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Mosaico 85: Monográfico: Aportaciones del modelo relacional sistémico a la comprensión y el tratamiento de los Trastornos Límite de Personalidad

MOSAICO llega, con éste que tienes virtualmente entre las manos, a su número 85, un número que pone de manifiesto su prolongada trayectoria y su buena salud, en un mundo donde las publicaciones especializadas no siempre gozan de una vida tan larga y productiva. No es casual, claro, sino fruto del empeño conjunto de numerosas personas que, trabajando desde la intendencia, ayudan a que ello sea posible. Autores y autoras que nos presentan sus trabajos, jueces ciegos que los valoran y señalan su pertinencia –o no- para la publicación, oordinadores de los monográficos, que tejen una tupida red de colaboraciones y levantan con su ánimo esa joya de la revista que tan útil resulta a nuestros terapeutas, correctores de estilo, maquetadores gráficos y, en fin, por detrás también el apoyo y la confianza de la Junta Permanente de la FEATF, avivando con su empuje y publicitando con su talento relacional la respiración de la revista.

Este año, en breve, estaremos asistiendo en Valencia a un nuevo Congreso Nacional de Terapia familiar de nuestra Federación, con un tema central lleno de posibilidades: “Familias y organizaciones en canal: Una vuelta a la sistémica”, título bajo cuyo paraguas vamos a volver a encontrarnos amigos viejos y conocidos nuevos que tenemos en común esa rica mirada sistémica de la complejidad, cuya potencia usamos en aquellos contextos donde cada cual trabajamos.

Tras cuatro años se despide la Presidenta Ana Caparrós y su equipo. Ha sido un período singular, en que nos vimos forzados a afrontar lo inesperado de una pandemia que nadie podía haber imaginado hasta que sucedió. La pandemia trajo numerosos cambios y desveló las posibilidades inexploradas hasta entonces de la virtualidad de las redes. La Federación no se arredró y sus miembros pusieron en juego su inventiva y recursos para que la nave siguiera navegando.

Aprendimos, en carne propia, que las crisis suponen un riesgo para cualquier organización, pero también una rica oportunidad. Ahora que la Junta y su Presidenta se despiden, la perspectiva del tiempo nos permite reconocer que su esfuerzo no fue baldío.

Llegará en breve una nueva Junta y la nave seguirá surcando el mar. A estos nuevos marineros les deseamos lo mejor, de corazón y no porque esté en absoluto obligado a decirlo. Uno sabe que puede callar, y que hasta el silencio es comunicación; pero en este caso, se me antoja necesario desear lo mejor, porque así lo siento de veras.

También Mosaico debe renovarse. Es ley no escrita, pero de vital importancia, que lo nuevo llegue y, sin arrumbar la experiencia de lo viejo, aproveche el impulso que le da su fuerza inaugural para llevar la revista a nuevas cotas. He sido director de la revista en dos etapas, de 2004 a 2008 y de 2012 hasta 2023, gozando de la confianza de varias juntas durante la friolera de 15 años. Han sido años muy fructíferos y plenos, de gran intensidad. Mosaico me ha dado más de lo que me ha quitado: me ha dado muy buenos amigos y amigas y me ha permitido conocer y relacionarme con personas a las que admiro y respeto, que son buenos terapeutas porque, principalmente, son buenas personas. Como creo que uno se mide por los amigos y amigas que conserva, espero haber estado a la altura.

Quiero aprovechar estas últimas líneas para agradecer la confianza de tantos y tantas que me ayudaron en esta labor. Nombrar la lista de mis agradecimientos la haría demasiado larga. Me consuela saber que lo saben. Eso basta.

Javier Ortega Allué.

Director de Mosaico.

Mosaico 79 (DIGITAL): Nuevas intervenciones con niños y adolescentes

Nos alegra saber que, cuando este número llegue a manos de los lectores, habremos celebrado el muy esperado XL Congreso Nacional de Terapia Familiar en Tenerife. Un Congreso que ha tenido este año un acento especial, como de inicio de una época nueva, de reencuentro y redescubrimiento, tras un aplazamiento forzado por unas circunstancias que hasta hace bien poco resultaban impensables. Ha tenido que ocurrir lo que está en mente de todos, formando parte de los nuevos hábitos que hemos debido adquirir a marchas forzadas, para caer en la cuenta de hasta qué punto vivíamos instalados en una certidumbre ilusoria, en la que dábamos tantas cosas por sentadas.

Si algo seguimos aprendiendo es que nada hay de definitivo y permanente en este mundo real que habitamos; ni siquiera la tierra permanece quieta bajo nuestros pies. Por fortuna, frente a estos avatares inesperados la inteligencia humana ha vuelto a demostrar que nuestra capacidad de adaptación y sobrevivencia es, pese a sus limitaciones, nuestra mejor herramienta compartida. Inteligencia emocional, inteligencia compasiva y también, por qué no, inteligencia comprensiva.

Así pues, resultó oportuno aprovechar esta ocasión para el reencuentro, y hacerlo bajo el paraguas de un título que, más que adecuado, ha sido casi profético. Pues nada fuerza a explorar más los límites de algo que el haber tenido que ponerlos a prueba. Y en ello estamos, explorando los límites de la terapia familiar. Porque solo será de esta forma como esos límites se expandirán, superando la zona de confort a la que nos acostumbraron los hábitos –también los terapéuticos-, y nos llevarán a explorar otras zonas y nuevos contextos, a los cuales deberemos adaptarnos para seguir siendo eficaces. El tiempo no se detiene y tampoco las circunstancias. La vida se transforma, a veces lentamente y otras, como estamos sufriendo en nuestras propias carnes ahora, rauda y a inesperada velocidad.

Es de sobras conocida la máxima ignaciana que nos aconseja que, en tiempos de tribulación, conviene no hacer mudanza. Estamos padeciendo algo así como un tiempo de tribulación, quizás parecido al que les tocó vivir a otros miles de seres humanos que nos precedieron en el pasado. En esta situación de incertidumbre en que nos encontramos, disponemos de un modelo, una epistemología y una mirada, esto es, un conjunto de conocimientos que nos ofrece la estabilidad y la seguridad que siempre se precisa cuando de explorar nuevos territorios se trata. Un campamento base, un lugar a donde volver y desde el cual partir de nuevo con seguridad. Vivir es permanecer cambiando, no sumergirse en el caos ni mantenerse imperturbable y agarrotado como un fósil. Ni vale hacer cualquier cosa ni tampoco vale hacer lo de siempre. Esto es lo que se empeña en enseñarnos la vida, humilde pero tercamente.

Y más allá del modelo, teóricamente potente, tenemos aún algo más importante, que debe guiar todos nuestros pasos terapéuticos: la relación, sin la cual no hay terapia –ni vida humana- que se salve. La relación, que nos imbrica y vincula con el resto de nuestros congéneres.

Es oportuno, pues, que quienes nos sentimos vocacionalmente inclinados al oficio de terapeuta, reflexionemos acerca de qué sea esa cosa tan singular a la cual dedicamos la vida, acompañando a las personas en su malestar y sufrimiento, y por qué lo hicimos y para hacer qué.

Javier Ortega Director de Mosaico

Mosaico 78 (DIGITAL): Psicooncología y Terapia Familiar

Que nos acostumbramos a la desgracia mucho más que a la dicha, es algo que admite pocas dudas. Lo bueno es tan escaso como breve, pero esas pequeñas islas de felicidad ayudan a sobrellevar mejor los malos momentos y las ocasiones desperdiciadas. El ser humano avanza lentamente en su camino de supervivencia, y tanta atención a los peligros y tanta capacidad adaptativa no debe ser tomada en vano, sino como signo preclaro de cierta inteligencia evolutiva por parte de nuestra especie. Miramos el mundo desde la esperanza, pero ello no quita un ápice al peso que tienen en nuestras vidas la desgracia y la desesperanza. Por decirlo de un modo metafórico, nosotros, los terapeutas, nos hemos entrenado en mirar con el ojo derecho lo bueno de lo malo y todos aquellos elementos apreciativos que solemos poner en valor cuando trabajamos acompañando a las familias en su viaje por el sufrimiento. Pero no nos hemos quedado tuertos del ojo izquierdo, que es el que usa con más frecuencia la especie para estar sobre aviso y atender a los peligros. Así pues, los terapeutas aspiramos a disponer de una mirada bifocal sobre los acontecimientos y las vidas que, sin dejar de lado los aspectos más oscuros, nos permite vislumbrar la profundidad de la existencia y colocarnos en una disposición específica para mantener esa esperanza.

Hablar de esperanza en este Mosaico no es una contradicción. No lo es cuando tratamos de algo tan terrible y ubicuo como el cáncer, pero haciendo hincapié en los recursos y capacidades que las familias ponen en juego ante situaciones de tanta adversidad. Que aún estemos en el aparente final del túnel de la pandemia no nos debe hacer olvidar que muchas familias padecen, además, el impacto demoledor de las enfermedades avanzadas y de las etapas finales en la vida de los seres queridos.

Dichas situaciones reflejan la complejidad con que las personas abordamos, tras la pérdida o la enfermedad avanzada, la ayuda, la reconstrucción y la continuidad de nuestras vidas tras tales eventos. Tarde o temprano todos pasamos por circunstancias parecidas, que reflejan el carácter relacional del ser humano: nuestra dependencia de los demás y la constatación de nuestra propia fragilidad, sostenida por aquellos que conforman la red que nos protege, envuelve y sostiene. Nadie, al final, muere para sí solo; ni los sobrevivientes lo hacen sin el apoyo de algún vínculo significativo que les ayude a retomar las expectativas y objetivos de sus vidas a corto y medio plazo. Si algo podemos extraer de este abigarrado número de nuestro Mosaico es la conclusión de la gran creatividad con que los profesionales, hombres y mujeres de gran sensibilidad relacional, abordan estas situaciones tan complicadas y dolorosas, la muerte anunciada de uno de nuestros hijos, la rápida desaparición inesperada de cualquiera de nuestros padres y la supervivencia tras estos naufragios. Creatividad, cercanía, calor, ternura que reflejan entre líneas los artículos de este monográfico como pocas veces hemos leído.

Porque es casi un deber ético seguir hablando de lo que no se habla y poniendo voz a quienes la muerte quiso dejar en silencio.

Javier Ortega

Mosaico 66: Discapacidad y Terapia Familiar. Diversidad funcional y contextos generadores de oportunidades

Hay un mandato de visibilidad en muchas de las tareas que emprende la Federación y las Asociaciones de Terapia Familiar, como señala nuestro Presidente en la carta que abre este nuevo número de Mosaico.

Visibilidad significa hacerse presente y ubicarse ante la mirada de los otros, que está conformada, en este caso, por el entero conjunto de la sociedad, a cuyo servicio nos ponemos; pero también ante las instituciones que regulan la profesión de salud en nuestro país, las facultades que imparten la docencia que forma los futuros titulados, las escuelas cuyos programas persiguen que los profesionales se especialicen y ganen competencia terapéutica específica de alto nivel y calidad –como los diversos programas que reciben el aval y la acreditación de las asociaciones de terapia familiar-; y, finalmente, ante organismos como colegios profesionales quienes protegen a médicos, psiquiatras, psicólogos, trabajadores sociales y otros diversos del intrusismo y de la mala praxis profesional, velando por la validez  de nuestras intervenciones no menos que por la actualización de nuestros conocimientos. Estamos obligados a responder, pues, de nuestras capacidades ante el conjunto de los ciudadanos, quienes son, a la postre, nuestros usuarios potenciales y beneficiarios principales de todo nuestro esfuerzo. A todo este buen hacer hemos de darle la necesaria visibilidad.

Mosaico, en esta línea de hacer que la terapia familiar tenga una importante presencia social, dedica de forma habitual y reiterada un número al año a dejar constancia escrita de las Jornadas y Congresos que las Asociaciones, con el aval federativo, organizan, a fin de poner en común los conocimientos y prácticas más actualizados sobre un tema de especial interés para los profesionales. Este año la Jornada fue en Zaragoza y el monográfico de este número 66 de la revista da cumplida cuenta de alguna de las intervenciones más importantes de los ponentes.

Algunos acontecimientos existenciales caen como mazazos sobre la vida de los individuos o de sus familias: enfermedades repentinas, accidentes con graves consecuencias, sufrimientos que aparecen en el presente con un horizonte de cronicidad, pérdidas anunciadas. Uno se imagina en tales casos, se pone por unos instantes en la piel de los otros  y siente de pronto que le invade el desaliento, pues la vida, que se prometía de otra manera, se ha torcido. Hay que vivir con ello, o hay que seguir viviendo contando con ello. Como señala R. Ramos en uno de los artículos que mejoran estas páginas, el profesional tiene que hablar de todo esto en terapia, con las familias, con los afectados, de forma clara o sutil. La función de la terapia no es otra que la de movilizar los recursos y las capacidades que la familia posee, aunque también ayudar a aceptar el dilema existencial en que ese evento les coloca por el mero hecho de vivir. Hay dificultades irresolubles en la vida con las que hay que seguir viviendo. Los estoicos hablaban del aprendizaje de la resignación y señalaban que la aceptación de la necesidad generaba libertad. No es fácil ayudar a que las familias conlleven estas situaciones, aunque no quede otra. Conllevar: que es vivir con ello de la mejor manera posible, acompañados, acogidos, sostenidos por los profesionales, que les han de ayudar a tomar una nueva posición que les permita seguir viviendo con un sufrimiento soportable. Unaconllevancia que solicita ser hablada y dicha, para que el sufrimiento de lo no dicho y de lo obviado tenga cada vez menos espacio entre las personas que lo temen y lo evitan.

La evitación del dolor no debe entenderse como una anestesia permanente contra el sufrimiento. El sufrimiento es parte de una vida integral, no una excrecencia que podamos desalojar de nuestro horizonte existencial. Eso no sucede nunca, aunque posiblemente el modelo médico de salud, que es el que tienen en mente nuestros usuarios, haya hecho creer que este paso es posible.

Es porque algo nos incomoda, daña o duele que nos ponemos a menudo en marcha hacia su superación o su aceptación. El objetivo de la terapia no debe ser que no ya exista el sufrimiento, sino que aprendamos a vivir un sufrimiento soportable, sostenible, hablado y compartido. Si definimos todo sufrimiento como insoportable, no podríamos vivir sin ayuda de las pastillas de la felicidad ni sin una ayuda terapéutica continuada, cuando en realidad nuestra función terapéutica es la de ayudar a las personas a que sean capaces de ser sus propios curadores de sí mismos y de quienes les rodean. De hecho, si el sufrimiento fuera siempre intolerable no podríamos simplemente vivir.

Javier Ortega Allué Director de Mosaico

Mosaico número 63

De las crisis sólo se sale o renacido o renovado; esto es, cambiado. Pero esto no viene a significar que todo sea ex novo, como si nada hubiera ocurrido antes de que suceda lo que ahora sucede, o como si todo cambio fuera inaugural y adánico. Somos una mezcla de tradición y renovación, de pasado y de presente que apunta imaginativamente a lo porvenir.

Las crisis, como nos muestra este número de la revista, son necesarias por inevitables.

El cambio ocurre, sin que podamos hacer nada por soslayarlo, simplemente porque estamos vivos y vivir es verse abocado a cambiar. El río de Heráclito nunca detiene su discurrir. Hay una continuidad  inexorable entre la estabilidad y la renovación, y las crisis son el punto de fuga en que convergen la una y la otra. Que lo saben bien los terapeutas es algo que nunca se nos debería olvidar, pues al fi n y al cabo trabajan con la incertidumbre que se encuentra en ese quicio entre la estabilidad y el desorden. Pero lo saben también –y antes- las familias y los individuos, pues no a otra tarea se enfrentan a lo largo de su

existencia. La inteligencia humana es esa capacidad para afrontar y adaptarnos a los cambios que inevitablemente hemos de encarar mientras estemos vivos. Apasionante, pues, la temática que como reto nos dejó abierta el Congreso de Cáceres y del que este número de Mosaico se hace eco.

No es tarea fácil organizar un congreso, ni siquiera de terapia familiar, ni siquiera región al, y atreverse a hacerlo Ibérico, con tanta ambición como éxito. Y tener incluso la osadía de levantar la tienda en el extremo duro de esa tierra de frontera que es Extremadura, el limes, bella metáfora de la zona en la que trabajamos los que en esto de la terapia nos ocupamos: los territorios aún inexplorados, los lugares en que lo ya sabido se va abandonando, cuando todavía no se ha conquistado lo por saber. De las familias en crisis a los terapeutas en cambio, de todo eso se habló largo y tendido en Cáceres, mostrando que

la larga experiencia terapéutica no es óbice para encallarse en el manierismo técnico ni la cerrazón de viejos modelos o ya casi superados supuestos. La sociedad cambia y los terapeutas han de seguir el rastro de estas transformaciones si quieren continuar haciendoun trabajo útil y bello.

Muchos son, pues, los desafíos a los que los terapeutas debemos enfrentarnos en un mundo abierto, complejo y cambiante como este, de variadas certidumbres y diversas lealtades.

Desafíos que comienzan en nosotros, en cada uno, pero que desbordan el ámbito particular y nos colocan de lleno en el espacio de encuentro relacional. Conforme profundizamos en la cuestión, resulta cada vez más evidente que alguno de aquellos núcleos considerados duros o esenciales de la persona son realidades y valores que emergen en el seno de una, de cualquier relación: la del ser humano con la cultura en que está inserto, la del ser humano con otros seres humanos, la del terapeuta con las familias con las que trabaja. Ahí es nada. El mapa de los conceptos con que nos movemos no puede entenderse

si los elevamos a un cosmos etéreo inmutable, donde parece que habita lo perfecto y la verdad. Lealtad, amor, traición, violencia, poder son un cierto tipo de realidades relacionales, sin las cuales, sin embargo, no podemos entender al individuo ni sus acciones concretas.

Nada se comprende de forma aislada, sino en el entreverado de sutiles y manifi estas formas de relación humana. La urdimbre de lo humano sólo se puede vislumbrar en el seno de este dibujo relacional donde también la acción del propio terapeuta cobra sentido.

Javier Ortega Allué Director de Mosaico

Mosaico 33: La terapia narrativa hoy

El hecho de vivir en la era de la información tiene sus propias servidumbres. No basta con existir, sino que hemos de afirmar nuestra existencia siendo activos. Y, en esta época, eso significa tener que aparecer. Necesitamos dar a conocer nuestro trabajo fuera de los circuitos donde ya suele ser reconocido y valorada su eficacia y efectividad.

La FEATF, consciente de este imperativo publicitario, elaboró hace algo más de un año unos trípticos con esa finalidad. Desde entonces, las Asociaciones han venido trabajando, de manera voluntariosa pero constante, para hacer llegar los mensajes pertinentes a quienes tiene capacidad para orientar las acciones, esto es, aquellos que diseñan las políticas y quienes se hacen eco de las mismas, los medios de comunicación social. Lo han hecho unitariamente, intercambiando iniciativas y propuestas, solicitando entrevistas al más alto nivel en los departamentos de las diversas autonomías y apareciendo en cuantos foros reclamaban su presencia. Lo han hecho de manera real y también de forma virtual.

Es una tarea de largo aliento, ingrata a veces, pero que se hace desde el convencimiento de quienes conocemos el modelo de trabajo y creemos en su capacidad para mejorar las circunstancias que nos han tocado en suerte. Una tarea que realizan no sólo las asociaciones con un mayor números de asociados, sino también aquellas otras más modestas, donde las responsabilidades no se pueden esquivar; todos unidos para alcanzar el máximo eco posible y la máxima repercusión social.

Mosaico, como representación de todas ellas, quiere llamar la atención sobre este trabajo y lo hace, a través de sus corresponsales y de cuantos colaboran en realizar una revista de calidad, digna de los otros empeños.

Un viejo refrán castellano dice: el buen paño, en el arca, se vende. Tenemos el buen paño y también el arca. Necesitamos hacer ver nuestro trabajo.

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