aplicación en los servicios sociales

El modelo sistémico relacional muestra su fecunda riqueza fructificando más allá del conocido espacio terapéutico. La mirada compleja se posa sobre los sistemas sociales abiertos y en interacción, leva las fronteras de la aplicación hacia territorios periféricos, alejados de los contextos donde tradicionalmente se le han reportado sus primeros y más afinados logros.

Poco a poco se colonizan espacios en la medicina familiar (por poner tan sólo un ejemplo, con sus aportaciones a la creación de la teoría psicosomática familiar), en el ámbito legal, en la educación, en el análisis de las organizaciones, en el management y los procesos de planificación económica, en el ejercicio de la toma de decisiones administrativas y políticas, y en el amplísimo campo de los servicios sociales, al que dedicamos el monográfico que ahora os presentamos.

El mundo globalizado demanda, pues, un esfuerzo a los que somos agentes de la complejidad y el cambio. El rápido ritmo de las transformaciones exige una continua puesta al día, un estar por delante y por encima de la ola, innovando la mirada, perfeccionando y aguzando los análisis y aplicando nuestro modelo con tanto rigor como creatividad. Porque ésta es una de las características más acusadas de los profesionales que se mueven en sus diferentes contextos desde el marco de nuestra epistemología: la necesidad de verse compelidos a utilizar creativamente sus recursos. Nada hay que nos apetezca tanto como que nos ayuden a seguir pensando, enriqueciendo de ese modo nuestra acción de cambio.

Y es, por ende, necesario continuar el debate de las ideas, porque las intervenciones no son automatismos ni se ejecutan desde el vacío. El análisis nos permite comprender, enlazar lo que acaece de forma congruente, y dotar de sentido al flujo incesante de las relaciones en sus diversos contextos. Sin este análisis, la técnica acaba siendo un impedimento; incluso los más refinados protocolos se revelan inanes sin este previo conceptual.

Mosaico, a punto de celebrar sus primeros diez años de vida, no puede olvidar uno de sus objetivos fundacionales, y quiere seguir aportando su granito de arena a la ímproba tarea de la divulgación cientifica de nuestro modelo, en el que estamos empeñados. Confiamos que este número ayude a abrir nuevas vías de trabajo y colaboración entre profesionales de los más diversos ámbitos. Esperamos, también, hacernos oír por aquellos que tienen la responsabilidad de diseñar políticas sociales de prevención y ayuda. Los ríos siempre comienzan con unas pocas gotas de agua.

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