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Mosaico 87: Monográfico: Género y Terapia Familiar

El día del libro siempre es una gran ocasión para encontrar nuevas referencias bibliográficas que nos ayuden a mejorar nuestras habilidades terapéuticas y mantenernos actualizados en los avances que se dan en el paradigma sistémico. Este pasado 23 de abril se vio más reforzado, si cabe, gracias a la iniciativa de la FEATF de difundir la obra de algunos de nuestros asociados en redes sociales. Autores habituales en nuestras páginas como Valentín Escudero, Juan Miguel de Pablo, Fran Serrano y Roberto Pereira nos presentaron sus libros y nos animaron a disfrutar de su lectura. Os invitamos a que visitéis los perfiles de la FEATF y os reencontréis con estas referencias, siempre fundamentales en la literatura sistémica en español. Iniciativa que está en la línea de Mosaico que aspira a ser un vehículo para la divulgación de la escritura y lectura sistémica y un lugar de encuentro para escritores y lectores. En este número hemos trabajado duramente para que así sea. Los ecos del 42 CNTF aún resuenan y por eso comenzamos el número 87 con la magnífica conferencia inaugural de Marcelo Pakman. Para los que estuvimos presentes será un excelente recordatorio y, para los que no, una oportunidad de disfrutar de la revisión crítica que realiza el autor sobre nuestro modelo. En nuestra sección de investigación podréis profundizar sobre el Premio a la Investigación de la FEATF 2021 a cargo de Estefanía Mónaco e Inmaculada Montoya-Castilla y, por otro lado, os presentamos el Premio 2023.

El monográfico está dedicado al Género y la Terapia Familiar, brillantemente coordinado por Miquel Far y en el que podemos volver a leer en portugués gracias a la colaboración de Jorge Gato, Luana Cunha y Leonor Sentieiro. Todos somos conocedores de la importancia de atender las desigualdades en terapia, de abordar dinámicas para mejorar el bienestar colectivo y de intentar favorecer la justicia social. Es fundamental reconocer que nuestras intervenciones terapéuticas no están exentas de sesgos ideológicos y tener presente que el patriarcado penetra en todos los niveles de la vida social, por ello, cuando en una intervención no colocamos la lupa de la perspectiva de género, ampliamos la brecha. Este monográfico nos va a permitir reflexionar sobre nuestra práctica diaria, no permitir que se nos cuele la desigualdad y desafiarla para seguir en nuestra lucha por la justicia social.

Y si hablamos de justicia social nada mejor que el artículo que cierra el número 87, el Manifiesto de Asís encabezado por Maurizio Andolfi, una reflexión profunda sobre los principios fundamentales que guían nuestra labor terapéutica y que invita a implicarse con cada uno de los sistemas con los que trabajamos. Una declaración en la que se enfatiza a la Terapia Familiar Sistémica como el mejor modelo para resolver problemas humanos, tanto individuales como colectivos. En una salud mental monopolizada por el DSM, este manifiesto es un soplo de aire fresco que nos anima a todos los sistémicos a regresar al humanismo, a considerar a la familia como el mejor recurso y no la causa, a estar más interesados que nunca en las personas. Como dice el manifiesto: “Negar lo social es individualizar el sufrimiento”. Ya son muchas personas y entidades quienes lo apoyan, lo puedes hacer desde el este link en la página web de la FEATF: https://www.featf.org/el-manifiesto-de-asis/

No podemos despedirnos sin recordar a la Dra. Sue Johnson, creadora de la Terapia Focalizada en las Emociones para parejas y fundadora y directora del Instituto Internacional para la Excelencia en Terapia Focalizada en las Emociones. Fallecida el pasado 23 de abril a la edad de 77 años. Una gran maestra y referente para todos nosotros. Ella confió en las emociones y revolucionó la psicoterapia. DEP

Sergio Siurana. Director de Mosaico.

Mosaico 81: Las emociones como agentes de cambio en terapia de pareja y familia: renovando las conexiones y los vínculos.

Dejo sobre la mesa el libro que estaba hojeando, urgido por la necesidad de escribir este editorial que ahora están ustedes leyendo. Suelo hacerlo cuando el número ya está casi listo para llegar a sus manos, casi siempre satisfecho por los resultados del esfuerzo que tuvimos que realizar para sacarlo adelante. Es justo ese instante antes de dejarlo ir, cuando recuerdo el entusiasmo de quienes escribieron sus artículos, el trabajo hecho con cariño y cuidado de quienes compilaron y dirigieron el monográfico, el esfuerzo de quienes corrigieron, valoraron y dieron el último vistazo a los originales; es decir, es el momento en que se puede mirar el bosque y distinguir cada uno de los árboles que lo conforman: el instante de darle una última vuelta de tuerca -provisional- a alguno de los temas que aquí aparecen, cuando me pongo a escribir las páginas que abrirán el ejemplar.

El trabajo terapéutico centrado en las emociones. Importante tema sobre el cual nuestra compañera Lola Fatás ha hilvanado la complicidad de una serie de autores y autoras de especial relevancia en este ámbito, con largos años de experiencia, logrando un excelente monográfico. Lo primero que diré, pues, es esto: léanselo ustedes.

Y disfrútenlo.

Si nos adentramos en la historia del movimiento sistémico, habría que remontarse a comienzos de los años 90, cuando en Sorrento la European Family Therapy Association (EFTA) organizó un congreso encabezado por el título de Feelings and Systems, con el objetivo explícito de dar entrada en el mundo sistémico al tema de los sentimientos y los afectos, para contrarrestar el enorme peso que hasta entonces había venido teniendo el lenguaje verbal en las intervenciones relacionales. Fue todo un éxito, que contribuyó a dar una vía expedita a las emociones en terapia.

No fue sólo este Congreso, por supuesto, el acontecimiento europeo que influyó para que lo emocional tuviera mayor presencia en el mundo sistémico. En el otro extremo del planeta, en América, muchos de los primeros terapeutas, los llamados pioneros, cuyos orígenes formativos se hallaban ligados primordialmente al mundo psicodinámico, también habían plasmado la importancia del valor terapéutico de la respuesta emocional por parte de los propios terapeutas, tanto durante su formación (Bowen y el uso del genograma formativo) como en el mismo ejercicio de la actividad terapéutica (Whitaker y sus análisis de la contratransferencia terapéutica). No podía ser de otro modo, so pena de amputar una parte esencialísima del ser humano y su naturaleza relacional, de no haber tenido en cuenta cómo las emociones y los afectos tiñen de intensidad variable la totalidad de nuestras vidas y el sentido de nuestras acciones.

Conviene hablar de las emociones en este momento convulso que nos está tocando vivir. Emociones que amplían y nos expanden, como la alegría o el amor; y emociones que nos repliegan y apagan, como el miedo o el temor. De estas últimas tenemos noticias de sobras y con ellas abrimos los noticiarios y sus tragedias cada mañana.

Es escaso lo que los terapeutas podemos hacer para cambiar el mundo, y menos aún si tenemos en cuenta la difusa atención que otorgan los poderes públicos y los poderosos a lo que nosotros podemos sugerir en relación a la salud psicológica de las personas. Pecaríamos de ingenuos si considerásemos nuestra capacidad de influencia como decisiva para producir cambios sociales de envergadura. Sin embargo, desde otro punto de vista, más aferrado al mundo cercano de las relaciones interpersonales, es mucho lo que sabemos hacer cuando acompañamos a los individuos y a las familias y les ayudamos a transitar por sus “valles de dolor” existencial.

Grande es ahí nuestra responsabilidad, persona a persona y familia a familia.

Como la piedra que cae sobre la superficie remansada de un estanque, así generamos nosotros, en la interacción, con nuestras intervenciones expertas, pequeños pero profundos y a veces incluso definitivos cambios. Los profesionales bien formados, con experiencia de la vida y sin temor de ir al encuentro emocional de otros seres humanos, adquieren a lo largo de su experiencia ese don preciado que Yalom llamó el don de la terapia. Nuestro orgullo terapéutico y, con él, nuestra humildad ecológica, como tantas veces le escuché repetir a mi maestro Linares.

Por eso, cuando una terapia resulta eficaz y exitosa, la vida de las personas se vuelve para ellos más intensa y marca siempre un antes y un después, en cuyo quicio nos encontramos quienes nos dedicamos a esta profesión. Uno de los más vivos placeres de la terapia es el de asistir como observador privilegiado a cómo las personas tornan a hacerse responsables de sus propias vidas y de sus elecciones, alejándose de ese modo de la fantasía de que alguien más fuerte que ellos mismos les salvará o les cuidará para siempre. Complace captar cómo desobstruyen los canales por los cuales empieza a circular de nuevo el amor nutricio, generando así nuevas formas de cuidado y afecto; y cómo se trenzan los vínculos poco antes debilitados y las pertenencias, junto al respeto de cada individualidad que se levanta ante nuestros ojos. Actuamos como testigos de tal transformación, que, como muestran los autores que escriben en el monográfico de este número, se produce en el plano subjetivo de las emociones que, desde hace ya más de treinta años, los sistémicos hemos vuelto lentamente a incorporar como parte de la propia experiencia terapéutica, formativa y profesional.

No es poco en este tiempo de tribulación.

Contemplo la negra tapa del libro que dejé al comenzar a escribir estas líneas: “Un terrible amor por la guerra”, del jungiano James Hillman, y pienso en esta tarea en la que empeñamos la vida: acompañar, sostener, generar confianza en las capacidades de las familias. Esas mismas familias que, en su propio proceso, también nos sanan y ayudan, balsámicamente, a reconciliarnos con este mundo que hoy sufre de una gran aflicción. La de siempre, la de ahora.

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