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Mosaico 76: Los factores comunes en Terapia Familiar. XXXIX Jornadas Nacionales de TF.

Este número de Mosaico debería haber llegado a sus manos hace ya algunos meses, casi un año para ser exactos, al poco de haberse realizado la última de las XXXIX Jornadas de Terapia Familiar de nuestra Federación, que se celebró con éxito en Santiago de Compostela en noviembre de 2019 bajo el sugerente título de Cruce de Caminos. Los factores comunes en terapia familiar. No pudimos acudir a la cita con nuestros asociados por motivos de sobra conocidos. Arribamos a una situación nueva para la que no estábamos preparados y nos hallamos, como el caminante desnortado, dudando sobre qué dirección tomar, habida cuenta de que el camino trazado había sufrido un quebranto inesperado. Desde entonces venimos viviendo y, sin duda, también padeciendo una situación imprevista, que nos obliga a sacar lo mejor de nosotros mismos como personas y como terapeutas y a bregar con emociones que nos afectan igual que a nuestros clientes, miedos y ansiedades parecidas que nos fuerzan a revisar nuestro rol profesional y a conectarnos con nuestros miedos, pero también con nuestros recursos desde la experiencia que estamos viviendo, para seguir siendo útiles y ayudando a las personas que así nos lo solicitan.

Buscando, pues, lo bueno de lo malo, va a resultar que al final la pandemia ha puesto sobre el tapete la necesidad, no por sabida menos descuidada, de la atención a la salud mental de la población por parte de los poderes públicos, quienes no deberían ir a remolque de los acontecimientos, sino por delante de las necesidades que emergen con urgencia en una sociedad compleja como la nuestra.

Es bastante lo que se ha hecho para paliar el déficit de recursos, pero es mucho más lo que queda por hacer. Tomar conciencia de ello será el primer paso para buscar soluciones que han de pasar por la inversión en políticas de salud mental y no por posados ni meras fotos electoralistas, promesas y esperanzas que luego quedan en nada. Escuchar a las Federaciones que durante años trabajan por la dignificación profesional de este trabajo sería un segundo paso.

La pandemia ha dejado a la vista los flancos desnudos de nuestros servicios sanitarios, suplidos a menudo por el esfuerzo, el sacrificio y la voluntad de los profesionales. Pero esto no ha terminado. Como las ondas que produce una piedra al estrellarse contra el agua, estamos siendo testigos de los efectos deletéreos que esta situación tiene sobre todos, tanto física como psicológicamente. Tal vez la ocasión ayude a que cambiemos de prioridades, tal vez empecemos a darnos cuenta de que ciertas políticas suponen pan para hoy y hambre para mañana. Por un mero imperativo ético, no debemos dejar a nuestros hijos un mundo en peores condiciones que el que nosotros recibimos en préstamo. Y hemos de mirar más allá del estrecho margen del presente, para preparar un futuro ilusionante y esperanzador.

Se precisa una fuerte inyección económica en el ámbito de la salud, en un momento en que no estamos precisamente boyantes. Inversión planificada con criterios de eficacia y utilidad, aunque también de servicio y no de mero negocio. Pero si queremos que esto no sea dinero quemado en salvas, debemos atender también al factor humano imprescindible, que son los profesionales, dignificando y reconociendo la calidad de su trabajo y valorando su utilidad. No debemos olvidar que esta profesión tan vocacional, centrada en la relación, demanda un plus de formación continua que, si deseamos que cumpla con los más altos requisitos de calidad de los países desarrollados, exige también un proyecto de inversión, planificación y, necesariamente, que los gobiernos de turno despejen el horizonte vacilante en que esta profesión se ejerce. Necesitamos ya una ley que regule la psicoterapia como profesión específica; una ley que esté al nivel de las que desde hace más tiempo se aplican en los países de nuestro entorno.

Javier Ortega Director de Mosaico

Mosaico 75 (DIGITAL) Suicidio: Miradas sistémicas

Este era un número casi redondo de esos que una revista acostumbra a celebrar, pero hemos preferido   celebrarlo con nuestros lectores como sabemos aquí hacer las cosas: trabajando.

  

En pocas ocasiones ha estado la incertidumbre tan presente en nuestras vidas como en estos tiempos que nos están tocado padecer. Incertidumbre por el incierto futuro que se empieza a vislumbrar en el horizonte, por los cambios en nuestras relaciones y en los modos de vida que ya se están difusamente vislumbrando en el futuro cercano, por los efectos deletéreos que sobre aquellas seguridades sobre las que asentábamos nuestra existencia ha acabado teniendo la pandemia. En épocas inciertas como esta es cuando se ponen en marcha el ingenio, la capacidad del ser humano para adaptarse y seguir caminando, su instinto de supervivencia, también sus miedos y ansiedades, el recuerdo mismo de nuestra fragilidad, pero también de nuestras fuerzas y capacidades.

Lo que parecía imposible, distópico, ha ocurrido. Nos ha pillado con el paso cambiado, y nos hemos enfrentado a ello con una mezcla de sorpresa y de incredulidad. ¿Quién, hace tan sólo unos pocos meses, pensó que nos confinaríamos en nuestras casas por un tiempo indefinido, dejando en suspenso el cotidiano discurrir de nuestros días? ¿Quién sospechó siquiera que acabaríamos añorando las pequeñas oportunidades de felicidad que regaban nuestra vida? Muchas cosas han cambiado ya, y otras muchas están por cambiar en el próximo porvenir, sin que aún tengamos una perspectiva adecuada para vislumbrar la mayoría de tales cambios. No habrá nueva normalidad, sino otra cosa, a la que seguramente acabaremos acostumbrándonos, porque los seres humanos nos hacemos a casi todo.

Por el camino han ido quedado muchas personas, que nunca serán fríos números o cifras de una insensible estadística, sino personas que amaron, vivieron, consolaron, protegieron y lloraron con alguien; vidas truncadas cuya pérdida numerosas familias han tenido que afrontar o están afrontando como pueden, en una soledad física devastadora, que los profesionales de la salud han tratado de compensar con inventiva, generosidad y compasión. Ejemplos de su tarea y sacrificio no nos han faltado en estos dos meses.  Ahí también hemos estado los profesionales de la salud, cada uno desde su trinchera, pero dispuestos a ayudar y a ser solidarios con quienes necesitaban ser acompañados en su sufrimiento.

Hemos visto a muchos sacar lo mejor de sí mismos en este tiempo crítico, y a unos cuantos, menos por fortuna, mostrarnos también la inconsciencia de los desentendidos y la estupidez de los estultos.

La muerte de un ser querido, como señalaba Bowen, produce en los supervivientes una onda emocional de choque que, como esos círculos que provoca una piedra cuando se arroja a un lago de aguas tranquilas, tiende a provocar unos efectos que solo se pueden valorar en períodos de tiempo más amplios. La mal llamada vuelta a la normalidad o a la nueva normalidad (que si es nueva no es normal, y si es normal no es nueva) será un proceso adaptativo y, como tal, exigirá el paso del tiempo. Un tiempo diferente, subjetivo y personal. Pero en la vida no tenemos todo el tiempo del mundo, sino solo el tiempo que vamos viviendo. De pronto nos ha golpeado con fuerza el puñetazo de nuestra finitud, de su valor y de su incertidumbre. Nuestro gran tesoro, el tiempo, del que decía Séneca que no sabemos cuánto nos queda aún en la bolsa… De pronto se ha quebrado también la idea misma de la normalidad, porque ahora sabemos que ya no volveremos a algún espacio llamado normal, que era el que habitábamos hasta que todo esto sucedió. Iremos a alguna parte, pero nunca atrás. Aquel mundo que dejamos a nuestras espaldas ya no será el que empezaremos a construir a partir de mañana.

 En el caso de esta pandemia, la onda emocional de choque va a tener serias repercusiones sociales, entre las cuales no será la menor la necesidad de reorganizar muchas actividades de nuestra vida cotidiana, los desplazamientos, la asistencia a eventos masivos, la compra de las vituallas, el turismo, la simple visita al médico y a los hospitales. Ya hemos perdido la confianza en nuestra invulnerabilidad y se ha hecho trizas la leyenda de que estas cosas no podían ocurrir en países con alto nivel de vida. El enemigo invisible, una pequeña partícula, es capaz de vencer al forzudo Goliat y matarnos impunemente, o dejar malparada la economía y tronchar las oportunidades profesionales de toda una generación.

Como sucede en otros casos de pérdidas, necesitamos integrar cuanto venimos padeciendo en un relato que otorgue sentido, que dé razón y coherencia a la lucha y a la continuidad de los sobrevivientes. Siempre que hay pérdidas, suele haber inesperadas ganancias y aprendizajes, pero veremos cuáles son. Desde los más píos deseos, esperamos que el mundo se conciencie, que los valores ligados a la solidaridad se impongan sobre el egoísmo más zaíno. En cierta medida, esperamos que todo esto no esté siendo en vano, siquiera nos sirva para aprender a valorar aquellas pequeñas cosas con las que contábamos como dadas, como seguras y a la mano. De la pérdida surge, pues, la confianza en una realidad mejor: el porvenir, lugar de esperanza.

Hacia él caminamos, estableciendo nudos y alianzas que desvelen con mayor claridad nuestra naturaleza relacional. También nosotros, desde aquí, queremos poner nuestro granito de arena, porque no hay esfuerzo que sea pequeño ni compañía que no nos acompañe.

Javier Ortega Director de Mosaico

Mosaico 67: La acción terapéutica en lo invisible: La trastienda en Terapia Familiar

Como todos sabéis, la FEATF es una organización fuerte y prestigiada, que lleva veinticinco años defendiendo los intereses de los profesionales de la terapia familiar en España, que se ha organizado en forma federal con asociaciones y que agrupa bajo su paraguas a más de mil seiscientos terapeutas relacionales que se han formado en escuelas acreditadas por la propia Federación según los más exigentes estándares europeos de alta calidad y desempeño. Buena prueba de este trabajo es el respeto merecidamente ganado durante estos años en las instancias oficiales del país y nuestra presencia cada vez mayor en aquellos espacios donde se toman decisiones de trascendencia para nuestra profesión, sobre todo en estos momentos, en los cuales se plantea la necesaria regulación legal de la terapia como profesión específica.

Tantos desvelos no han sido gratuitos. Durante estos años algunas asociaciones de FEATF han formado parte de la FEAP (Federación Española de Asociaciones de Psicoterapeutas, una organización que es fundamental en el diálogo con las instituciones) con quienes, en comandita y unión, hemos trabajado para dar cuerpo a las necesidades de la psicoterapia y la terapia familiar. En estos momentos, en los que los Colegios de Psicólogos están planteando al Ministerio la homologación profesional y dando los necesarios pasos para que el Gobierno se pronuncie al respecto, es importante nuestra presencia en FEAP, pues como tal organización ésta defiende tan sólo los intereses de los colectivos que representa. Si abandonáramos nuestra presencia en FEAP sería mucho más difícil que en estas negociaciones tuviéramos la voz y la consistencia que ahora tenemos.

Los socios de todas las asociaciones deben saber, pues, que nuestra pertenencia a la FEAP no es el capricho costoso de unos cuantos iluminados, sino una estrategia diseñada a medio y largo plazo, que puede ir en beneficio de todos nosotros. En estos momentos, FEATF acredita a sus socios como terapeutas familiares, pero por nuestra presencia en FEAP también se puede solicitar la acreditación como psicoterapeutas. El Registro Nacional de Psicoterapeutas es otra prueba tangible de la importancia social de esta colaboración.

Urge, pues, que los socios de todas las asociaciones que conforman FEATF sean conscientes de la trascendencia de agruparse también bajo el paraguas de FEAP y que reconozcan que, de no hacerlo así, nuestra capacidad de influencia en esta organización quedará notablemente mermada, lo que conllevará con el tiempo a una más que probable pérdida de presencia en aquellas instituciones donde se dirime el futuro legal de nuestra profesión. Si somos pocos, nuestros criterios quedarán en minoría y abriremos con nuestra desidia la puerta a que sean los demás quienes impongan sus propios –y por qué no decirlo- restrictivos criterios de acreditación y formación. Muchas escuelas y asociaciones verán así perder alumnos y asociados, que sin duda preferirán acudir a aquellas instancias más potentes que garanticen su futuro profesional en nuestro país.

La presencia en FEAP es, más que un capricho, una necesidad. No puede quedar al arbitrio de los presidentes de las asociaciones o sus cambiantes juntas directivas, sino que tiene que ser una exigencia desde las bases, por la que los socios nos demanden las mejores condiciones para el desarrollo de su vida profesional. Conviene que las juntas de las diversas asociaciones que conforman FEATF sean capaces de dar una respuesta consistente a esta necesidad. No podemos quedarnos solos. No debemos aislarnos. Ni ahora ni en el futuro.

Javier Ortega Allué Director de Mosaico

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Trauma y Terapia Famiilar

El trauma, en sus diversas formas de mostrarse, deja huella en los cuerpos, en las mentes, en las historias y, por supuesto, en los vínculos.