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Mosaico 75 (DIGITAL) Suicidio: Miradas sistémicas

Este era un número casi redondo de esos que una revista acostumbra a celebrar, pero hemos preferido   celebrarlo con nuestros lectores como sabemos aquí hacer las cosas: trabajando.

  

En pocas ocasiones ha estado la incertidumbre tan presente en nuestras vidas como en estos tiempos que nos están tocado padecer. Incertidumbre por el incierto futuro que se empieza a vislumbrar en el horizonte, por los cambios en nuestras relaciones y en los modos de vida que ya se están difusamente vislumbrando en el futuro cercano, por los efectos deletéreos que sobre aquellas seguridades sobre las que asentábamos nuestra existencia ha acabado teniendo la pandemia. En épocas inciertas como esta es cuando se ponen en marcha el ingenio, la capacidad del ser humano para adaptarse y seguir caminando, su instinto de supervivencia, también sus miedos y ansiedades, el recuerdo mismo de nuestra fragilidad, pero también de nuestras fuerzas y capacidades.

Lo que parecía imposible, distópico, ha ocurrido. Nos ha pillado con el paso cambiado, y nos hemos enfrentado a ello con una mezcla de sorpresa y de incredulidad. ¿Quién, hace tan sólo unos pocos meses, pensó que nos confinaríamos en nuestras casas por un tiempo indefinido, dejando en suspenso el cotidiano discurrir de nuestros días? ¿Quién sospechó siquiera que acabaríamos añorando las pequeñas oportunidades de felicidad que regaban nuestra vida? Muchas cosas han cambiado ya, y otras muchas están por cambiar en el próximo porvenir, sin que aún tengamos una perspectiva adecuada para vislumbrar la mayoría de tales cambios. No habrá nueva normalidad, sino otra cosa, a la que seguramente acabaremos acostumbrándonos, porque los seres humanos nos hacemos a casi todo.

Por el camino han ido quedado muchas personas, que nunca serán fríos números o cifras de una insensible estadística, sino personas que amaron, vivieron, consolaron, protegieron y lloraron con alguien; vidas truncadas cuya pérdida numerosas familias han tenido que afrontar o están afrontando como pueden, en una soledad física devastadora, que los profesionales de la salud han tratado de compensar con inventiva, generosidad y compasión. Ejemplos de su tarea y sacrificio no nos han faltado en estos dos meses.  Ahí también hemos estado los profesionales de la salud, cada uno desde su trinchera, pero dispuestos a ayudar y a ser solidarios con quienes necesitaban ser acompañados en su sufrimiento.

Hemos visto a muchos sacar lo mejor de sí mismos en este tiempo crítico, y a unos cuantos, menos por fortuna, mostrarnos también la inconsciencia de los desentendidos y la estupidez de los estultos.

La muerte de un ser querido, como señalaba Bowen, produce en los supervivientes una onda emocional de choque que, como esos círculos que provoca una piedra cuando se arroja a un lago de aguas tranquilas, tiende a provocar unos efectos que solo se pueden valorar en períodos de tiempo más amplios. La mal llamada vuelta a la normalidad o a la nueva normalidad (que si es nueva no es normal, y si es normal no es nueva) será un proceso adaptativo y, como tal, exigirá el paso del tiempo. Un tiempo diferente, subjetivo y personal. Pero en la vida no tenemos todo el tiempo del mundo, sino solo el tiempo que vamos viviendo. De pronto nos ha golpeado con fuerza el puñetazo de nuestra finitud, de su valor y de su incertidumbre. Nuestro gran tesoro, el tiempo, del que decía Séneca que no sabemos cuánto nos queda aún en la bolsa… De pronto se ha quebrado también la idea misma de la normalidad, porque ahora sabemos que ya no volveremos a algún espacio llamado normal, que era el que habitábamos hasta que todo esto sucedió. Iremos a alguna parte, pero nunca atrás. Aquel mundo que dejamos a nuestras espaldas ya no será el que empezaremos a construir a partir de mañana.

 En el caso de esta pandemia, la onda emocional de choque va a tener serias repercusiones sociales, entre las cuales no será la menor la necesidad de reorganizar muchas actividades de nuestra vida cotidiana, los desplazamientos, la asistencia a eventos masivos, la compra de las vituallas, el turismo, la simple visita al médico y a los hospitales. Ya hemos perdido la confianza en nuestra invulnerabilidad y se ha hecho trizas la leyenda de que estas cosas no podían ocurrir en países con alto nivel de vida. El enemigo invisible, una pequeña partícula, es capaz de vencer al forzudo Goliat y matarnos impunemente, o dejar malparada la economía y tronchar las oportunidades profesionales de toda una generación.

Como sucede en otros casos de pérdidas, necesitamos integrar cuanto venimos padeciendo en un relato que otorgue sentido, que dé razón y coherencia a la lucha y a la continuidad de los sobrevivientes. Siempre que hay pérdidas, suele haber inesperadas ganancias y aprendizajes, pero veremos cuáles son. Desde los más píos deseos, esperamos que el mundo se conciencie, que los valores ligados a la solidaridad se impongan sobre el egoísmo más zaíno. En cierta medida, esperamos que todo esto no esté siendo en vano, siquiera nos sirva para aprender a valorar aquellas pequeñas cosas con las que contábamos como dadas, como seguras y a la mano. De la pérdida surge, pues, la confianza en una realidad mejor: el porvenir, lugar de esperanza.

Hacia él caminamos, estableciendo nudos y alianzas que desvelen con mayor claridad nuestra naturaleza relacional. También nosotros, desde aquí, queremos poner nuestro granito de arena, porque no hay esfuerzo que sea pequeño ni compañía que no nos acompañe.

Javier Ortega Director de Mosaico

Mosaico 73(DIGITAL): Paradojas confusionales y paradojas liberadoras

Hemos vivido, justo es confesarlo aquí, una pequeña o gran crisis en el alumbramiento de este número tenéis (¿entre las manos?) a la vista, si entendemos como crisis el estado de un sistema en que un cambio es inminente, como señaló con fortuna Frank Pittman. Quienes tenemos una edad hemos visto crecer y cambiar a esta nuestra revista, de la mano de los directores cuyo recuerdo señalamos en nuestras contraportadillas y de cuantos con ellos colaboraron. Con aciertos y desaciertos, en Mosaico hemos asistido a su proceso de crecimiento, manteniendo a lo largo del tiempo una identidad que se transformaba, enriqueciéndose, con las numerosas aportaciones de tantos terapeutas como nos han acompañado a lo largo de los años. No tardaremos mucho en celebrar la publicación de los setenta y cinco números de la revista y de ahí el camino hacia los cien quedara expedito. Señal de la buena salud de la FEATF y del largo recorrido, ya, de su buque insignia.

No es sencillo acostumbrarse a los cambios porque somos animales de inercias y hábitos, que nos constituyen. El mundo en continuo devenir obtiene un cierto orden de nuestra capacidad para hacerlo previsible, como nos volvemos nosotros a fuerza de restringir nuestras posibilidades de actuación y aparecer de un modo parecido casi siempre ante los demás. Pero a esta estabilidad a duras penas conseguida le acompaña como pareja de baile el cambio inevitable, el crecimiento, la actualización de las infinitas potencias en que también nosotros consistimos. Aprendemos y, al hacerlo, cambiamos y crecemos. Ocurre lo mismo con los objetos que nos rodean y a los cuales nuestra mirada y nuestro uso llenan de vida. Conservamos lo mejor, pero nos desprendemos de la ganga, de lo que sobra, de lo que, al dejar atrás, nos permite permanecer siendo.

Hemos sido testigos de numerosos cambios. Las organizaciones son sistemas abiertos que se auto-organizan, crecen y se transforman. También FEATF lo hace. Cada nueva hornada de terapeutas que obtienen su acreditación trae consigo, como empujando, nuevas ideas y nuevas formas y nuevos caminos. Lo viejo y lo nuevo se encuentran en un punto y se intercambian información, conocimientos, usos y maneras. A veces, lo nuevo parece querer arrumbar lo viejo, como si todo ello estuviera obsoleto y ya nada de lo que se dijo entonces tu viera el menor valor. A veces, lo nuevo necesita una cierta perspectiva o profundidad, que, por fortuna, abunda en lo viejo. Nadie es imprescindible, pero todos somos necesarios. Porque traemos nuevas inquietudes que enriquecen y fecundan las viejas. Así ocurre con la renovación de los equipos directivos, como ocurrirá también en las próximas Jornadas Nacionales en Santiago.

Y como ha sucedido en nuestra emigración digital. Este es un cambio, también, con el que pretendemos mantener, sin embargo, los logros conseguidos y, por qué no, superarlos. Los que estemos o los que vayan a estar. No hay una razón tan sólo económica en esta migración, aunque no deja de ser una de las razones: nuestro esfuerzo por ahorrar gastos redundará en otros proyectos que FEATF podrá emprender gracias a este ahorro. La economía, pues, está detrás; pero, con todo y ser importante, no es la única razón. En estos momentos, Mosaico alcanza la cifra potencial de unos 2100 lectores, si sumamos alos socios de FEATF que la reciben el grupo hermano de la Sociedad Portuguesa de Terapia Familiar, y los suscriptores que, sin esas pertenencias tan vinculantes, están interesados en los contenidos de nuestra revista. Pero sabemos que el potencial de crecimiento de Mosaico podría ser mayor si nos lanzásemos a navegar en el proceloso mar de las redes sociales. Numerosos terapeutas en Latinoamérica y en algunos países de Europa nos piden que les abramos nuestras páginas o sienten curiosidad intelectual por sus contenidos. Nos une el mismo interés y la misma vocación. Por eso Mosaico se hace también ella digital, para seguir creciendo y cambiando, pero manteniéndose en lo que fue, ha sido y será. Iter facere.

Javier Ortega Allué. Director de Mosaico.

Mosaico 71: La nueva violencia filioparental

La nueva violencia filio-parental, o al menos su denuncia –los números cantan- parece ir en aumento en España. Conviene tener en cuenta los datos, pero aún más las teorías que los explican; y huir, en la medida de lo posible, del amarillismo que los nudos datos podrían sugerir. Porque si no lo hacemos, sería fácil o acaso inevitable caer en uno de los dos errores más frecuentes o tópicos con que solemos hablar de los adolescentes de nuestro tiempo, nosotros los adultos: pensar en ellos como personas inacabadas, fuente diaria de conflicto y malestar, tanto para sí mismos como para sus progenitores, profesores y sociedad en general. El otro error ocurre cuando hablamos de ellos como si todavía tuviéramos delante a los adolescentes que fuimos nosotros, décadas atrás seguramente, o aún peor, al adolescente modélico que nos retrataba con tanto acierto Erick Erickson cuando, de su mano, se empezó a tomar en serio esta etapa trascendental del ciclo vital de los individuos.

Sugiero que se paseen ustedes por cualquier librería especializada en nuestros asuntos de la psicología y las ciencias de la salud y echen un somero vistazo a los anaqueles que se dedican a la adolescencia. Parece insoslayable que nuestra sociedad envejece a buen ritmo, y que pronto será el nuestro un país para viejos, lo cual casa mal con tan alarmista preocupación por la adolescencia que reflejan la mayoría de los títulos que están al alcance de los padres superados por la tarea educativa o de los profesionales llamados a intervenir en el tema. Ya sé que los libros son una mercadería que debe venderse y que esa es su principal razón de ser, más allá de que se lean luego o se abandonen. Pero si esos títulos no dijeran nada al lector que se ve tentado por ellos a comprarlos, nadie lo haría. Lo cual refleja un estado de opinión más o menos extendido y que viene a afirmar que la mayoría de adolescentes transitan por ese espacio amplio de su vida con dificultades y descalabros, a los que se añaden las dificultades e incompetencias de unos progenitores cada vez más cuestionados e inseguros en su tarea nutricional y socializadora. Unos padres que, como nos enseña la experiencia, fían cada vez más del criterio externo del profesional psi y, en congruencia, no paran de demandar a otros esas pautas con las que ellos, los verdaderos expertos, deberían educar a sus hijos adolescentes.

Seamos sensatos. La mayoría de los adolescentes son como su grupo de pares y pocos son los que transitan por esta etapa de forma problemática y difícil. Los hay, pero estadísticamente no son la mayoría. Cierto que los adolescentes necesitan de la figura sostenedora de los adultos, porque su fragilidad les atenaza; necesitan de algunas personas que los escuchen y que sepan entender sus inquietudes desde una adultez madura y responsable. No necesitan que sus padres se hagan sus amigos, porque a estos han de buscarlos entre sus iguales, pero sí que estén ahí cuando ellos necesiten recurrir a su ayuda. Padres que, con su competencia, muestren al hijo caminos de competencia y capacidad, y que no se dejen llevar por la fácil tentación de sustituirlos y hacer las cosas por ellos. La sobreprotección por un lado, y la negligencia por el otro son oportunidades perdidas de ofrecer una imagen del mundo y de los demás en la cual los más jóvenes puedan confiar. El daño psicológico de la una o de la otra no es el mismo, pero es dañino en cualquier caso. Una adecuada nutrición relacional y una claridad en los límites colocan estos procesos de transición y crecimiento en sus justos límites. Ni los hijos están en la vida para compensar las carencias o vacíos de los adultos, ni conviene que piensen, engañados, que su tarea es la de educar a sus progenitores. Ambos fenómenos aparecen quintaesenciados en la violencia filio-parental.

Javier Ortega Allué
Director de Mosaico

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Trauma y Terapia Famiilar

El trauma, en sus diversas formas de mostrarse, deja huella en los cuerpos, en las mentes, en las historias y, por supuesto, en los vínculos.