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Mosaico 90: Trauma y Terapia Familiar

El trauma, en sus diversas formas de mostrarse, deja huella en los cuerpos, en las mentes, en las historias y, por supuesto, en los vínculos. Los sistémicos sostenemos que las teorías y tratamientos centradas en una perspectiva lineal presentan limitaciones y, por el contrario, entendemos como sus efectos atraviesan a las familias y a las distintas generaciones. Para obtener mayor eficacia en la intervención necesitamos herramientas con una mirada relacional que permita acompañar el sufrimiento, transformar la narrativa y facilitar el cambio.

Y así debieron pensar en la Asociación Aragonesa el año pasado para organizar la jornada “Abordando el trauma en terapia familiar: Herramientas para la prevención y reparación”, verdadero germen de este monográfico coordinado por Blanca Armijo que, no solo ha hilvanado brillantemente las reflexiones expuestas en Zaragoza, sino que hizo la invitación a participar a más miembros de la familia sistémica. Y esa respuesta es el resultado de esta publicación, demostrando que los terapeutas familiares entendemos del trauma.

Este número de Mosaico se adentra de lleno en esa complejidad y reúne experiencias, reflexiones y recursos terapéuticos que nos invitan a revisar cómo trabajamos desde nuestras consultas y equipos. Recursos terapéuticos que van desde la intervención en crisis hasta la resiliencia, pasando por la mentalización y la familia de origen del terapeuta. Experiencias en contextos tan distintos como la consulta privada o una unidad de hospitalización breve. Problemas tan distintos, pero a la vez tan traumáticos como son las adicciones, las relaciones basadas en un exceso de control o el abuso sexual intrafamiliar. Caracterizando al enfoque relacional como clave para comprender el trauma y abrir nuevos caminos de crecimiento.

Ilustra este monográfico experiencias del Congreso de Barcelona que nos vuelven a transportar a aquellos días de unión y aprendizaje, lo que nos recuerda el impacto y las aportaciones que generó y que aquí celebramos publicándolas. Por cierto, ya están abiertas las inscripciones para el próximo Congreso que se celebrará en Oporto, con lo que pronto podremos volver a encontrarnos. En la última página tenéis la información.

Y como ya se acerca el verano y, con él, más tiempo para la lectura, Sara González nos hace una recomendación literaria de uno de los autores más prolíficos de nuestra comunidad: Ricardo Ramos y su reciente libro “La terapia como empeño colaborativo. Cambio, colaboración profesional y conflicto”

Desde estas líneas queremos agradecer profundamente a cada autor y autora por su generosidad y compromiso, y a quienes cada día hacen posible que este proyecto siga siendo un lugar de encuentro y pensamiento crítico para la comunidad sistémica. Esperamos que este número sirva para seguir abriendo espacios donde el trauma pueda ser nombrado, comprendido y, sobre todo, que las familias puedan sentirse seguras y acompañadas.

Sergio Siurana

Director de Mosaico

Mosaico 89: Terapia familiar y prevención en salud mental

Desde tiempos de la pandemia hemos presenciado un incremento de los problemas de salud mental a nivel mundial y especialmente en la población infanto-juvenil (UNICEF, 2021 y OMS, 2022). Mayor prevalencia de malestar emocional, trastornos de ansiedad y depresión, con mayor incidencia de autolesiones e ideaciones y tentativas suicidas. Una de las causas podría ser haber sido desdeñar la prevención frente al tratamiento. La investigación en salud mental se ha centrado frecuentemente en la psicopatología y en su tratamiento como método para reducir los trastornos mentales, en lugar de disminuir su incidencia mediante la prevención. Es decir, hemos dedicado la mayor parte de nuestros recursos a conseguir dar el alta a los pacientes en lugar de reducir los ingresos de unos nuevos.

La familia es uno de los espacios donde se tiene que fundamentar un programa de prevención que se precie y, por ejemplo, las estrategias parentales protectoras deberían ser objetivo de intervenciones de promoción de la salud. Y así pensó el comité organizador del 43 CNTF que, brillantemente estuvo dedicado a la Terapia Familiar y a la prevención en salud mental y que, en palabras de su presidente José Soriano: “nuestra disciplina puede y debe jugar un papel importante en esta prevención y, yendo un poco más lejos, en la promoción de la salud mental en nuestra población”.

Durante los tres días de octubre que estuvimos en Barcelona, las reflexiones, conversaciones y reuniones giraron en torno a dicha prevención y al papel que los terapeutas familiares podemos y debemos tener al respecto. Javier Ortega dirige el monográfico dedicado al 43 CNTF y la selección de articulistas nos traslada de nuevo a ese espacio que nos enriqueció por sus ponentes y conferencias, al igual que al encuentro con antiguos y nuevos compañeros de viaje. Para el que no pudo estar presencialmente, esta revista le puede servir para tener un extracto del diálogo establecido y poder comprobar el éxito que fue este congreso, con más de 400 congresistas. Desde aquí, dar las gracias a la organización por su recibimiento y acompañamiento durante todo momento y a su esfuerzo para garantizar la calidad de todos los espacios.

Un Congreso que también fue la sede de la Asamblea anual de la FEATF que anunció que por mayoría en 13 de las 15 asociaciones y también por mayoría de las Escuelas: “Podrán acreditarse como psicoterapeuta familiar tod@s l@s profesionales con titulación psico-socio-sanitaria que hayan completado una formación acreditada en FEATF”. Una gran noticia para toda la familia sistémica que busca una regulación de la psicoterapia no excluyente y de calidad.

Dejo para el final unas líneas dedicadas a Emma Tomás. Después de varios años de dedicación y profesionalidad en el equipo de redacción de Mosaico, nos deja para dedicarse a otras labores profesionales. Quedó constancia en el acta de la Asamblea de octubre, pero también queremos que en la editorial del último número en el que participa, quede patente el agradecimiento de la FEATF y de Mosaico por su trabajo, su mirada crítica y su sensibilidad para que cada número de Mosaico tuviera la calidad que merece. Mosaico es y siempre será tu casa.

Y dar la bienvenida a Yaiza Delgado, nuevo miembro del equipo de redacción de Mosaico, perteneciente a la Asociación Canaria, que ya ha comenzado a participar en este nuevo número. Mucha suerte en tu nueva andadura.

Sergio Siurana

Director de Mosaico

Mosaico 88: Amor y Terapia Familiar

Llega septiembre y con ella el final del verano, los viajes de placer, las vacaciones, el descanso… Y volvemos a la rutina, al trabajo, a madrugar, a ponernos a dieta… Pero también vuelve Mosaico con su número 88. Un número que estamos seguros que no os decepcionará, ya que su monográfico está dedicado al nutriente fundamental de la familia: El amor. El amor es, quizá, el tema que ha generado más literatura en todas sus versiones y en Mosaico todavía no lo habíamos tratado en la profundidad que lo merece. Porque el amor en la Terapia Familiar siempre aparece de forma subyacente, tanto por su presencia como por su ausencia.

¿Se puede enfermar por falta de amor? ¿Cómo ha influido en las relaciones sexuales y en el amor la secularización de la sociedad? ¿E Internet y las redes sociales? ¿Cómo es la relación entre la muerte y el amor? Son preguntas que tendrán respuesta en este número. Como colofón de este monográfico dirigido con brillantez por Manuel Martín, tenemos que agradecer a Lola Fatás y al Centro Internacional para la Excelencia en Terapia Focalizada en las Emociones que nos haya permitido traducir al español uno de los más brillantes artículos de Sue Johnson para este monográfico. Hemos querido, así, brindar nuestro sentido homenaje a su reciente fallecimiento, como ya os anunciamos en el número anterior. Antes de dicho artículo, podréis encontrar el emocionante obituario escrito por Lola Fatás. Pero no solo de amor vive la Terapia Familiar y también encontraréis artículos de alta calidad científica que, seguro, os resultan muy interesantes venidos de diferentes lugares hispanohablantes como España, México y Chile. Temas tan actuales como las autolesiones, las adicciones, la depresión, la violencia de género y el uso en psicoterapia del árbol de la vida. Y para comenzar nuestra revista, el trabajo en red de nuestro Ricardo Ramos al que siempre nos alegramos de encontrarlo en nuestras páginas.

Cerramos el número con otro sentido homenaje de dos figuras de la terapeuta familiar portuguesa como son José Manuel Almeida e Costa, miembro fundador de la SPTF y de Elisabete Ferreira, que también fue presidenta de la SPTF. Joana Sequeira y Ana Gomes les realizan un merecido homenaje, reconociendo sus invaluables contribuciones a la Terapia Familiar. Queremos también que sirva esta editorial para recordar a Teresa Suárez que también nos dejó recientemente. Pionera de la Terapia Familiar en España, maestra de muchos de nosotros, referente en la salud mental comunitaria y miembro fundadora de AESFASHU, entre tantos y tantos méritos. DEP Por último y para acabar con buen sabor de boca, queremos recordar que pronto estaremos haciendo maletas para encontrarnos en un nuevo Congreso Nacional de Terapia Familiar. Este año nos veremos en Barcelona los días 24, 25 y 26 de octubre para reflexionar sobre un tema en el que la Terapia Familiar Sistémica tiene mucho que decir: la prevención en salud mental. Desde aquí os animamos a que participéis, tanto en la reflexión y el debate, como en volvernos a encontrar de forma presencial para seguir haciendo grande la familia sistémica.

Sergio Siurana. Director de Mosaico.

Mosaico 87: Monográfico: Género y Terapia Familiar

El día del libro siempre es una gran ocasión para encontrar nuevas referencias bibliográficas que nos ayuden a mejorar nuestras habilidades terapéuticas y mantenernos actualizados en los avances que se dan en el paradigma sistémico. Este pasado 23 de abril se vio más reforzado, si cabe, gracias a la iniciativa de la FEATF de difundir la obra de algunos de nuestros asociados en redes sociales. Autores habituales en nuestras páginas como Valentín Escudero, Juan Miguel de Pablo, Fran Serrano y Roberto Pereira nos presentaron sus libros y nos animaron a disfrutar de su lectura. Os invitamos a que visitéis los perfiles de la FEATF y os reencontréis con estas referencias, siempre fundamentales en la literatura sistémica en español. Iniciativa que está en la línea de Mosaico que aspira a ser un vehículo para la divulgación de la escritura y lectura sistémica y un lugar de encuentro para escritores y lectores. En este número hemos trabajado duramente para que así sea. Los ecos del 42 CNTF aún resuenan y por eso comenzamos el número 87 con la magnífica conferencia inaugural de Marcelo Pakman. Para los que estuvimos presentes será un excelente recordatorio y, para los que no, una oportunidad de disfrutar de la revisión crítica que realiza el autor sobre nuestro modelo. En nuestra sección de investigación podréis profundizar sobre el Premio a la Investigación de la FEATF 2021 a cargo de Estefanía Mónaco e Inmaculada Montoya-Castilla y, por otro lado, os presentamos el Premio 2023.

El monográfico está dedicado al Género y la Terapia Familiar, brillantemente coordinado por Miquel Far y en el que podemos volver a leer en portugués gracias a la colaboración de Jorge Gato, Luana Cunha y Leonor Sentieiro. Todos somos conocedores de la importancia de atender las desigualdades en terapia, de abordar dinámicas para mejorar el bienestar colectivo y de intentar favorecer la justicia social. Es fundamental reconocer que nuestras intervenciones terapéuticas no están exentas de sesgos ideológicos y tener presente que el patriarcado penetra en todos los niveles de la vida social, por ello, cuando en una intervención no colocamos la lupa de la perspectiva de género, ampliamos la brecha. Este monográfico nos va a permitir reflexionar sobre nuestra práctica diaria, no permitir que se nos cuele la desigualdad y desafiarla para seguir en nuestra lucha por la justicia social.

Y si hablamos de justicia social nada mejor que el artículo que cierra el número 87, el Manifiesto de Asís encabezado por Maurizio Andolfi, una reflexión profunda sobre los principios fundamentales que guían nuestra labor terapéutica y que invita a implicarse con cada uno de los sistemas con los que trabajamos. Una declaración en la que se enfatiza a la Terapia Familiar Sistémica como el mejor modelo para resolver problemas humanos, tanto individuales como colectivos. En una salud mental monopolizada por el DSM, este manifiesto es un soplo de aire fresco que nos anima a todos los sistémicos a regresar al humanismo, a considerar a la familia como el mejor recurso y no la causa, a estar más interesados que nunca en las personas. Como dice el manifiesto: “Negar lo social es individualizar el sufrimiento”. Ya son muchas personas y entidades quienes lo apoyan, lo puedes hacer desde el este link en la página web de la FEATF: https://www.featf.org/el-manifiesto-de-asis/

No podemos despedirnos sin recordar a la Dra. Sue Johnson, creadora de la Terapia Focalizada en las Emociones para parejas y fundadora y directora del Instituto Internacional para la Excelencia en Terapia Focalizada en las Emociones. Fallecida el pasado 23 de abril a la edad de 77 años. Una gran maestra y referente para todos nosotros. Ella confió en las emociones y revolucionó la psicoterapia. DEP

Sergio Siurana. Director de Mosaico.

Mosaico 81: Las emociones como agentes de cambio en terapia de pareja y familia: renovando las conexiones y los vínculos.

Dejo sobre la mesa el libro que estaba hojeando, urgido por la necesidad de escribir este editorial que ahora están ustedes leyendo. Suelo hacerlo cuando el número ya está casi listo para llegar a sus manos, casi siempre satisfecho por los resultados del esfuerzo que tuvimos que realizar para sacarlo adelante. Es justo ese instante antes de dejarlo ir, cuando recuerdo el entusiasmo de quienes escribieron sus artículos, el trabajo hecho con cariño y cuidado de quienes compilaron y dirigieron el monográfico, el esfuerzo de quienes corrigieron, valoraron y dieron el último vistazo a los originales; es decir, es el momento en que se puede mirar el bosque y distinguir cada uno de los árboles que lo conforman: el instante de darle una última vuelta de tuerca -provisional- a alguno de los temas que aquí aparecen, cuando me pongo a escribir las páginas que abrirán el ejemplar.

El trabajo terapéutico centrado en las emociones. Importante tema sobre el cual nuestra compañera Lola Fatás ha hilvanado la complicidad de una serie de autores y autoras de especial relevancia en este ámbito, con largos años de experiencia, logrando un excelente monográfico. Lo primero que diré, pues, es esto: léanselo ustedes.

Y disfrútenlo.

Si nos adentramos en la historia del movimiento sistémico, habría que remontarse a comienzos de los años 90, cuando en Sorrento la European Family Therapy Association (EFTA) organizó un congreso encabezado por el título de Feelings and Systems, con el objetivo explícito de dar entrada en el mundo sistémico al tema de los sentimientos y los afectos, para contrarrestar el enorme peso que hasta entonces había venido teniendo el lenguaje verbal en las intervenciones relacionales. Fue todo un éxito, que contribuyó a dar una vía expedita a las emociones en terapia.

No fue sólo este Congreso, por supuesto, el acontecimiento europeo que influyó para que lo emocional tuviera mayor presencia en el mundo sistémico. En el otro extremo del planeta, en América, muchos de los primeros terapeutas, los llamados pioneros, cuyos orígenes formativos se hallaban ligados primordialmente al mundo psicodinámico, también habían plasmado la importancia del valor terapéutico de la respuesta emocional por parte de los propios terapeutas, tanto durante su formación (Bowen y el uso del genograma formativo) como en el mismo ejercicio de la actividad terapéutica (Whitaker y sus análisis de la contratransferencia terapéutica). No podía ser de otro modo, so pena de amputar una parte esencialísima del ser humano y su naturaleza relacional, de no haber tenido en cuenta cómo las emociones y los afectos tiñen de intensidad variable la totalidad de nuestras vidas y el sentido de nuestras acciones.

Conviene hablar de las emociones en este momento convulso que nos está tocando vivir. Emociones que amplían y nos expanden, como la alegría o el amor; y emociones que nos repliegan y apagan, como el miedo o el temor. De estas últimas tenemos noticias de sobras y con ellas abrimos los noticiarios y sus tragedias cada mañana.

Es escaso lo que los terapeutas podemos hacer para cambiar el mundo, y menos aún si tenemos en cuenta la difusa atención que otorgan los poderes públicos y los poderosos a lo que nosotros podemos sugerir en relación a la salud psicológica de las personas. Pecaríamos de ingenuos si considerásemos nuestra capacidad de influencia como decisiva para producir cambios sociales de envergadura. Sin embargo, desde otro punto de vista, más aferrado al mundo cercano de las relaciones interpersonales, es mucho lo que sabemos hacer cuando acompañamos a los individuos y a las familias y les ayudamos a transitar por sus “valles de dolor” existencial.

Grande es ahí nuestra responsabilidad, persona a persona y familia a familia.

Como la piedra que cae sobre la superficie remansada de un estanque, así generamos nosotros, en la interacción, con nuestras intervenciones expertas, pequeños pero profundos y a veces incluso definitivos cambios. Los profesionales bien formados, con experiencia de la vida y sin temor de ir al encuentro emocional de otros seres humanos, adquieren a lo largo de su experiencia ese don preciado que Yalom llamó el don de la terapia. Nuestro orgullo terapéutico y, con él, nuestra humildad ecológica, como tantas veces le escuché repetir a mi maestro Linares.

Por eso, cuando una terapia resulta eficaz y exitosa, la vida de las personas se vuelve para ellos más intensa y marca siempre un antes y un después, en cuyo quicio nos encontramos quienes nos dedicamos a esta profesión. Uno de los más vivos placeres de la terapia es el de asistir como observador privilegiado a cómo las personas tornan a hacerse responsables de sus propias vidas y de sus elecciones, alejándose de ese modo de la fantasía de que alguien más fuerte que ellos mismos les salvará o les cuidará para siempre. Complace captar cómo desobstruyen los canales por los cuales empieza a circular de nuevo el amor nutricio, generando así nuevas formas de cuidado y afecto; y cómo se trenzan los vínculos poco antes debilitados y las pertenencias, junto al respeto de cada individualidad que se levanta ante nuestros ojos. Actuamos como testigos de tal transformación, que, como muestran los autores que escriben en el monográfico de este número, se produce en el plano subjetivo de las emociones que, desde hace ya más de treinta años, los sistémicos hemos vuelto lentamente a incorporar como parte de la propia experiencia terapéutica, formativa y profesional.

No es poco en este tiempo de tribulación.

Contemplo la negra tapa del libro que dejé al comenzar a escribir estas líneas: “Un terrible amor por la guerra”, del jungiano James Hillman, y pienso en esta tarea en la que empeñamos la vida: acompañar, sostener, generar confianza en las capacidades de las familias. Esas mismas familias que, en su propio proceso, también nos sanan y ayudan, balsámicamente, a reconciliarnos con este mundo que hoy sufre de una gran aflicción. La de siempre, la de ahora.

Mosaico 78 (DIGITAL): Psicooncología y Terapia Familiar

Que nos acostumbramos a la desgracia mucho más que a la dicha, es algo que admite pocas dudas. Lo bueno es tan escaso como breve, pero esas pequeñas islas de felicidad ayudan a sobrellevar mejor los malos momentos y las ocasiones desperdiciadas. El ser humano avanza lentamente en su camino de supervivencia, y tanta atención a los peligros y tanta capacidad adaptativa no debe ser tomada en vano, sino como signo preclaro de cierta inteligencia evolutiva por parte de nuestra especie. Miramos el mundo desde la esperanza, pero ello no quita un ápice al peso que tienen en nuestras vidas la desgracia y la desesperanza. Por decirlo de un modo metafórico, nosotros, los terapeutas, nos hemos entrenado en mirar con el ojo derecho lo bueno de lo malo y todos aquellos elementos apreciativos que solemos poner en valor cuando trabajamos acompañando a las familias en su viaje por el sufrimiento. Pero no nos hemos quedado tuertos del ojo izquierdo, que es el que usa con más frecuencia la especie para estar sobre aviso y atender a los peligros. Así pues, los terapeutas aspiramos a disponer de una mirada bifocal sobre los acontecimientos y las vidas que, sin dejar de lado los aspectos más oscuros, nos permite vislumbrar la profundidad de la existencia y colocarnos en una disposición específica para mantener esa esperanza.

Hablar de esperanza en este Mosaico no es una contradicción. No lo es cuando tratamos de algo tan terrible y ubicuo como el cáncer, pero haciendo hincapié en los recursos y capacidades que las familias ponen en juego ante situaciones de tanta adversidad. Que aún estemos en el aparente final del túnel de la pandemia no nos debe hacer olvidar que muchas familias padecen, además, el impacto demoledor de las enfermedades avanzadas y de las etapas finales en la vida de los seres queridos.

Dichas situaciones reflejan la complejidad con que las personas abordamos, tras la pérdida o la enfermedad avanzada, la ayuda, la reconstrucción y la continuidad de nuestras vidas tras tales eventos. Tarde o temprano todos pasamos por circunstancias parecidas, que reflejan el carácter relacional del ser humano: nuestra dependencia de los demás y la constatación de nuestra propia fragilidad, sostenida por aquellos que conforman la red que nos protege, envuelve y sostiene. Nadie, al final, muere para sí solo; ni los sobrevivientes lo hacen sin el apoyo de algún vínculo significativo que les ayude a retomar las expectativas y objetivos de sus vidas a corto y medio plazo. Si algo podemos extraer de este abigarrado número de nuestro Mosaico es la conclusión de la gran creatividad con que los profesionales, hombres y mujeres de gran sensibilidad relacional, abordan estas situaciones tan complicadas y dolorosas, la muerte anunciada de uno de nuestros hijos, la rápida desaparición inesperada de cualquiera de nuestros padres y la supervivencia tras estos naufragios. Creatividad, cercanía, calor, ternura que reflejan entre líneas los artículos de este monográfico como pocas veces hemos leído.

Porque es casi un deber ético seguir hablando de lo que no se habla y poniendo voz a quienes la muerte quiso dejar en silencio.

Javier Ortega

Mosaico 76: Los factores comunes en Terapia Familiar. XXXIX Jornadas Nacionales de TF.

Este número de Mosaico debería haber llegado a sus manos hace ya algunos meses, casi un año para ser exactos, al poco de haberse realizado la última de las XXXIX Jornadas de Terapia Familiar de nuestra Federación, que se celebró con éxito en Santiago de Compostela en noviembre de 2019 bajo el sugerente título de Cruce de Caminos. Los factores comunes en terapia familiar. No pudimos acudir a la cita con nuestros asociados por motivos de sobra conocidos. Arribamos a una situación nueva para la que no estábamos preparados y nos hallamos, como el caminante desnortado, dudando sobre qué dirección tomar, habida cuenta de que el camino trazado había sufrido un quebranto inesperado. Desde entonces venimos viviendo y, sin duda, también padeciendo una situación imprevista, que nos obliga a sacar lo mejor de nosotros mismos como personas y como terapeutas y a bregar con emociones que nos afectan igual que a nuestros clientes, miedos y ansiedades parecidas que nos fuerzan a revisar nuestro rol profesional y a conectarnos con nuestros miedos, pero también con nuestros recursos desde la experiencia que estamos viviendo, para seguir siendo útiles y ayudando a las personas que así nos lo solicitan.

Buscando, pues, lo bueno de lo malo, va a resultar que al final la pandemia ha puesto sobre el tapete la necesidad, no por sabida menos descuidada, de la atención a la salud mental de la población por parte de los poderes públicos, quienes no deberían ir a remolque de los acontecimientos, sino por delante de las necesidades que emergen con urgencia en una sociedad compleja como la nuestra.

Es bastante lo que se ha hecho para paliar el déficit de recursos, pero es mucho más lo que queda por hacer. Tomar conciencia de ello será el primer paso para buscar soluciones que han de pasar por la inversión en políticas de salud mental y no por posados ni meras fotos electoralistas, promesas y esperanzas que luego quedan en nada. Escuchar a las Federaciones que durante años trabajan por la dignificación profesional de este trabajo sería un segundo paso.

La pandemia ha dejado a la vista los flancos desnudos de nuestros servicios sanitarios, suplidos a menudo por el esfuerzo, el sacrificio y la voluntad de los profesionales. Pero esto no ha terminado. Como las ondas que produce una piedra al estrellarse contra el agua, estamos siendo testigos de los efectos deletéreos que esta situación tiene sobre todos, tanto física como psicológicamente. Tal vez la ocasión ayude a que cambiemos de prioridades, tal vez empecemos a darnos cuenta de que ciertas políticas suponen pan para hoy y hambre para mañana. Por un mero imperativo ético, no debemos dejar a nuestros hijos un mundo en peores condiciones que el que nosotros recibimos en préstamo. Y hemos de mirar más allá del estrecho margen del presente, para preparar un futuro ilusionante y esperanzador.

Se precisa una fuerte inyección económica en el ámbito de la salud, en un momento en que no estamos precisamente boyantes. Inversión planificada con criterios de eficacia y utilidad, aunque también de servicio y no de mero negocio. Pero si queremos que esto no sea dinero quemado en salvas, debemos atender también al factor humano imprescindible, que son los profesionales, dignificando y reconociendo la calidad de su trabajo y valorando su utilidad. No debemos olvidar que esta profesión tan vocacional, centrada en la relación, demanda un plus de formación continua que, si deseamos que cumpla con los más altos requisitos de calidad de los países desarrollados, exige también un proyecto de inversión, planificación y, necesariamente, que los gobiernos de turno despejen el horizonte vacilante en que esta profesión se ejerce. Necesitamos ya una ley que regule la psicoterapia como profesión específica; una ley que esté al nivel de las que desde hace más tiempo se aplican en los países de nuestro entorno.

Javier Ortega Director de Mosaico

Mosaico 75 (DIGITAL) Suicidio: Miradas sistémicas

Este era un número casi redondo de esos que una revista acostumbra a celebrar, pero hemos preferido   celebrarlo con nuestros lectores como sabemos aquí hacer las cosas: trabajando.

  

En pocas ocasiones ha estado la incertidumbre tan presente en nuestras vidas como en estos tiempos que nos están tocado padecer. Incertidumbre por el incierto futuro que se empieza a vislumbrar en el horizonte, por los cambios en nuestras relaciones y en los modos de vida que ya se están difusamente vislumbrando en el futuro cercano, por los efectos deletéreos que sobre aquellas seguridades sobre las que asentábamos nuestra existencia ha acabado teniendo la pandemia. En épocas inciertas como esta es cuando se ponen en marcha el ingenio, la capacidad del ser humano para adaptarse y seguir caminando, su instinto de supervivencia, también sus miedos y ansiedades, el recuerdo mismo de nuestra fragilidad, pero también de nuestras fuerzas y capacidades.

Lo que parecía imposible, distópico, ha ocurrido. Nos ha pillado con el paso cambiado, y nos hemos enfrentado a ello con una mezcla de sorpresa y de incredulidad. ¿Quién, hace tan sólo unos pocos meses, pensó que nos confinaríamos en nuestras casas por un tiempo indefinido, dejando en suspenso el cotidiano discurrir de nuestros días? ¿Quién sospechó siquiera que acabaríamos añorando las pequeñas oportunidades de felicidad que regaban nuestra vida? Muchas cosas han cambiado ya, y otras muchas están por cambiar en el próximo porvenir, sin que aún tengamos una perspectiva adecuada para vislumbrar la mayoría de tales cambios. No habrá nueva normalidad, sino otra cosa, a la que seguramente acabaremos acostumbrándonos, porque los seres humanos nos hacemos a casi todo.

Por el camino han ido quedado muchas personas, que nunca serán fríos números o cifras de una insensible estadística, sino personas que amaron, vivieron, consolaron, protegieron y lloraron con alguien; vidas truncadas cuya pérdida numerosas familias han tenido que afrontar o están afrontando como pueden, en una soledad física devastadora, que los profesionales de la salud han tratado de compensar con inventiva, generosidad y compasión. Ejemplos de su tarea y sacrificio no nos han faltado en estos dos meses.  Ahí también hemos estado los profesionales de la salud, cada uno desde su trinchera, pero dispuestos a ayudar y a ser solidarios con quienes necesitaban ser acompañados en su sufrimiento.

Hemos visto a muchos sacar lo mejor de sí mismos en este tiempo crítico, y a unos cuantos, menos por fortuna, mostrarnos también la inconsciencia de los desentendidos y la estupidez de los estultos.

La muerte de un ser querido, como señalaba Bowen, produce en los supervivientes una onda emocional de choque que, como esos círculos que provoca una piedra cuando se arroja a un lago de aguas tranquilas, tiende a provocar unos efectos que solo se pueden valorar en períodos de tiempo más amplios. La mal llamada vuelta a la normalidad o a la nueva normalidad (que si es nueva no es normal, y si es normal no es nueva) será un proceso adaptativo y, como tal, exigirá el paso del tiempo. Un tiempo diferente, subjetivo y personal. Pero en la vida no tenemos todo el tiempo del mundo, sino solo el tiempo que vamos viviendo. De pronto nos ha golpeado con fuerza el puñetazo de nuestra finitud, de su valor y de su incertidumbre. Nuestro gran tesoro, el tiempo, del que decía Séneca que no sabemos cuánto nos queda aún en la bolsa… De pronto se ha quebrado también la idea misma de la normalidad, porque ahora sabemos que ya no volveremos a algún espacio llamado normal, que era el que habitábamos hasta que todo esto sucedió. Iremos a alguna parte, pero nunca atrás. Aquel mundo que dejamos a nuestras espaldas ya no será el que empezaremos a construir a partir de mañana.

 En el caso de esta pandemia, la onda emocional de choque va a tener serias repercusiones sociales, entre las cuales no será la menor la necesidad de reorganizar muchas actividades de nuestra vida cotidiana, los desplazamientos, la asistencia a eventos masivos, la compra de las vituallas, el turismo, la simple visita al médico y a los hospitales. Ya hemos perdido la confianza en nuestra invulnerabilidad y se ha hecho trizas la leyenda de que estas cosas no podían ocurrir en países con alto nivel de vida. El enemigo invisible, una pequeña partícula, es capaz de vencer al forzudo Goliat y matarnos impunemente, o dejar malparada la economía y tronchar las oportunidades profesionales de toda una generación.

Como sucede en otros casos de pérdidas, necesitamos integrar cuanto venimos padeciendo en un relato que otorgue sentido, que dé razón y coherencia a la lucha y a la continuidad de los sobrevivientes. Siempre que hay pérdidas, suele haber inesperadas ganancias y aprendizajes, pero veremos cuáles son. Desde los más píos deseos, esperamos que el mundo se conciencie, que los valores ligados a la solidaridad se impongan sobre el egoísmo más zaíno. En cierta medida, esperamos que todo esto no esté siendo en vano, siquiera nos sirva para aprender a valorar aquellas pequeñas cosas con las que contábamos como dadas, como seguras y a la mano. De la pérdida surge, pues, la confianza en una realidad mejor: el porvenir, lugar de esperanza.

Hacia él caminamos, estableciendo nudos y alianzas que desvelen con mayor claridad nuestra naturaleza relacional. También nosotros, desde aquí, queremos poner nuestro granito de arena, porque no hay esfuerzo que sea pequeño ni compañía que no nos acompañe.

Javier Ortega Director de Mosaico

Mosaico 73(DIGITAL): Paradojas confusionales y paradojas liberadoras

Hemos vivido, justo es confesarlo aquí, una pequeña o gran crisis en el alumbramiento de este número tenéis (¿entre las manos?) a la vista, si entendemos como crisis el estado de un sistema en que un cambio es inminente, como señaló con fortuna Frank Pittman. Quienes tenemos una edad hemos visto crecer y cambiar a esta nuestra revista, de la mano de los directores cuyo recuerdo señalamos en nuestras contraportadillas y de cuantos con ellos colaboraron. Con aciertos y desaciertos, en Mosaico hemos asistido a su proceso de crecimiento, manteniendo a lo largo del tiempo una identidad que se transformaba, enriqueciéndose, con las numerosas aportaciones de tantos terapeutas como nos han acompañado a lo largo de los años. No tardaremos mucho en celebrar la publicación de los setenta y cinco números de la revista y de ahí el camino hacia los cien quedara expedito. Señal de la buena salud de la FEATF y del largo recorrido, ya, de su buque insignia.

No es sencillo acostumbrarse a los cambios porque somos animales de inercias y hábitos, que nos constituyen. El mundo en continuo devenir obtiene un cierto orden de nuestra capacidad para hacerlo previsible, como nos volvemos nosotros a fuerza de restringir nuestras posibilidades de actuación y aparecer de un modo parecido casi siempre ante los demás. Pero a esta estabilidad a duras penas conseguida le acompaña como pareja de baile el cambio inevitable, el crecimiento, la actualización de las infinitas potencias en que también nosotros consistimos. Aprendemos y, al hacerlo, cambiamos y crecemos. Ocurre lo mismo con los objetos que nos rodean y a los cuales nuestra mirada y nuestro uso llenan de vida. Conservamos lo mejor, pero nos desprendemos de la ganga, de lo que sobra, de lo que, al dejar atrás, nos permite permanecer siendo.

Hemos sido testigos de numerosos cambios. Las organizaciones son sistemas abiertos que se auto-organizan, crecen y se transforman. También FEATF lo hace. Cada nueva hornada de terapeutas que obtienen su acreditación trae consigo, como empujando, nuevas ideas y nuevas formas y nuevos caminos. Lo viejo y lo nuevo se encuentran en un punto y se intercambian información, conocimientos, usos y maneras. A veces, lo nuevo parece querer arrumbar lo viejo, como si todo ello estuviera obsoleto y ya nada de lo que se dijo entonces tu viera el menor valor. A veces, lo nuevo necesita una cierta perspectiva o profundidad, que, por fortuna, abunda en lo viejo. Nadie es imprescindible, pero todos somos necesarios. Porque traemos nuevas inquietudes que enriquecen y fecundan las viejas. Así ocurre con la renovación de los equipos directivos, como ocurrirá también en las próximas Jornadas Nacionales en Santiago.

Y como ha sucedido en nuestra emigración digital. Este es un cambio, también, con el que pretendemos mantener, sin embargo, los logros conseguidos y, por qué no, superarlos. Los que estemos o los que vayan a estar. No hay una razón tan sólo económica en esta migración, aunque no deja de ser una de las razones: nuestro esfuerzo por ahorrar gastos redundará en otros proyectos que FEATF podrá emprender gracias a este ahorro. La economía, pues, está detrás; pero, con todo y ser importante, no es la única razón. En estos momentos, Mosaico alcanza la cifra potencial de unos 2100 lectores, si sumamos alos socios de FEATF que la reciben el grupo hermano de la Sociedad Portuguesa de Terapia Familiar, y los suscriptores que, sin esas pertenencias tan vinculantes, están interesados en los contenidos de nuestra revista. Pero sabemos que el potencial de crecimiento de Mosaico podría ser mayor si nos lanzásemos a navegar en el proceloso mar de las redes sociales. Numerosos terapeutas en Latinoamérica y en algunos países de Europa nos piden que les abramos nuestras páginas o sienten curiosidad intelectual por sus contenidos. Nos une el mismo interés y la misma vocación. Por eso Mosaico se hace también ella digital, para seguir creciendo y cambiando, pero manteniéndose en lo que fue, ha sido y será. Iter facere.

Javier Ortega Allué. Director de Mosaico.

Mosaico 68: Crisis y Terapia Familiar

Es poco probable que a día de hoy cualquier sistémico que escuche la palabra “crisis” no tenga presente al tiempo la idea de oportunidad, como un cliché al que nos hemos habituado o un manierismo más de nuestra profesión, recordando el doble significado de peligro y oportunidad que cuentan que significa el ideograma con que los chinos dibujan en tinta su crisis sobre el pergamino. No quisiera parecer iconoclasta, pero a mí, personalmente, la palabra crisis siempre me trae a la memoria la muy conocida reflexión final con que Borges concluye su Nueva refutación del tiempo: le tocaron, como a todos los hombres, malos tiempos en que vivir. Oportuno recuerdo para quien sospecha que la crisis ha sido siempre la regla y la bonanza, la excepción.

Hemos vivido años así, con el viento de cara, aquí, en este Occidente vilipendiado, que olvida que ha sido precisamente una excepción histórica y que su fortuna se levanta sobre tantas vidas desgraciadas y tantos destinos truncados. Han sido unos pocos años, pero los suficientes para que creyéramos en el espejismo de que el progreso seguiría su marcha imparable y ascendente a lo largo del tiempo, por generaciones. Suficientes para crear una cultura hedónica e inmediatista, que creía tenerlo todo al alcance de su manos, o de sus deseos.

Donde deberíamos haber visto la rareza de la excepción, hemos creído adivinar el destino, sonriendo. Han bastado luego unos años para que la fragilidad de nuestras ideologías y creencias sucumbiera a la tempestad de los hechos sin alma. Y nos hemos visto abatidos, superados y sumergidos de pronto en una espiral que, como siempre, se ha llevado primero las esperanzas de los más débiles y, más tarde, las de todos los demás. O de casi todos. Como se suele decir, también hay quien gana en río revuelto. Y mucho.

Soy de los que creen en las palabras pequeñas y en los actos concretos, y me pregunto qué me cabe a hacer a mí mismo en este tempestuoso río que amenaza con ahogarnos en los vórtices de sus remolinos. Por de pronto, reconocer el estrecho alcance de mis posibilidades. Un reconocimiento que no niega, sino que, por esa misma razón, se vuelve afirmativo y se activa. Los terapeutas nos encontramos a menudo enfrentados a situaciones que superan el estrecho ámbito de nuestras capacidades y ante las cuales hemos de comenzar a actuar con nuevas estrategias y nuevas intervenciones. Un poco a ciegas, sin saber a ciencia cierta el alcance que estas intervenciones tendrán en el futuro de las familias. Hay que esperar estudios que avalen estas transformaciones creativas.

De nada sirve que reflexionemos sobre la crisis si al final la respuesta resultante es maniqueamente simple, esto es, optimista o pesimista a ultranza. Los sociólogos señalan que ya ahora se puede predecir que un 30% de la población española no tendrá en su vida un trabajo seguro ni continuado; o que la pobreza se cebará sobre el 80% de los hijos de las actuales familias empobrecidas. Poco se dice sobre el destino de esa otra mano de obra barata, hija de la reforma educativa y de una cultura equitativa que ha anulado cualquier esfuerzo y excepcionalidad, que se enfrenta desde la fragilidad a los nuevos retos de las economías complejas. Antes era posible levantar una vida sobre tan escasos basamentos; ahora se adivina de todo punto imposible.

Los terapeutas no tenemos ni las respuestas ni las soluciones a esta situación social que vivimos. Estamos demasiado cerca y sumergidos demasiado en la misma circunstancia que el resto de los seres humanos que la vivimos y padecemos. No disponemos de la perspectiva suficiente para saber hacia dónde hemos de dirigir nuestros pasos en el futuro. Vamos haciendo y reflexionando sobre la marcha, en una práctica crítica y activa que sostiene el sufrimiento de otros y también el nuestro. Por eso se hacía tan necesario un monográfico como el de este número, para empezar a dialogar, a reflexionar y a intercambiar prácticas e intervenciones que nos ayuden a ayudar y que nos sostengan también a nosotros en estos tiempos difíciles que, como a todos los seres humanos, nos han tocado vivir.

Javier Ortega Allué Director de Mosaico

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