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Mosaico 77: Retos terapéuticos ante el confinamiento

La actualidad amenaza con convertirse en un género propio, y lo malo que tiene la actualidad como género es que, por un lado, nos impide captar la perspectiva que el tiempo siempre otorga a las acciones y a sus consecuencias; por otro, la actualidad sufre de una rapidísima tendencia a volverse inactual, mal que nos pese. Viene esto a cuento porque hace aproximadamente un año que vivimos sumergidos en una pandemia que ha cambiado nuestros hábitos, costumbres y relaciones. Por desgracia, también se ha llevado por delante a casi dos millones de personas de todo el planeta y para muchos millones más estas pérdidas no quedan en meras frías cifras de una estadística, sino que trocean un mosaico de vidas truncadas prematuramente y duelos de complicada resolución.

Un año más tarde, tras la emergencia sanitaria, estamos en condiciones de prever y actuar de una forma más operativa, frente a lo que ha sido un acontecimiento inesperado de alcance mundial e incierta duración. Hemos aprendido en carne propia lo que significa trabajar en un contexto de incertidumbre y hemos tenido que ajustar sobre la marcha nuestras previsiones a lo que iba sucediendo.

La pandemia ha puesto sobre la mesa el carácter relacional de los acontecimientos humanos: lo que sucede en un extremo del mundo nos afecta a todos y todos estamos por ello concernidos. Nadie habita en un sistema clausurado y a salvo de amenazas y peligros. Si la nave se hunde, nos hundimos todos con ella.

Contra lo que pudiera parecer, frente a este acontecimiento inesperado los profesionales no hemos quedado inermes y sin saber qué hacer, sino que nos hemos enfrentado a ella con el bagaje de una extensa experiencia de reflexión y análisis de lo complejo, que ha ido elaborándose a partir del trabajo realizado con familias que han sufrido pérdidas inesperadas y traumáticas, accidentes o suicidios, víctimas de catástrofes humanitarias o atentados terroristas. Como el mundo sigue transformándose con inusitada rapidez, el modelo sistémico ha continuado trabajando para integrar ideas fecundas de un buen número de ciencias y conocimientos, venero de nuevas intuiciones, que nos han facilitado poder realizar intervenciones creativas, elegantes, pero, sobre todo, útiles.

Aunque la especie humana haya sufrido a lo largo del tiempo situaciones epidémicas tanto o más graves, es posible que ésta que vivimos hoy posea un carácter novedoso, puesto que nunca como ahora había estado tan alcance de la mano la información de lo que acontece en cualquier rincón del planeta y, junto con ello, la posibilidad de generar noticias falsas, esperanzas precipitadas o toda clase de propaganda y manipulación emocional, con el miedo como ariete contra nuestras defensas sociales y psicológicas.

Saber a qué atenerse es sin duda algo positivo, pero tiene como envés generar una angustia y ansiedad que, para muchas personas, no resulta de fácil manejo. El aumento en consulta de pacientes sobrepasados por ataques de pánico, la ansiedad generalizada, la depresión o la tristeza y la culpa son el precipitado de esta combinación de circunstancias, de las que cualquier terapeuta en ejercicio puede dar consabida fe. Estamos empezando a atender y a recibir en nuestras consultas los efectos psicológicos de la pandemia. Por ello, ya hay quien señala que la tercera ola que vamos a tener que afrontar será la ola psicológica, lo que Bowen bautizó como la onda de choque emocional, que nos perturbará seguramente aún durante unos cuantos años.

La pandemia también ha roto un cierto relato social y la idea de desarrollo continuo y permanente, socavando la confianza que teníamos en un progreso ilimitado o una invulnerabilidad que ya resulta inalcanzable. Cuando la situación social que la epidemia ha generado se vuelva permanente, se hará también necesaria y urgente la emergencia de un relato que trate de explicarla o justificarla. No nos bastará con pensar que este ha sido el resultado nefasto de nuestra actividad predatoria sobre los recursos que esquilmamos a la tierra. O el desafuero de una Gaia empeñada en combatir los desequilibrios que nosotros hemos ido generando en un sistema que se autorregula, aunque sea de forma brutal.

El alcance de este episodio pandémico, pues, no se va a limitar al ámbito de la salud, sino que ha llegado para cuestionar algunas de nuestras certidumbres más queridas y nuestros más piadosos sentimientos. Si la palabra no estuviera tan desprestigiada, me atrevería a decir que la pandemia tendrá un alcance político difícil aún de predecir, puesto que va a afectar a partes del cuerpo social que carecerán de posibilidad de acceso a aquello que será el privilegio de otros: vacunación, psicoterapia, recursos sanitarios, ayudas sociales y económicas, etc. Aunque la muerte o su amenaza nos iguale a todos, la pandemia es evidente que no.

Javier Ortega Allué

Mosaico 70: Intervenciones familiares y sistémicas en contextos sanitarios

Toda nuestra felicidad y toda nuestra miseria residen en un único punto: ¿a qué tipo de objeto estamos vinculados por el amor?

Baruch de Spinoza.

Cuando este número de Mosaico llegue a manos de nuestros lectores, estaremos a las puertas de celebrar el IV Congreso Ibérico de Terapia Familiar, evento científico y social que convocará a algunas de las voces más representativas de nuestro contexto cultural, para tratar algo que a todos nos concierne, siquiera que en alguna medida aproximada: Amor en tiempos de crisis. Desafíos a la pareja, a la familia y a la sociedad. ¿Cabría, pues, un título que prometiera más y permitiera observarnos desde un más idóneo punto de vista relacional? Pues el amor es, junto a la comunicación, la situación relacional por excelencia, el punto de fuga donde confluye nuestro entero ser humano, otorgándonos perspectiva y profundidad. Al final, decía san Agustín, se nos vendrá a examinar en el amor. Podríamos decir: se nos examinará en el modo como hemos aportado bienestar, felicidad, dicha o plenitud al mundo, a quienes nos rodean y envuelven, a los más próximos y cercanos. Cómo los hemos sostenido y acompañado mientras estuvimos a su lado. Echemos cuentas.

Amor y tiempo de crisis. Como si fuera posible existir sin el uno -el amor-, o extrañados y fuera del otro: ese tiempo de crisis que siempre se vislumbra acechándonos en la línea baja de nuestro horizonte vital. Como si pudiéramos vivir sin gozar de cierta plenitud o sin padecer alguna pérdida inexorable. Es el nuestro un tiempo de crisis, incierto y singular. Nada nuevo bajo el sol, pues así fueron todos los tiempos que vivió la humanidad, con breves excepciones. Un tiempo que, como otros anteriores, anhela certezas o seguridades, pero que sobre todo anhela a alguien que esté dispuesto a dárnoslas sin que hayamos de esforzarnos demasiado en buscarlas. Recetas, aunque sean de vuelo corto y nazcan aliquebradas. Certezas y dogmas para sobrevivir en un mundo imprevisible, ¡qué gran dislate! En esta época nuestra donde priva lo natural y genuino, andamos paradójicamente expectantes ante la posibilidad de que se descubra al fin esa pastilla o de ese algoritmo que nos hará felices por siempre con solo tomar la medicación o aplicar la fórmula matemática. De ahí la pertinencia del subtítulo de Congreso de Coimbra, una palabra que resume cientos: desafíos.

Pues, in nuce, la vida misma es un desafío, y vivir consiste en tener que ir afrontando sin seguridades últimas los retos que las circunstancias nos ponen al paso. Sabemos que no hay placer sin duelo ni fracaso, ni enamoramiento que no vaya acompañado de decepción cuando no es correspondido; sabemos, pues trabajamos con el sufrimiento, que no hay una dicha plena, ascendente y sin baches. Pensar lo contrario sería como si estuviéramos empeñados en obtener de golpe la cuadratura del círculo y creyésemos, además, que sería posible lograrla.

Conviene que nos recuerden, pues, que no hay vida sin su parte alícuota de desafío, de empeño o de reto, y que tales quebrantos tienen en la pareja, la familia o la misma sociedad el campo de batalla donde mediremos nuestras capacidades y competencias relacionales, nuestras estrategias y habilidades interpersonales. En suma, nuestra inteligencia relacional. Del Congreso de Coimbra tendremos noticias en breve porvenir. De la vida las tenemos constantes y actualizadas.

La vida es incertidumbre, dichosa y feliz incertidumbre. Y como dice el refrán, hasta el rabo todo es toro. Que nos embistan, pues, el amor y las crisis. Mejor una vida atenta y en peligro que una amodorrada y narcótica. ¡Que nadie, pues, se duerma!

Javier Ortega Allué. Director de Mosaico.

Mosaico 06: Algunas Reflexiones Sobre la Formación

En el nº 9 de la publicación argentina Perspectivas Sistémicas (enero, 1995), en un artículo de Francine Shapiro, se recoge la siguiente anécdota: en una conversación alguien le preguntaba a un terapeuta que decía hacer Terapia Familiar en donde se había formado. «¿Cuál es el problema?, contestó. «Soy terapeuta y nací en una familia. ¿Qué más necesito?»

Esta actitud naif que aparece ocasionalmente suele tener una rápida cura: en efecto, suelen ser suficientes unas cuantas entrevistas familiares para descubrir que son necesarios unos conocimientos y habilidades que requieren un período previo de formación.

Que la Formación es necesaria es un tema que admite poca discusión. Otra cosa es discutir qué tipo de formación, cuántas horas requiere, cómo distribuirlas, si se precisa o no una formación personal, etc. Para una completa información sobre el tema remitimos al lector a las Actas de las XV Jornadas Nacionales de Terapia Familiar (Vitoria, 1994), que versaron precisamente sobre «La Formación en Terapia Familiar».

En el desarrollo de la Terapia Familiar, clínica y formación han seguido una evolución muy estrecha, posiblemente más que en otras disciplinas similares. Quizá esto se haya debido a la particularidad de la expansión de la Terapia Familiar, efectuada rápidamente y sin que la formación se integre en otras estructuras educativas, por lo que los propios clínicos que la practicaban han debido ser siempre los que conjugaran esta práctica clínica con el entrenamiento, la formación de nuevos terapeutas.

Hoy en día, con la Terapia Familiar todavía en expansión, ocupando nuevos campos de ese amplio espacio sociosanitario, la formación sigue jugando un papel central en el desarrollo del abordaje sistémico relacional, por lo que no es de extrañar que la labor de la Federación haya estado centrado en buena parte en ese capitulo.

La Federación ha seguido en el tema de la formación un camino muy estructurado. En principio se partió de la necesidad, el interés de establecer unas bases mínimas para la práctica de la Terapia de Familia, es decir, unos Criterios Mínimos de Acreditación de Terapeutas de Familia. Una vez establecidos esos Criterios Minimos, parecía clara la necesidad de entrar en el tema de quién era capaz de formar a los interesados para acceder a esta titulación de Terapeuta de Familia. Así, el siguiente paso fueron los Criterios para Acreditación de Docentes en Terapia Familiar. Se crearon tres niveles: Colaborador Docente, Docente y Supervisor, con una escala progresiva para acceder a cada uno de ellos. Naturalmente, esos docentes tendrían que desarrollar unos programas para permitir la formación de los terapeutas, por lo que el paso siguiente fue el de acordar un Programa Mínimo de Formación de Terapeutas de Familia.

Pero no sólo nuestros programas de formación van dirigidos a formar Terapeutas de Familia, sino que se ha visto la necesidad no sólo aquí, sino también en otros países, de procurar una formación a aquellas personas que no están interesados propiamente en hacer una terapia familiar, sino que lo están más en hacer intervenciones familiares, intervenir en el contexto, en sus propias estructuras de trabajo, etc. Así, la Comisión de Formación y Docencia de la Federación trabaja actualmente en un programa intermedio que proporcionará una titulación de «Experto en Intervenciones Sistémicas», cuyo borrador, junto con Criterios Mínimos para acreditación de Terapeutas de Familia, de Docentes y Programas de Terapeuta Familiar, lo podrás encontrar en las páginas interiores del Boletín, en el Monográfico dedicado a la Formación.

Es imprescindible señalar el interés que se ha puesto, por parte de la Federación, en que todo este proceso sea lo más abierto posible. Para ello, la J.D., a través de su Comisión de Docencia, convocó desde un principio a todos aquellos Grupos/Centros/Escuelas de Formación, que estaban, en relación directa con la FEATF, y de los que se tenía noticias. De esta manera, en las tres «Asambleas Docentes» convocadas hasta la fecha, han participado más de cien representantes de los diversos G/C/E de Formación así como de las Asociaciones Miembros de la FEATF. Todos han podido dar su opinión, y los programas se han consensuado cuando ha sido posible, y cuando no, se han decidido por votación mayoritaria.

El siguiente paso lógico será, a partir de estos programas, proceder a acreditar por parte de la Federación a las escuelas, los centros y los grupos de formación que considera que están capacitados para desarrollarlos. Por lo tanto, se procederá a avalar a todos aquellos Centros/Grupos/Escuelas de Formación que cumplan los requisitos establecidos y así lo soliciten.

¿Y cuáles serán los próximos pasos, hacia dónde se dirigirá la FEATF en el tema de la Formación? Un aspecto ya comentado en algunas asambleas es el de establecer algún sistema de formación para Docentes, es decir, para todos aquellos terapeutas familiares que estén interesados en acreditarse como docentes de terapia familiar. Una posibilidad, es que desde la Federación, como algunos han sugerido, se establezca un programa de formación de docentes en terapia familiar. Un programa que sería complementario con el de los centros/grupos/escuelas de formación, y que de alguna manera tendría que salir de las necesidades de estos propios centros para la formación de un personal docente.

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