La violencia como fórmula para encarar las situaciones de conflicto empieza a tener un protagonismo social y mediático más que llamativo. Ya se sabe que, a menudo, las buenas noticias no son noticia, aunque sean las únicas que esperamos siempre con desatada esperanza. Ahora parece que les ha llegado el turno a los más jóvenes de la casa. Con ellos, y a propósito de sus conductas menos sociales, nos alcanza un discurso cargado con cartuchos de sal ideológica. Hay que guarecerse, que tirar a dar. Los unos, a las familias por haber dimitido de su función educadora; los otros, a los maestros, que han vendido su alma a la pereza. a diestro y siniestro se reparten mamporros dialécticos y todos acuden, como colofón, al viejo dicho de que aquellos polvos trajeron estos lodos. Andamos pues, enfangados. Unos reclaman más policía en las calles, en los institutos, en los rellanos de las viviendas; otros, más padres, más psicólogos, más diagnósticos también; todos, más dinero. Pero el problema es complejo y lo que nos alarma es que el discurso sobre este matonismo juvenil empiece a resultar sospechosamente similar al que se ha ido elaborando sobre el maltrato, con la satanización del maltratador y la emergencia de medidas más o menos acertadas de separación y control. Casi nada más, a pesar de las voces de los expertos, que advierten sobre la insuficiencia de tales recursos. No son suficiente y, como vemos en algunos casos sangrantes, a veces son demasiado.
El problema, volvemos a repetirlo, es complejo. Pero los medios se ocupan de crear estados de opinión y alarma que ayudan a co-construir una imagen de la realidad escolar que usurpa a menudo el peso, tantas veces decisivo, que tienen sobre este contexto otros factores sociales y culturales. No hay más que acudir a los periódicos del día para tropezar con expresiones de ardoros o belicismo como batalla campal en un instituto de Granada, o los fiscales estudian penar estas agresiones como si fueran «atentados a la autoridad» (medida preventiva para los que son funcionarios, porque el discurso dominante señala, por omisión, que todo esto ocurre en la escuela pública de este país; no, al parecer, en la concertada ni en la muy selecta privada…) y otras perlas del sutil arte de la guerra… ¡para qué seguir!
Quisiera recordar aquí las palabras de un viejo y respetable filósofo: nuestros jóvenes de ahora aman el lujo, tienen pésimos modales y desdeñan la autoridad; muestran poco respeto por sus superiores y prefieren la conversación insulsa al ejercicio; los muchachos son ahora los tiranos y no los siervos de sus hogares; ya no se levantan cuando alguien entra en casa; no respetan a los padres, conversan entre sí cuando están en compañía de mayores, devoran la comida y tiranizan a sus maestros. Quien así hablaba no era un periodista de nuestra época, sino el ateniense Plató,, allá por el Siglo IV a.C. Seguramente hay algunas cosas nuevas bajo el sol, pero hay discursos que parecen viejísimos.
Aquí, en MOSAICO, con este monográfico que ha coordinado Roberto Pereira, hemos movido ficha. La complejidad de estas situaciones bien merece una epistemología como la nuestra.