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Mosaico 82: Familia, pareja y procesos migratorios: entre los desafíos y el crecimiento.

La migración es un proceso de largo alcance histórico, ante el cual no parece lo más oportuno cerrar los ojos y mirar despreocupadamente hacia otro lado. Millones de personas se mueven de manera creciente buscando lugares donde poder establecerse, vivir y prosperar en el mejor de los casos; sobrevivir en el resto, huyendo a menudo de guerras, hambrunas, catástrofes naturales y otras provocadas por la codicia de otros seres humanos. En cierta medida, podemos asegurar sin temor a errar que hoy se cuenta como minoritario y hasta excepcional el grupo humano que no haya vivido alguna forma de migración en su seno y, por tanto, no haya padecido todos los procesos que acompañan a esta circunstancia vital: duelo, pérdida, añoranza, estrés postraumático, situaciones que, a menudo, ponen en peligro la vida y someten a los individuos a condiciones inhumanas y hondamente dramáticas… Como toda circunstancia humana, la migración tiene un haz y un envés, unas ganancias en la cuenta del haber y unas pérdidas en la del debe. Y no siempre, por desgracia, la cuenta se equilibra.

De este asunto tratamos en nuestro monográfico, muy bien coordinado por Aliety Fernández, que cuenta con la firma de profesionales de gran prestigio y pericia en el tema, lo que hace aún más valiosa, si cabe, su generosa aportación. Y no sólo por su contribución teórica, sino a menudo vivencial también. Un número no pequeño de colegas con los que hablamos habitualmente o los mismos autores escriben en estas páginas de MOSAICO fueron o mantienen aún su condición trashumante, de homo viator, que forma parte de la cultura de la Humanidad desde, al menos, los tiempos míticos de Adán y Eva. Por lo que sabemos, migrar es, en el fondo, un condicionante cultural en la vida de las personas, más frecuente de lo que a primera vista pudiera parecernos.

Basta que ampliemos el foco desde el individuo a su historia transgeneracional para poder captarlo en su efectiva plenitud.

No quisimos dejar pasar, pues, la ocasión que se nos brindaba para compartir de qué forma se está trabajando en diversos continentes un tema tan actual y tan permanente. Y de qué modo la mirada relacional sistémica aporta el elemento contextual, ético e incluso político que nos ayuda a comprender mejor la complejidad de estos procesos en que se aúnan a un tiempo el sufrimiento con las fortalezas, las carencias con las competencias, el bienestar psicofísico con el malestar social y económico que concitan estos procesos. No cabe que estas situaciones pasen desapercibidas a los psicoterapeutas y otros agentes sociales que trabajan para fomentar el bienestar humano, la equidad y la dignidad de los individuos y fortalecer sus sistemas de pertenencia. Y menos aun cuando la migración va a conformar la línea de horizonte de un futuro que se aproxima a grandes zancadas, requiriendo de nosotros, los profesionales, la aceptación de los nuevos retos que ello habrá de suponer.

No quiero terminar sin hacer llegar una invitación a los miembros de las sociedades que componen nuestra Federación para que se animen a participar en el próximo V Congreso Ibérico y XLI Congreso de FEATF, que se celebrará en Madrid entre los días 10 y 12 de noviembre, y tratará sobre las familias en el siglo XXI y los desafíos que ello supone para la terapia familiar sistémica. Ocasión de vernos de nuevo y de intercambiar conocimientos y experiencias y también, por qué no, ocasión para contribuir con vuestras aportaciones a que Mosaico siga creciendo y haciéndose eco de las intervenciones más punteras en nuestro ámbito de trabajo. Conviene que no olvidemos lo que dejó dicho Kant: Sapere aude. Pues eso: Scribere aude.

Javier Ortega Allué.

Director de MOSAICO

Mosaico 81: Las emociones como agentes de cambio en terapia de pareja y familia: renovando las conexiones y los vínculos.

Dejo sobre la mesa el libro que estaba hojeando, urgido por la necesidad de escribir este editorial que ahora están ustedes leyendo. Suelo hacerlo cuando el número ya está casi listo para llegar a sus manos, casi siempre satisfecho por los resultados del esfuerzo que tuvimos que realizar para sacarlo adelante. Es justo ese instante antes de dejarlo ir, cuando recuerdo el entusiasmo de quienes escribieron sus artículos, el trabajo hecho con cariño y cuidado de quienes compilaron y dirigieron el monográfico, el esfuerzo de quienes corrigieron, valoraron y dieron el último vistazo a los originales; es decir, es el momento en que se puede mirar el bosque y distinguir cada uno de los árboles que lo conforman: el instante de darle una última vuelta de tuerca -provisional- a alguno de los temas que aquí aparecen, cuando me pongo a escribir las páginas que abrirán el ejemplar.

El trabajo terapéutico centrado en las emociones. Importante tema sobre el cual nuestra compañera Lola Fatás ha hilvanado la complicidad de una serie de autores y autoras de especial relevancia en este ámbito, con largos años de experiencia, logrando un excelente monográfico. Lo primero que diré, pues, es esto: léanselo ustedes.

Y disfrútenlo.

Si nos adentramos en la historia del movimiento sistémico, habría que remontarse a comienzos de los años 90, cuando en Sorrento la European Family Therapy Association (EFTA) organizó un congreso encabezado por el título de Feelings and Systems, con el objetivo explícito de dar entrada en el mundo sistémico al tema de los sentimientos y los afectos, para contrarrestar el enorme peso que hasta entonces había venido teniendo el lenguaje verbal en las intervenciones relacionales. Fue todo un éxito, que contribuyó a dar una vía expedita a las emociones en terapia.

No fue sólo este Congreso, por supuesto, el acontecimiento europeo que influyó para que lo emocional tuviera mayor presencia en el mundo sistémico. En el otro extremo del planeta, en América, muchos de los primeros terapeutas, los llamados pioneros, cuyos orígenes formativos se hallaban ligados primordialmente al mundo psicodinámico, también habían plasmado la importancia del valor terapéutico de la respuesta emocional por parte de los propios terapeutas, tanto durante su formación (Bowen y el uso del genograma formativo) como en el mismo ejercicio de la actividad terapéutica (Whitaker y sus análisis de la contratransferencia terapéutica). No podía ser de otro modo, so pena de amputar una parte esencialísima del ser humano y su naturaleza relacional, de no haber tenido en cuenta cómo las emociones y los afectos tiñen de intensidad variable la totalidad de nuestras vidas y el sentido de nuestras acciones.

Conviene hablar de las emociones en este momento convulso que nos está tocando vivir. Emociones que amplían y nos expanden, como la alegría o el amor; y emociones que nos repliegan y apagan, como el miedo o el temor. De estas últimas tenemos noticias de sobras y con ellas abrimos los noticiarios y sus tragedias cada mañana.

Es escaso lo que los terapeutas podemos hacer para cambiar el mundo, y menos aún si tenemos en cuenta la difusa atención que otorgan los poderes públicos y los poderosos a lo que nosotros podemos sugerir en relación a la salud psicológica de las personas. Pecaríamos de ingenuos si considerásemos nuestra capacidad de influencia como decisiva para producir cambios sociales de envergadura. Sin embargo, desde otro punto de vista, más aferrado al mundo cercano de las relaciones interpersonales, es mucho lo que sabemos hacer cuando acompañamos a los individuos y a las familias y les ayudamos a transitar por sus “valles de dolor” existencial.

Grande es ahí nuestra responsabilidad, persona a persona y familia a familia.

Como la piedra que cae sobre la superficie remansada de un estanque, así generamos nosotros, en la interacción, con nuestras intervenciones expertas, pequeños pero profundos y a veces incluso definitivos cambios. Los profesionales bien formados, con experiencia de la vida y sin temor de ir al encuentro emocional de otros seres humanos, adquieren a lo largo de su experiencia ese don preciado que Yalom llamó el don de la terapia. Nuestro orgullo terapéutico y, con él, nuestra humildad ecológica, como tantas veces le escuché repetir a mi maestro Linares.

Por eso, cuando una terapia resulta eficaz y exitosa, la vida de las personas se vuelve para ellos más intensa y marca siempre un antes y un después, en cuyo quicio nos encontramos quienes nos dedicamos a esta profesión. Uno de los más vivos placeres de la terapia es el de asistir como observador privilegiado a cómo las personas tornan a hacerse responsables de sus propias vidas y de sus elecciones, alejándose de ese modo de la fantasía de que alguien más fuerte que ellos mismos les salvará o les cuidará para siempre. Complace captar cómo desobstruyen los canales por los cuales empieza a circular de nuevo el amor nutricio, generando así nuevas formas de cuidado y afecto; y cómo se trenzan los vínculos poco antes debilitados y las pertenencias, junto al respeto de cada individualidad que se levanta ante nuestros ojos. Actuamos como testigos de tal transformación, que, como muestran los autores que escriben en el monográfico de este número, se produce en el plano subjetivo de las emociones que, desde hace ya más de treinta años, los sistémicos hemos vuelto lentamente a incorporar como parte de la propia experiencia terapéutica, formativa y profesional.

No es poco en este tiempo de tribulación.

Contemplo la negra tapa del libro que dejé al comenzar a escribir estas líneas: “Un terrible amor por la guerra”, del jungiano James Hillman, y pienso en esta tarea en la que empeñamos la vida: acompañar, sostener, generar confianza en las capacidades de las familias. Esas mismas familias que, en su propio proceso, también nos sanan y ayudan, balsámicamente, a reconciliarnos con este mundo que hoy sufre de una gran aflicción. La de siempre, la de ahora.

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