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Mosaico número 63

De las crisis sólo se sale o renacido o renovado; esto es, cambiado. Pero esto no viene a significar que todo sea ex novo, como si nada hubiera ocurrido antes de que suceda lo que ahora sucede, o como si todo cambio fuera inaugural y adánico. Somos una mezcla de tradición y renovación, de pasado y de presente que apunta imaginativamente a lo porvenir.

Las crisis, como nos muestra este número de la revista, son necesarias por inevitables.

El cambio ocurre, sin que podamos hacer nada por soslayarlo, simplemente porque estamos vivos y vivir es verse abocado a cambiar. El río de Heráclito nunca detiene su discurrir. Hay una continuidad  inexorable entre la estabilidad y la renovación, y las crisis son el punto de fuga en que convergen la una y la otra. Que lo saben bien los terapeutas es algo que nunca se nos debería olvidar, pues al fi n y al cabo trabajan con la incertidumbre que se encuentra en ese quicio entre la estabilidad y el desorden. Pero lo saben también –y antes- las familias y los individuos, pues no a otra tarea se enfrentan a lo largo de su

existencia. La inteligencia humana es esa capacidad para afrontar y adaptarnos a los cambios que inevitablemente hemos de encarar mientras estemos vivos. Apasionante, pues, la temática que como reto nos dejó abierta el Congreso de Cáceres y del que este número de Mosaico se hace eco.

No es tarea fácil organizar un congreso, ni siquiera de terapia familiar, ni siquiera región al, y atreverse a hacerlo Ibérico, con tanta ambición como éxito. Y tener incluso la osadía de levantar la tienda en el extremo duro de esa tierra de frontera que es Extremadura, el limes, bella metáfora de la zona en la que trabajamos los que en esto de la terapia nos ocupamos: los territorios aún inexplorados, los lugares en que lo ya sabido se va abandonando, cuando todavía no se ha conquistado lo por saber. De las familias en crisis a los terapeutas en cambio, de todo eso se habló largo y tendido en Cáceres, mostrando que

la larga experiencia terapéutica no es óbice para encallarse en el manierismo técnico ni la cerrazón de viejos modelos o ya casi superados supuestos. La sociedad cambia y los terapeutas han de seguir el rastro de estas transformaciones si quieren continuar haciendoun trabajo útil y bello.

Muchos son, pues, los desafíos a los que los terapeutas debemos enfrentarnos en un mundo abierto, complejo y cambiante como este, de variadas certidumbres y diversas lealtades.

Desafíos que comienzan en nosotros, en cada uno, pero que desbordan el ámbito particular y nos colocan de lleno en el espacio de encuentro relacional. Conforme profundizamos en la cuestión, resulta cada vez más evidente que alguno de aquellos núcleos considerados duros o esenciales de la persona son realidades y valores que emergen en el seno de una, de cualquier relación: la del ser humano con la cultura en que está inserto, la del ser humano con otros seres humanos, la del terapeuta con las familias con las que trabaja. Ahí es nada. El mapa de los conceptos con que nos movemos no puede entenderse

si los elevamos a un cosmos etéreo inmutable, donde parece que habita lo perfecto y la verdad. Lealtad, amor, traición, violencia, poder son un cierto tipo de realidades relacionales, sin las cuales, sin embargo, no podemos entender al individuo ni sus acciones concretas.

Nada se comprende de forma aislada, sino en el entreverado de sutiles y manifi estas formas de relación humana. La urdimbre de lo humano sólo se puede vislumbrar en el seno de este dibujo relacional donde también la acción del propio terapeuta cobra sentido.

Javier Ortega Allué Director de Mosaico

Mosaico 60: Técnicas activas en terapia familiar

Mantengo sin saber por qué una personal querencia por los números redondos, y el que preside la portada de este ejemplar lo es. Los números redondos reflejan el logro del trabajo continuado de muchos, y la persistencia voluntariosa en el tiempo de intercambios fructíferos y de una creatividad que no afloja en su exigencia.

Sevilla ha sido la última ciudad que puede dar testimonio de todo ello, tras la celebración del XXXV Congreso Nacional de Terapia Familiar. En Sevilla hemos visto hacerse real aquel  cuentecillo que narraba Minuchin del aprendiz de samurái, al que su maestro le enseñaba las artes de la espada para condenarlo luego durante varios años a entrenarse en las más delicadas sutilezas del uso del pincel. Y no otra cosa me parece a mí que sea eso del pincel y la espada que teoría y técnica o reflexión y acción, y de lo cual se ha hablado por extenso en la capital andaluza, con rigor y aprovechamiento.

Decía Nietzsche que los hechos sin teoría son estúpidos. Aunque deberíamos tal vez añadir que no puede haber hecho sin teoría, siquiera sea ésta implícita y soterrada. Lo mismo sucede con las técnicas, activas todas ellas, pues tiene como fi n movilizar; y así evitamos la redundancia de unir a la palabra el calificativo que denota actividad, cuando cualquier técnica lo es o aspira, al menos, a serlo.

Quede pues dicho de una vez: toda técnica está al servicio de una teoría, o al amparo de una hipótesis. Toda técnica es hija de un análisis –o de una interpretación–, y consecuencia del mismo.

Saquemos, pues, a los aprendices de samurái del error que les lleva a pensar que adquirir técnicas les prepara para afrontar con éxito las complejidades de los sistemas relacionales, y aboguemos, como desde estas mismas páginas nos invita a hacer Linares, por una terapia inteligente, donde el movimiento de la espada sea tan elegante como el trazo aéreo del pincel. Los profesionales disponemos de un enorme arsenal de técnicas, algunas ya talladitas y, sin embargo, eficaces como si fueran recién estrenadas; otras de ingeniosa novedad, unas más emocionales, estas otras más pragmáticas y aquellas, finalmente, más cognitivas.

Técnicas hay muchas, pero lo realmente trascendental es la mirada y los recursos que posee y ha ido adquiriendo en su praxis vital la persona que el terapeuta es, y que pondrá en marcha en esa acción compartida que llamamos terapia.

Javier Ortega Allué Director de Mosaico

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