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Mosaico 71: La nueva violencia filioparental

La nueva violencia filio-parental, o al menos su denuncia –los números cantan- parece ir en aumento en España. Conviene tener en cuenta los datos, pero aún más las teorías que los explican; y huir, en la medida de lo posible, del amarillismo que los nudos datos podrían sugerir. Porque si no lo hacemos, sería fácil o acaso inevitable caer en uno de los dos errores más frecuentes o tópicos con que solemos hablar de los adolescentes de nuestro tiempo, nosotros los adultos: pensar en ellos como personas inacabadas, fuente diaria de conflicto y malestar, tanto para sí mismos como para sus progenitores, profesores y sociedad en general. El otro error ocurre cuando hablamos de ellos como si todavía tuviéramos delante a los adolescentes que fuimos nosotros, décadas atrás seguramente, o aún peor, al adolescente modélico que nos retrataba con tanto acierto Erick Erickson cuando, de su mano, se empezó a tomar en serio esta etapa trascendental del ciclo vital de los individuos.

Sugiero que se paseen ustedes por cualquier librería especializada en nuestros asuntos de la psicología y las ciencias de la salud y echen un somero vistazo a los anaqueles que se dedican a la adolescencia. Parece insoslayable que nuestra sociedad envejece a buen ritmo, y que pronto será el nuestro un país para viejos, lo cual casa mal con tan alarmista preocupación por la adolescencia que reflejan la mayoría de los títulos que están al alcance de los padres superados por la tarea educativa o de los profesionales llamados a intervenir en el tema. Ya sé que los libros son una mercadería que debe venderse y que esa es su principal razón de ser, más allá de que se lean luego o se abandonen. Pero si esos títulos no dijeran nada al lector que se ve tentado por ellos a comprarlos, nadie lo haría. Lo cual refleja un estado de opinión más o menos extendido y que viene a afirmar que la mayoría de adolescentes transitan por ese espacio amplio de su vida con dificultades y descalabros, a los que se añaden las dificultades e incompetencias de unos progenitores cada vez más cuestionados e inseguros en su tarea nutricional y socializadora. Unos padres que, como nos enseña la experiencia, fían cada vez más del criterio externo del profesional psi y, en congruencia, no paran de demandar a otros esas pautas con las que ellos, los verdaderos expertos, deberían educar a sus hijos adolescentes.

Seamos sensatos. La mayoría de los adolescentes son como su grupo de pares y pocos son los que transitan por esta etapa de forma problemática y difícil. Los hay, pero estadísticamente no son la mayoría. Cierto que los adolescentes necesitan de la figura sostenedora de los adultos, porque su fragilidad les atenaza; necesitan de algunas personas que los escuchen y que sepan entender sus inquietudes desde una adultez madura y responsable. No necesitan que sus padres se hagan sus amigos, porque a estos han de buscarlos entre sus iguales, pero sí que estén ahí cuando ellos necesiten recurrir a su ayuda. Padres que, con su competencia, muestren al hijo caminos de competencia y capacidad, y que no se dejen llevar por la fácil tentación de sustituirlos y hacer las cosas por ellos. La sobreprotección por un lado, y la negligencia por el otro son oportunidades perdidas de ofrecer una imagen del mundo y de los demás en la cual los más jóvenes puedan confiar. El daño psicológico de la una o de la otra no es el mismo, pero es dañino en cualquier caso. Una adecuada nutrición relacional y una claridad en los límites colocan estos procesos de transición y crecimiento en sus justos límites. Ni los hijos están en la vida para compensar las carencias o vacíos de los adultos, ni conviene que piensen, engañados, que su tarea es la de educar a sus progenitores. Ambos fenómenos aparecen quintaesenciados en la violencia filio-parental.

Javier Ortega Allué
Director de Mosaico

Mosaico 62: Intervención psicológica en casos de emergencia y catástrofe

Con cierto retraso sobre el horario previsto aparece la revista que tienes entre manos, interesado lector, y como no hay mal que por bien no venga, esta demora nos permite hablar de este monográfico sobre las intervenciones en catástrofes y situaciones de emergencia y hablar, también, del Congreso de Cáceres y de lo que allí se vio y se vivió.

Durante mucho tiempo me había preguntado qué se puede hacer en una situación de urgencia catastrófica como las que nos presentan los autores de nuestro monográfico. Escéptico, había sido de aquellos creen que en esas ocasiones es poco lo que al psicólogo le cabe hacer. Craso error, del que empiezo a recuperarme a raíz de la lectura de este número, constatando la naturaleza de mis ideas prejuiciosas sobre las intervenciones en situaciones tan extremas. Error y prejuicio que derivan, sin duda, entre otras razones, de la forma en que cada cual trabaja, de la idea de darse tiempo para afrontar los procesos y de esa otra que nos conmina a trabajar con lo que las familias nos traen. He aquí lo que la tragedia trae, que es una pérdida inesperada que trastoca de forma inexorable el ciclo vital de los individuos y de las familias; y que nos coloca en el filo acerado de la incertidumbre y de la fragilidad de nuestra propia existencia. No es éste lugar para hondas cavilaciones filosóficas, pero sí cabe constatar el hecho de que estas tragedias nos sitúan a todos ante esas certidumbres, y alguna respuesta individual o social habrá que darles. Siquiera la de tener en cuenta la solidaridad de la especie, advertir la natural inclinación a ayudar a quien las padece y a colocarnos en el acompañamiento de un dolor que ayudamos un poco a sostener en su sinsentido.

Imaginamos aún más la actualidad de estas reflexiones al hilo de la barbarie que acaba de sacudir a París y, con ella, a los ciudadanos de paz de Europa, del mundo entero, sumidos de nuevo en la ira ciega y esa fe que sostiene a golpe de sangre derramada contra las debilitadas paredes de la ilustración. Sea pues una humilde aportación la nuestra a la necesaria acción reflexiva de los terapeutas en un mundo como este

En otro orden de cosas, hace apenas unas semanas se celebró el Tercer Congreso lbérico de Terapia Familiar, con notable éxito participativo y de asistencia. De las familias en crisis y de los terapeutas en cambio hablamos en Cáceres durante tres días, compartiendo miradas y experiencias y tomando buena nota de la salud de la terapia familiar en la Península y del empuje con que se trabaja en la investigación y en la actualización de los conocimientos, de acuerdo a los cambios que hemos padecido en estos últimos años. De todo ello daremos cumplidas noticias en el próximo monográfico de Mosaico.

Con este Congreso se cerraba la Presidencia y el buen trabajo de Teresa Moratalla y de su equipo, cuyos principales valedores fueron Esperanza De Rueda y Valentín López. De su irreprochable hacer en estos años quedarán muchos testimonios, a cuyas voces nos unimos sin recelo. Con las mismas buenas vibraciones entra en la dirección de la Junta de la Federación Juan Antonio Abeijón como nuevo Presidente, flanqueado por Jorge Gil Tadeo y Sonia Fernández como secretario y tesorera respectivamente. A ellos y al resto del equipo les deseamos desde aquí acierto y buena suerte.

Javier Ortega Allué Director de Mosaico

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Trauma y Terapia Famiilar

El trauma, en sus diversas formas de mostrarse, deja huella en los cuerpos, en las mentes, en las historias y, por supuesto, en los vínculos.